lunes, 23 de junio de 2008

--------acciónreacción--------

Quien más da, más recibe. El problema es darle a alguien que no entiende por qué le estás dando ni para qué. En este caso uno no recibe nada, o peor, se obtiene indiferencia.





Con la energía no se juega, si uno le da un puñetazo a la pared, la pared reacciona. Es algo cósmico, incuestionable. Y así con todas las cosas.





La lucha personal por conocernos, por sobrevivir, es una tarea que lleva a un egoísmo necesario.





Es fácil aparentar ser un tonto, un idiota sin cerebro.





Cuando un sueño se cumple, es necesario recrearlo inumerables veces en el cerebro, para escapar a la fantasía que habíamos generado previamente.





El olfato es la herramienta más poderosa de la memoria, un simple olor alcanza para lograr la teletransportación inmediata a otro tiempo y a otro lugar.





Cuando decimos sufrir por alguien, siempre estamos sufriendo, antes que nadie, por nosotros mismos.

domingo, 22 de junio de 2008

El vuelo


Salió a la calle y algo lo levantó por el aire. Ni siquiera pudo cerrar la puerta. Sintió tanta fuerza que no pensó en resistir. De hecho, tuvo que aceptar que volaba, y que él no controlaba nada. Subió alto y alcanzó las estrellas. El mundo se perdía en la distancia y el hombre sólo podía mirar hacia adelante, al universo oscuro e infinito que lo devoraba.

jueves, 19 de junio de 2008

Misión cumplida

Alguien había traicionado a la familia Maranzzano. Eso significaba sólo una cosa: la muerte. No había nadie más capacitado para matar que Fausto. La violencia inagotable que llevaba dentro del cuerpo había sido complementada con el uso de armas modernas. Esto lo hacía uno de los seres más peligrosos del mundo.
Los negocios de la familia mafiosa se extendían por varios países: en Marruecos, un señor llamado Marcus Hadji, no pagó lo que debía por un cargamento de cocaína. Decidieron enviar a Fausto.

Arribó a la ciudad de Fez en un día nublado y caluroso, con el único objetivo de realizar el trabajo. Fausto cargaba con unas cuantas muertes que, si bien lo habían hecho rico, no era el dinero lo que lo motivaba a actuar. Simplemente, la maquinaria del mal había echado raíces en su interior, y el mismo diablo parecía manejarlo como un títere frío y efectivo. Los trabajos de Fausto eran limpios: no fallaba, ni dejaba pistas. Sin embargo, Benito Maranzzano nunca había podido mirarlo a los ojos, y temía haber cometido un error al contratarlo. El jefe de la familia no era amigo del miedo y, ante la presencia de Fausto, un escalofrío recorría su espalda lentamente.

En las calles africanas, todo se movía de manera rápida y desorganizada: miles de autos atascados, hombres y mujeres –ellas con sus rostros tapados- caminaban ante la vista del asesino. Fausto tomó un taxi hasta el hotel y descansó con la nueve milímetros en la mano derecha.
Por la mañana verificó las instrucciones del jefe, obtenidas a través de un informante marroquí que trabajaba en la policía secreta. Sabía perfectamente dónde y cuándo atacar: a las diez y media de la mañana, Marcus Hadji tenía la rutina de caminar por el parque de su mansión, ubicada en un valle entre montañas. Un nuevo escenario de muerte que sería conquistado por Fausto. En esto iba pensando mientras manejaba hacia la cordillera de Rif, en las afueras de la ciudad.

Se instaló con el rifle en una loma, al resguardo de arbustos. Desde allí tenía una perfecta visión del parque por donde caminaría Hadji. Miró una vez más la foto de su futura víctima y esperó a que llegara la hora señalada. Cuando el reloj marcó las diez y treinta minutos, una persona con turbante salió de la mansión, con un cartel en las manos, emulando a una promotora de boxeo. Fausto, a través de la mira telescópica, se sorprendió al leer dos palabras en su propio idioma: estás muerto. Un segundo le bastó para comprender la trampa del jefe, justo antes de que una bala le atravesara limpiamente la cabeza.

miércoles, 11 de junio de 2008

Paraíso perdido

Un pabellón oscuro y la luz se filtra por una rendija, como una cascada macabra. Algunos roedores se muerden entre ellos por pequeños restos de comida y, un poco más lejos, personas duermen ajenas a la pesadilla de la vida. Hay que taparse los ojos para no ver lo poco que queda de la belleza. Un paraíso perdido, el resultado de la locura que arrebató la Tierra, cuando no había más alternativa que empezar todo de nuevo. Afuera del refugio en que se ha convertido el viejo hospital, las calles están semi vacías, y la gente pulula como fantasmas, ataviados en ropas desvencijadas que han perdido todo rastro de color. A veces se pueden ver inscripciones borrosas de las universidades y las ciudades de antaño, y uno siente nostalgia, impotencia y culpa. En sueños desesperados revive el deseo de recuperar las cosas comunes que teníamos antes. Pero no hay tiempo para distraerse, nosotros debemos sobrevivir.

Más a lo lejos, mientras camino sigilosamente, escucho gritos y ruidos de violencia: un hombre está siendo asesinado por una pandilla. Observo la escena como tantas otras veces. Lo golpean rabiosamente, y le roban lo poco que tiene: unas botas detrozadas y algún pedazo de pan. Han proliferado algunas pandillas que se mueven como culebras en las calles. Si uno no está atento puede morir antes de tiempo. Trepo una escalera con miedo a que se desprenda de la pared y llego a un balcón de un edificio abandonado. Mi intención es permanecer allí hasta que los asesinos se alejen. Hace días que no como algo sólido y estoy débil, por eso no es sorpresa cuando mi cuerpo pega contra el piso -puedo imaginarme visto desde afuera, como en un plano de una película tragicómica- y pierdo el concocimiento.

Despierto con un nudo en el cerebro y tardo muy poco en darme cuenta de que algún hijo de puta me ató mientras dormía. Intento mover las manos y los pies pero es imposible. No quiero emitir sonido para no llamar la atención. Repto por el piso -yo también soy una culebra en esta ciudad- para buscar el filo de un vidrio roto. Apenas logro elevarme del suelo y comienzo a friccionar la cuerda para soltar las manos. Gasto la poca energía que tengo pero lo logro. Después, las cuerdas de los pies. Estoy libre y con mucha rabia. Tomo un palo de madera y me escondo en las sombras para esperar, de todas formas me han robado la comida y el anillo familiar. Espero horas y no llega nadie, entonces resuelvo irme a la calle con la poca vida que me queda. En ese momento escucho pasos y vuelvo a ubicarme detrás de la puerta. Alguien entra y me abalanzo sobre él, asestando un golpe fortísimo en su estómago. Se dobla en dos y cae de rodillas al suelo. Le doy un golpe más para asegurarme que no se levante, y lo reviso. Encuentro mi anillo; la comida no está. Quizá sea yo también un asesino más, no lo sé, supongo que sí.

De vuelta en la calle voy al callejón de siempre. Los dos últimos años he vivido y buscado refugio allí. Tengo cuarenta años y ningún plan a largo plazo. Muchas veces me pregunté si era conveniente seguir luchando en estas condiciones, si no sería mejor dejarme ir como una piedra rodante, de una vez por todas, hacia el abismo sordo de la muerte. Y aqui estoy, aún vivo, aunque preferiría estar muerto, por más que suene dramático. Es la realidad que pesa sobre mis hombros con todo el terror imaginable y, sin embargo, la naturaleza pervive en mi ser...es el instinto impulsivo de vida.

Despierto atormentado, entre gritos y corridas. La paz es una palabra irónica. Mientras dormía, algún miserable se robó las botas que llevaba puestas. No me di cuenta. Maldigo al aire, en gritos blancos y vacíos, porque nadie me va a escuchar. En la calle, dos pandillas luchan por el control de la manzana. La ambición sigue un curso infalible, conquistando corazones hasta dejarlos sin latidos. Robots. Me arrastro entre la multitud, que se debate en una lucha encarnizada sobre la acera, me paro con inmensa dificultad sobre mis piernas y, con un último suspiro, pido a gritos que alguien me mate. Lo último que oigo son pasos ruidosos a mi espalda y agradezco la absurda situación de que alguien haga caso a mi pedido final.

martes, 20 de mayo de 2008

Un descubrimiento cósmico

Puedo volver atrás la secuencia de los hechos, buscando un foco racional, pero todo se hace difuso y me convenzo cada vez más de que estamos todos locos. Mi cuarto, al que antes atribuí las mayores alegrías, es ahora un cajón dramático. Sólo entrar y dar un suspiro alcanza para que lleguen los duendes, que me rodean con juegos de ironía, haciéndome sentir un tonto. Siempre me enseñaron a planear el futuro, diseñar la vida como una autopista perfecta, llena de elementos gratificantes. "La vida es para vivirla mejor", me decían. Y les creo, pero la realidad es que siempre voy a estar haciendo cosas que no quiero hacer. La rutina que logré establecer me hizo famoso entre la gente; por dentro, sin embargo, soy una bolsa de dudas. Desde el instante en que abrí los ojos y con alarmante sorpresa vi mi insignificancia -la imagen exacta llegó en un sueño, y fue la autopista perfecta de la que hablé antes, abriéndose paso hacia la ciudad de la Muerte-, nada ha sido igual. El tremendo sentimiento de impotencia me abrazó, la luz de eternidad que llevé con inconsciente ignorancia durante todo ese tiempo se apagó. No pude ver el mundo como era antes, nunca más. En algún momento voy a terminarme. ¿No es eso una locura?

Me tomé el atrevimiento, ante tal descubrimiento cósmico, de quemar la mayoría de los libros de autoayuda que había en la casa. No sirven para nada, pensé. Pretenden ser un faro sin luz, para gente ciega que no confía en sí misma. Como soy una persona pragmática, continué haciendo mi trabajo, por lo menos hasta que se me revelara alguna solución para el problema de la existencia, no podía dejar de comer. Sin embargo delegué mucho trabajo y cada vez fui haciendo menos. Era el dueño y podía darme ese lujo. Cambié balances y reuniones, presentaciones y viajes de negocios por horas de meditación intrascendentes, porque no lograba nada, me perdía en un mar de supuestos. Apuntaba a los misterios más grandes, pero lo hacía con furia, porque partía de la premisa de que algo me dio inteligencia, algo juega conmigo, algo me permitió saber que vivo. Y yo quería estar de inmediato en esa posición. El lugar que Adán y Eva quisieron tener. La misma ambición que los expulsó del paraíso, sujetaba fuerte todas las partes de mi cuerpo. Recuerdo con claridad la sensación de tener frente a mi un puzzle que sólo puede ser armado por alguien más.

Miles de pensadores y filósofos se ahogaron en las ideas que crearon. Nunca se logró un conocimiento perfecto en la historia de la humanidad. Toda ley científica puede ser quebrada. Lo que parece fuerte es débil, y lo asombroso e irreal se convierte en una verdad difícil de creer. En cierto punto de las meditaciones en que me sumía, quise conocer a alguien que levitara. Ver para creer, me dije. Que alguien se eleve, venciendo la gravedad, no es algo para tomarse en broma. Así fue que conocí a Joachim, un señor de unos 50 años, con un rostro que podría haber sido de un ingeniero, un maestro o un vendedor de autos. Pero, una vez que me permitió -desde otra habitación contigua- verlo suspendido sobre el aire, las facciones y todos sus gestos corporales se convirtieron para mí en el paradigma de un levitador. Él me vio tan perturbado que trató de calmarme. Por supuesto que no lo consiguió. Volví a casa sin aliento y, mientras la gente volvía en masa del trabajo a las casas, me sentí dueño de un secreto poderoso. ¿Cómo es posible que alguien flote en el aire?

La mayor plenitud que alcancé como ser es el amor. Un refugio perfecto. No hay mayor sensación de regocijo que sentirse amado y poder amar. Cuando siento amor me olvido de todo, las necesidades físicas se desvanecen, el propio sentimiento llena el alma.

Soy testigo, cada día de mi vida, de la inercia social. No hay tiempo que perder pero perdemos el tiempo a patadas. Formo parte de esta paradoja. Nadie, salvo el creador -llámese Dios o la fuerza de la Naturaleza- sabe qué somos. Yo no sé qué soy. Suena iluso ante la rápidez de la vida en la ciudad el cuestionarse cosas como la identidad personal. El punto de sinceridad máxima con uno mismo lleva a reconocer muchas cosas, ayuda a imaginar las dimensiones del universo. Cuando veo a los humanos, llega a mi mente una imagen trágica: somos niños jugando con una pelota que quizá no existe, creando realidades sobre un vacío que podría llenarse de mil formas distintas. Sin respuestas, miramos en un espejo que nos devuelve todo el misterio de la vida, más allá de tener el pelo arreglado o la corbata bien puesta.

jueves, 8 de mayo de 2008

El pescador

El sol se elevó en el horizonte sin problemas, una mañana limpia, cálida. Si uno miraba el océano mezclándose con la arena de las dunas, aquello era el paraíso. Cinco o seis pescadores hacían de las suyas sobre la orilla, un despliegue de paciencia que era lo único que me ponía nervioso. Porque nunca entendí el vicio de los pescadores. Cuando alguno picaba algo, se concentraba en la presa con el clásico juego de palanca de la caña. El resto de los colegas miraban asombrados la situación -como si fuera la primera vez que sucedía algo así-, expectantes. Alguno sonreía discretamente si el otro sacaba un alga o algo parecido. Un gran pez pareció engancharse en el anzuelo del sujeto barbudo, que soltó una carcajada abismal y se hizo cargo del momento. Tomó con suavidad la caña, que era sencilla, natural, con una tanza que parecia casi de mentira. Sin esforzarse, sacó del agua una corvina inmensa, que devolvió pronto al océano. Los demás lo miraron atónito y comentaban entre ellos que tal pescado era un manjar y que era de locos no comerlo a la parrilla. Se instaló el clima de sorpresa cuando picó la frágil caña otra bestia marina. Extrajo el hombre un chucho grande como un auto pequeño. Era, sin duda alguna, un momento histórico para la pesca nacional, no soy presumido al decir que una foto de semejante animal habría recorrido los medios de todo el planeta. Vi los rostros boquiabiertos de los otros pescadores, que no contaron con el tiempo necesario para saber si de verdad estaban despiertos, supongo que ni siquiera fueron capaces de sentir envidia.
El exitoso pescador tomó con inusual cariño a la presa. La observó sobre su cabeza, como si fuera un cocinero con la masa de una pizza. Y volvió a reír: pero esta vez más fuerte. Hubo la sensación en la playa de que la risa majestuosa despertó una leve brisa matinal. Otra vez puso al animal en el agua y vimos cómo se iba en calma, una gigante alfombra viva.
Como espectadores, habíamos tenido una mañana bastante espectacular. Uno de los pescadores le preguntó al hombre qué carnada estaba usando. Sin decir nada, el pescador enigma se quitó la ropa y mostró un cuerpo intemporal: parecía haber soportado mil tempestades y estar intacto. Miró uno por uno a los presentes en la playa y se sumergió con cruda naturalidad en el océano, para aparecer unos veinte metros más lejos, ya con su tridente en las manos y montando varios caballos blancos perfectos.

martes, 29 de abril de 2008

La ex-novia

Estoy sentado en un ómnibus que se dirige a un balneario X. En el asiento de atrás -y acompañada- está una antigua ex-novia que dejó sus huellas en mí, como si me hubiera dado zarpazos un tigre, pero en el corazón. Ahora, aquí va lo más maravilloso de todo. Tengo una costumbre al entrar a un ómnibus que se dirige hacia un balneario y, en consecuencia, al placer, es la de dormirme ni bien toco el asiento casi cama. Así lo hice esta vez, pero un brote de energía me sobresalta, una presencia mística que me obliga a abrir los ojos. De la mano, sí, de la mano de un estúpido cualquiera camina la que pensé iba a ser la mujer de mi vida. Me ve -hacía más de un año que el romance se había cortado- y sonríe con confianza. Por mi parte, casi empiezo a temblar. Qué desagradable momento estoy pasando. La pareja chequea los números de sus asientos y, como es de esperarse, el destino no tiene piedad: ellos se sientan justo detrás mio, asientos 33 y 34, respectivamente. Pongo la música y miro por la ventana: el planeta tierra se desvanece lentamente, corroído por un ácido invisible y no puedo evitarlo. Descontrolado, mi estado de ánimo se va a pique, extraños mecanismos sicológicos de defensa se disparan. El viaje es un desastre.

Busco ideas positivas: el viaje podría ser más largo, o que ella es feliz, entre otros pensamientos absurdos. Siento que me clava los ojos desde atrás y sabe todo lo que siento, como si la butaca fuera invisible y pudiera escarbar mi corazón. En determinado momento no resisto y pongo stop a la música. Soy totalmente consciente de que al escucharla me voy a sentir mil veces peor, pero lo hago igual. De nuevo su voz, después de tanto tiempo, tan cercana y extraña, es el peor espejismo que existe. La escucho reir. Es en estos momentos que el orgullo juega su parte, porque de otro modo iría hacia el conductor y le rogaría que pare, para bajarme y quedar varado en medio de la ruta. Pienso en el juego de azar que es la vida y cómo me tocó estar del lado miserable. No tengo explicaciones y la mente se deriva hacia una ley universal de justicia. Cosas tengo que haber hecho mal y por eso soy castigado.

El viaje transcurre con las peores turbulencias de la historia. En determinado momento ella dice que va a ir al baño. Por supuesto que a esta altura su pareja sabe quién soy, mi pasado, cómo es mi familia y hasta demás datos íntimos. Ella siempre fue muy locuaz. De todas formas, tomo fuerza y quiebro mi cabeza para verla; hago de cuenta que el tipo no existe. Ella me vuelve a mirar a los ojos, deleitada con el boomerang del pasado. Es increible, pero en ese instante que chocan las miradas me siento fuerte, la fuerza del perdedor puede ser muy poderosa, y ella se da cuenta. Con un gesto casi maternal me mira y detecto un dejo de nostalgia, una expresión que me reconforta. Al mismo tiempo, imagino que la situación se hace incómoda para su nueva pareja. Todo esto eleva mi autoestima. Cuando llegamos, dejo que los enamorados bajen primero y echo una última mirada a su figura espectacular. No les voy a mentir, aún la deseo. Voy a un negocio y compro un alfajor. Lentamente, camino fuera de la terminal, masticando mientras me recupero del terrible shock que acabo de sufrir.

viernes, 4 de abril de 2008

Pequeñas historias de vida y de muerte

Me moví alrededor del círculo de fuego y, entre las llamas, distinguí formas que jugaban a ser cosas. Árboles meneándose con un viento precipitado, loco y cambiante, un ave de dimensiones desconocidas, rostros desesperados y sonrientes, por nombrar algunos elementos que llamaron poderosamente mi atención. Los indios a mi alrededor continuaban con el ritual: ahora se movían en un balanceo como de olas, acentuado por los atuendos que vestían; llegué hasta el punto de confundir el suelo con la superficie del mar. Ellos no estaban aquí, al menos espiritualmente, esto es un hecho, algo imposible de negar al sentido común.





Se despertó y los ojos permanecieron cerrados mientras el cerebro actualizaba la información. Para cualquiera que mirara, él estaba dormido. Fue una fracción de segundo en la que todo parecía normal, y consideró que era momento de apreciar el sol por su ventana. Como tantas otras veces, llevó su mano hacia las cejas, creando una visera imaginaria para soportar el golpe de luz. Sin embargo, esta vez hubo oscuridad. No sabía dónde estaba.
Cuando la realidad lo devolvió a la celda 134, del pabellón de homicidas, no pudo distinguir un objeto de otro, y los ojos se transformaron en cataratas que impulsaban un río de lágrimas por sus mejillas.








Bajo el cielo, con miles de estrellas apretadas, caminaban los amantes de la mano. Se decían cosas al oído, imperceptibles para el mundo exterior. Lograban un andar acompasado, el ritmo de dos personas que se entienden. Un anciano que los vio pasar se sobresaltó y pensó: "Dios mío, he aquí el idioma del amor".







Harry soportaba en aquel instante tres pedidos simultáneos de comida rápida. No podía pensar ni en su perro. De cuando en cuando se imaginaba otras personas, otros paisajes de vida. ¿Había otro camino, una alternativa más feliz acaso?







Abunja dejó de respirar. La monja sostenía cálidamente su mano, y rezaba, con palabras mudas en sus labios. Terminó y salió afuera, sus ojos hicieron foco en el cielo. Como hija de Dios, ella sostenía una fe enorme. Una fe mucho más grande que la de varias personas que, en ese mismo momento, desayunaban en el Vaticano con vajilla de lujo.






La tempestad se desató de manera imprevisible sobre la canoa hawaiana. Olas de gran tamaño aplastaban a los náufragos, que se debatían en una pesadilla de vida y de muerte. En esos últimos momentos, Duke soltó sus manos de los restos de madera y se arrojó al oceáno en busca de ayuda, nadando pesadamente por las colinas de agua en movimento. Nadie lo volvió a ver. Cuenta la leyenda que Duke murió, paradójicamente, en el vientre de su madre, la mar.




martes, 1 de abril de 2008

En el mundo de los feos

La modelo se levantó y fue, instintivamente, a mirar su figura frente al espejo. Ella estaba cerca de los 30 años, hermosa, siempre en orden con los cánones de belleza, adaptándose y viviendo de la naturaleza de su envoltorio. Cuando estaba lista, salió a la calle. Un vago presentimiento de rareza la conquistó mientras bajaba por la cuadra y se acercaba a pedir un taxi. No esperó nada y ya estaba en camino a la sesión de fotos. Al cruzar los barrios, se asustó dos o tres veces -con un pequeño frío en la espalda-, porque vio gente despreocupadamente fea, paseando sin remordimiento sus rostros desalineados en la ciudad. Se olvidó con ganas de ellos y entró al edificio de la agencia para hacer su trabajo.

La agencia se llamaba Westside Models. Era su segundo hogar, donde ella creció, se formó y se hizo conocer al mundo. Conocía toda la rutina y se sobresaltó esa mañana con la nueva decoración: una interminable serie de retratos de personas insondablemente feas promocionaban los productos de la sociedad de consumo. Ella se tranquilizó, pensando que era parte de alguna novedosa campaña de beneficiencia. Pero algo había en la disposición de las imágenes que les daba un tono de seriedad inoportuno, como la noticia de una pesadilla ya en proceso, la muestra de una realidad total y naturalmente terrorífica. De todos los escenarios posibles, aquel era ensordecedor, era lo mismo que un pintor despertara sin su mano derecha, o que un músico se soñara sordo en vida.

El contacto con la señora Morris fue el segundo acto, la confirmación de la locura que le robaría el corazón. Cuando golpeó la puerta, la señora Morris respondió con la jovialidad de siempre: "Adelante, princesa". Ella entró en la oficina y casi vomita: allí estaba Martha Morris, con el rostro desencajado, en analogía a una pintura cubista, permaneciendo en él una sombra difusa que la conectaba aún con la imagen que la modelo tenía de ella. Había desaparecido, sin duda alguna, toda belleza inglesa que le diera un rasgo distintivo a la señora en el mundo del modelaje, y lo peor: Martha Morris hablaba con naturalidad, como si no supiera que estaba desfigurada. Miró a la modelo y le dijo: "Princesa, ya no necesitamos a chicas como vos, lo lamento, pero no hay vacante". Morris se paró de la silla y se adelantó para consolarla, pero la modelo huyó despavorida, envuelta en un sudor helado y con lágrimas en los ojos, que destruían y mezclaban el maquillaje por su rostro espectacular.

En el baño, ella se impuso la calma; era una mujer fuerte y racional. Esto era la realidad. En una pesadilla, la conciencia siempre deja una luz abierta para despertar y confirmar que todo fue un sueño. Pero aquí, bajo estas circunstancias, ella estaba alerta y recordaba toda su vida, podía pensar en su familia y en lo que quisiera, podía dominarse, y este auto-dominio la dejaba casi inválida, puesto que era irrefutable que estaba en el mundo de los despiertos, con unos ojos desesperados que la reflejaban en el espejo.

Salió a la calle sin pasar por la oficina de la querida Morris, y cuando chocó con la masa de gente no supo más qué hacer. El mundo de los feos la abrazó con total desparpajo: cuerpos sin proporción, narices enormes, mujeres con pelo en el rostro, las caras de la población iban confiadas, seguras en su mar de horripilancia, enchastradas por el pincel invisible de la creación. La modelo observó todo y no hubo espacio en el alma para asimilar el desarrollo de los hechos. Pasó inadvertida unos minutos, hasta que unos niños vestidos de escolares, presumiendo de una fealdad renovadora -en este mundo cada persona es diferente- se burlaron de ella, cantando a coro: "La tonta modelo, que nunca tendrá novio de nuevo".
Cayó pesadamente sobre sus rodillas, al tiempo que oía en coros las risas y, en un último arrebato de conciencia, agradeció al cuerpo por la sabia decisión del desmayo.

Despertó por fin en un cuarto pintado de blanco, inmaculado, sin fisuras. Miró a la izquierda y bajo un tenue sol que entraba por una pequeña ventana, reconoció a Catherine, una amiga modelo, que lloraba sin remedio, y hacían los sollozos estremecer la perfección del cuerpo. Se encaminó a la puerta, que estaba trancada. Buscó a través del vidrio algo que le dijera dónde estaban y vio en el largo corredor las palabras Casa Mental del Estado. Corrió la modelo hacia Catherine, se abrazaron, y así permanecían aún, cuando una enfermera de fealdad insólita irrumpió en la pieza para traer los medicamentos de las dos nuevas pacientes.

martes, 11 de marzo de 2008

P a l m e r a s

Caminó por el borde de la isla, sus piernas trazando extraños y perfectos círculos de energía en el aire, como ruedas que giran incansablemente.
No había nadie en la orilla. Él no tenía casi ropa y llevaba un palo que hacía de bastón.
Sin decir nada, con los ojos apenas abiertos, giró y se escurrió entre las palmeras.
Las palmeras hicieron música con el viento de la tarde y fue feliz. Feliz como todos los días.

lunes, 3 de marzo de 2008

El diablo en su disfraz


Con el ritmo preciso de las luces, el extraño ser camina con rumbo desconocido. Cubierto en ropas oscuras, es la clase de persona que nunca atrae miradas. Y todos los autos pasan a velocidades altísimas a su lado, pero el sombrero tejano nunca se cae. De su rostro no puedo hablar porque nadie lo vio. Él camina porque siempre va a llegar a donde quiere.

Frena, desenfunda la guitarra y comienza a tocar. Poco a poco la melodía llena el vacío del espacio y flota con una fuerza insólita hacia la ciudad más cercana. Continúa en trance, la canción es el batir de un reloj y corta el ruido de la ciudad. No parece extinguirse. Todos la escuchan aunque les parezca mejor mentir y hacerse pasar por sordos.

Desde la costa de California hasta New York City la canción no va a parar. Conquista las emisoras radiales y cada rincón del país cae a sus pies, como una víctima adormecida y dispuesta al sacrificio. Se pierde la conciencia, la música es agradable, casi perfecta. Éste hombre es el diablo en su disfraz, ustedes tienen que creer, yo no puedo mentir.

Llega una chica ambiciosa y le dice: "Yo te conozco, tengo muy claro quién sos". Ella está hipnotizada, cree que todo es un gran sueño dulce. Siente deseos de dar unas vueltas y aparece una estupenda limousina roja. Sube, saluda y se va con una sonrisa. No volverá a ser la misma jamás. El diablo, sin dejar de tocar las cuerdas, canta suavecito: A vos te sorprendería los amigos que podes comprar con unas monedas.

Esos fueron los días en que el diablo tomó el gusto por tocar la guitarra. Y se decía a él mismo: El tiempo no es un límite. Sólo quiero la guitarra para hacer mi trabajo. Quiero tenerla sobre mí, sostenerla, y mover mis dedos así..., sobre su cuerpo.

Creo que con los años él aprendió algunos trucos, es cada día más hábil. Y yo más débil frente a su música, pero le llevo la ventaja a muchos, porque al menos reconozco que existe. Todos ustedes, malditos sordos, ¿acaso no pueden escucharlo? Cada minuto, cada segundo, susurrando bajo en el oído de la ciudad.

-------acciónreacción--------

Quien más da, más recibe. El problema es darle a alguien que no entiende porqué le estás dando ni para qué. En este caso uno no recibe nada, o lo que es peor, se obtiene indiferencia.





Con la energía no se juega, si uno le da un puñetazo a la pared, la pared reacciona. Es algo cósmico, incuestionable. Y así con todas las cosas.






La lucha personal por conocernos, por sobrevivir, es una tarea que lleva a un egoísmo necesario.






Es fácil aparentar ser un tonto, un idiota sin cerebro.






Cuando un sueño se cumple, es necesario recrearlo inumerables veces en el cerebro, para escapar a la fantasía que habíamos generado previamente.







El olfato es la herramienta más poderosa de la memoria, un simple olor alcanza para lograr la teletransportación inmediata a otro tiempo y a otro lugar.


Cuando decimos sufrir por alguien, siempre estamos sufriendo, antes que nadie, por nosotros mismos.



martes, 19 de febrero de 2008

El boxeador (Cash O`Donell)


Tomó la botella y le dio un sacudón más. Era un tipo rudo, nadie se metía con él. Y la bebida lo hacía un monstruo humano. Siempre le decía a los demás: “Para ser un buen boxeador hay que tener rabia, no la rabia que tiene un beisbolista, sino una rabia que te haga una bestia y puedas cargar contra el hijo de puta que te ponen adelante”.
Y el vecindario conocía su historia de rabia. Abandonado por sus padres –a la madre nunca la conoció- a la edad de ocho años había sido un chico de la calle. Lo poco que recordaba del padre eran imágenes de un hombre gigante, descendiente de irlandeses, que lo azotaba todos los días hasta que se le detuvo el corazón. Luego la etapa de la calle: seis años de locura y supervivencia hasta aquella noche que cambió su vida.
Cash salió del bar y le habló a una mujer negra. Un auto paró y Broncie llegó hasta él hecho una furia: Cash se había metido con su novia. Dicen los testigos –que tienden a multiplicarse mágicamente ante hechos históricos- que Broncie, el moreno más bravo del sur de la ciudad, recibió una paliza. Cuando Cash acusó el primer golpe en el rostro, reaccionó como un tigre, sus piernas eran resortes que lo catapultaron hacia el cuerpo perplejo de Broncie. Hasta ese momento, Cash no sabía la fuerza que tenía. Durante aquella pelea, Cash imaginó de principio a fin que Broncie era su padre. Esto nunca se lo dijo a nadie. Pero fue la clave: mientras Broncie peleaba por una de sus mil chicas, Cash se defendió con lo más asqueroso de su vida y encontró montañas de energía extra que lo hicieron invencible.
Voy a decir la verdad, Cash fue el producto de una sociedad enferma. Cada vez que lo veía moverse, me imaginaba frente a un ejemplo apocalíptico de nuestro mundo, un ser que sólo podía brindar actitudes bestiales, absorbido desde aquella pelea épica con Broncie por el boxeo profesional. A pesar de esto, creo que el ring lo salvó de terminar en la cárcel y de hacer mucho daño a la población civil. Pienso que el universo junta fuerzas para crear seres amorosos, que hacen el mayor bien dentro de sus posiblidades, luego existen seres intermedios –aquí me incluyo-, que se mueven por la tierra entre el bien y el mal como balanzas que suben y bajan todo el tiempo. Pero la categoría de Cash es la que más dudas me genera como miembro de la especie humana. Lo coloco sin dudas en el Everest de la maldad, en una posición que para mí será siempre un misterio. Sin embargo, y a partir de mi experiencia, estoy convencido de algo: somos parte de un proyecto que se desmorona rápido, y sólo cabe esperar un gran cambio, el cual haga innecesario la existencia de personas como Cash.

sábado, 16 de febrero de 2008

Nueva Orleans

Cuentan en el valle del Mississipi que son ellos quienes tienen el poder de la música. Un legado del África que se desplegó en América con la fuerza de una flecha bien lanzada. Y todos los que tocan hace tiempo allí saben que generan grandes melodías, milenarias; es en esos momentos de trance que ven sus dedos moverse solos, incluso el cuerpo fuera de control abre las puertas al enigma desconocido de vivir.

Con la llegada a las grandes ciudades, un "desembarco" por tierra -o por aire- de la música del profundo y no desarrollado sur, se genera una gran industria que la explota, y la lleva al reconocimiento mundial incluso. El dinero trae cambios en la conducta. Aunque no podés volverte auténtico por tener o no efectivo, y como lo auténtico se siente y no hay capacidad de engaño, la magia continuó.

Es por eso que al escucharlos y verlos uno siente algo primitivo: dolor y felicidad que mueven el corazón. En el Sur hay lugar para la angustia, hay mucho tiempo para sentirse blue, tiempo para el desengaño, la trampa, el amor y la sencillez que lleva a la alegría de estar vivos. Pero sobre todas las cosas hay momentos de la música que nos pueden hacer soñar en vida con la perfección. Y cuando esa canción termina yo quisiera seguirla hasta el infinito, suspendido en un paraíso que se cae con la vuelta a la realidad.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Rompen Olas

"i was made with a heart of stone
to be broken with one hard blow
i've seen the ocean break on the shore
come together with no harm done..."
-Jane's Addiction, Ocean Size-



Rompen Olas
Ahí van tus olas rompiendo con las mías
Mucho ruido no hace mal
Porque en ellas va el silencio
La furia y la paz

Ahí van tus olas rompiendo con las mías
Sin control por el mar
Vuelvo a tenerte frente a mí
Y no me falta nada

Quiero creer en el instante
que se hace eterno
Una mezcla simple de los dos
Que nos hace únicos para siempre

Ahí van tus olas, tus olas con las mías
Cayendo, quebrándose
Se unen
Como si el golpe no hubiera existido

¡Mis olas! Soy un esclavo
Son ustedes mi vida y pasión
Tus olas siempre serán tuyas
Y al chocar con las mías,
Amor.
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Que no falte amor en este nuevo año, el amor nos salvará.
Saludos para todos!
Javi

sábado, 22 de diciembre de 2007

Billeteras

En el desierto todo es muy duro. La tierra se retuerce en grietas y nos regala los espejismos más absurdos. Uno siempre cree que está viendo agua que nunca se alcanza, siempre más adelante, un paso más que nos arrastra a la muerte. Zoel descubrió esto antes de pasar a mejor vida, pero no tuvo tiempo de contárselo a nadie, tan sólo un grito a los cuatro vientos, que soplan sin sentido en el cuarto sin paredes que es el desierto.

Él se había portado mal. No era la clase de persona normal, por llamarlo de alguna manera. Nunca pudo desarrollar una personalidad. Hasta cierta edad fue inconsciente de esto, pero más tarde, al reconocerse como un nadie, lo poco de vida propia que tenía casi se derrumba en su interior. Como un dominó interminable que cae -y nadie puede frenar-, Zoel vivió en penumbras, convirtiéndose en un camaleón. Adaptándose a un mundo propio al que únicamente él encontraba valor. Y todo el resto de las personas lo tomaron por loco. Fue así como se convirtió en un demente, y al hablar de Zoel en el vecindario, todos sabían que su nombre era sinónimo de locura.
La ciudad se parece al desierto, pensaba Zoel. Uno grita algo y nadie contesta, llega la respuesta del eco, como una trampa, la burla más triste que puede existir. Como lo veían anormal, la gente no se acercaba a él. Muy mal aspecto mostraba al caminar por las calles. Yo, cuando lo veía pasar me decía: "Así nunca va a conseguir una mujer, pobre tipo, eso no es vivir". El punto es que Zoel encontró a todos sus problemas una solución. Las billeteras.
La locura a veces destapa un aspecto brillante de una persona, como una gran máquina que está estropeada pero tiene un circuito que funciona a la perfección. Eso fue lo que mantuvo vivo a Zoel: una vez que empezó a cambiar de colores se aferró a esa idea con todas sus fuerzas. Las billeteras fueron la salvación.
Básicamente, Zoel se dedicaba a robar billeteras. Extraía el dinero y algo más, se llevaba a la persona que robaba, se transformaba en esa persona. La billetera le daba un poder, era status, era saberse alguien y Zoel nunca era Zoel, siempre alguien más, una persona que cambiaba con las billeteras. Hay algo interesante en todo esto. Zoel terminó por convertirse en Zoel, yo encontré una forma de ser en él. Cualquiera puede verlo como un pobre diablo, un infeliz, no voy a juzgarlo ahora, no tendría sentido.
Zoel, siempre último en la lista de la escuela, puede haber sido un caso único de una mente perturbada, digna de ser estudiada en un gran manicomio. Pero guardó la imaginación para él mismo y sus fantasías eran ecos que no escapaban de su propia cabeza.
La relación que tiene el desierto con Zoel, es que la última billetera que robó era de un egipcio. Allí encontró mucha información que lo llevó a su propio final. Las ilusiones le jugaron una mala pasada. En la cascada de sus últimos pensamientos, se proyectó perdido en el desierto, solo, como siempre había estado y durante días quiso sobrevivir. No tuvo suerte, y la policía lo encontró en un cuarto tirado, delgado hasta los huesos. Un agente dijo: "Con toda la comida que hay y terminar así de flaco".
Lo que el policía nunca supo es que Zoel había estado en el desierto y no pudo escapar de tan terrible lugar.

domingo, 25 de noviembre de 2007

La señora de los gatos

La señora de los gatos vivía, como el nombre indica, rodeada de gatos. La señora de los gatos puede representar a todas esas mujeres que viven acompañadas de gatos. La razón de por qué no hay un señor de los gatos es un misterio para mí, y también debería serlo para ustedes, si es que les importa una pizca el fenómeno de los felinos domésticos.
Lo que sigue a esta introducción son pensamientos aislados que se pueden encontrar en la cabeza de la señora. He tomado cuenta de ellos y los uní dándoles coherencia para que todos podamos leerlos con calma.

"Tengo bien en claro que buscan algo. Ellos no se acercan para regalar cariño o una clásica amistad perruna. Un gato busca siempre el beneficio propio, un ser que se posa infinitamente en la montaña del egoismo. Y eso lo sé, y creo que nadie puede ir en contra de lo que digo".

"Llega el primero y comienzo a acariciarlo con mi mano derecha, mientras, con la otra mano, tomo la jarra de leche y la sirvo en la fuente. Tres van y toman. Las caricias hacen efecto y el primer gato está bajo mi poder: me mira y algo en sus ojos le da un toque milenario que me remonta a las gigantes efigies egipcias".

"Acabo de sentir gran placer cuando dejé a cuatro de mis gatos ronroneando. Se fueron acercando y rozaron mis piernas, buscando el contacto y creo que también dejando su olor. Nunca puedo resistirme a la seducción que usan en mí. A veces siento que no necesito un hombre, para qué si ellos me dan todo".

"Cuando me siento un poco low* los llamo a todos y trato de que permanezcan a mi lado hasta que los malos sentimientos pasen un poco. Las miradas silenciosas y su calor me hacen creer que ellos me entienden a la perfección. Hasta siento que me quieren de verdad. Después, cuando pasa la emoción, me ubico un poco y sé que no es tan así. Pero si me los sacan me muero".

"Hay gente que no le gusta entrar en casa. Hay pelos, pero no hay olor. Primero porque no tienen ese olor que generan los perros, y segundo porque los baño constantemente. Está bien, lo admito, estoy obsesionada con bañarlos. Mañana tengo que comprar shampoo, se está acabando. Y también llamar a Beto** porque creo que a Maia le duele una pata".

La historia de la señora de los gatos no terminó del modo más feliz. Ella perdió el trabajo que le daba más ingresos y no pudo mantenerlos más. Con el paso de los días los gatos se ponían nerviosos: tenían mimos pero les faltaba un poco de comida. Ya no ronroneaban tanto. Empezaron a aprovechar los descuídos y a huir. Un par se escurrieron entre sus patas cuando abría la puerta y huyeron a la libertad del vecindario. Otros por la ventanita del baño, hasta que ella los descubrió. Y cerró la ventana. Fue ésta una época terrible para la señora de los gatos. Un día, desesperada, abrió la casa. Sólo tres se quedaron con ella. Pero esto no fue lo peor de todo, porque con el paso de los días la señora pudo ver a varios de sus antiguos huéspedes desfilar orgullosos por la calle. Siempre mirándola con ojos prácticos y desafiantes, y a ella le daba por llorar y preguntarse qué vecino les estaba dando de comer ahora.


*La señora sabe inglés y le gusta a veces usar expresiones así. Low, en este caso, hace alusión a los momentos más amargos en la vida de ella.
**Beto es el veterinario.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Jajaja.

El hombre vio algo raro y decidió investigar. Abrió la puerta y encontró un maravilloso mundo de payasos felices, niños jugando y un sol que hacía caricias. Entró y empezó a jugar, y eso que tenía 45 años por ese entonces. La gente estaba toda contenta y contagiarse fue muy fácil. Empezó a sonreir con las cosas que veía. Sus ojos se abrieron para poder asimilar las imágenes que llegaban.

Pensó, en cierto momento, en lo extraño de aquel lugar y decidió hacer preguntas. Cuando quiso hablar con un niño muy vivaz, comenzó un viento poderoso que obligó al hombre a taparse la cara. De pronto, la calma nuevamente. El niño le hizo gestos y un ruido de silencio -un enorme shhhhh!-, que pareció exagerado para el hombre.
-Acá no hablamos, sólo jugamos-, dijo el niño y se dio media vuelta para seguir tirando un trompo multicolor maravilloso. Así, sucesivamente, el hombre siguió intentando la comunicación verbal con otros seres que allí estaban. Pero siempre pasaba algo que lo evitaba. A saber: en una oportunidad le cayó un chaparrón personal, otra, el pasto bajo sus pies se convirtió en lodo espeso y se lo comenzó a tragar; en su último intento una nube densa de moscas lo rodeó y casi se vuelve loco.

Al irse las moscas, todos -y cuando digo todos eran como 300 o más personas- frenaron las actividades y lo miraron al hombre con rostros enojados, y en poses teatrales lanzaron un shhhhh! colectivo ensordecedor. El señor, muy inseguro ahora, se sintió acobardado y la fluidez de los primeros momentos se esfumó. Un poco se calmó cuando los demás retornaron a sus juegos.

Se sentó como un indio y observó. "Hay gente para todo", pensó. Uno de los payasos empezó con un show en extremo gracioso y todos lo rodearon con ansiedad para ver sus tretas. La curiosidad llevó al hombre a la ronda y también se rio, para ser más preciso se rio en carcajadas y el calor de la risa lo recomfortó. Con el monólogo del payaso se evadió de toda la curiosidad que tenía y logró concentración. A través de la risa se sintió parte del grupo. Una comunidad de la diversión.

Luego de este punto de quiebre pudo interactuar con las más variadas personalidades a través del juego. Se rio tanto que se le congelaron las costillas. Miró su reloj, habían pasado como trece -trece!- horas. Lo debían estar esperando en casa. La gente frenó una vez más y todos comenzaron a saludarlo, haciendo trucos novedosos mientras el hombre se encaminaba a la puerta. En el momento en que estaba por cruzar se acercó el niño que antes jugaba con el trompo -ahora tenía colgados unos resortes mágicos que se movían solos por sus brazos y piernas-. Lo miró y le dijo: "No te olvides de jugar en tu mundo". Así sucedió todo, y espero que me crean; no les vaya a caer un chaparrón personal por ser aguafiestas.

sábado, 27 de octubre de 2007

E l R a y a d o r

Yo soy Charly. Tengo un disco de pasta de los Doors, y está rayado en el lado A. El disco se llama Morrison Hotel. Saber quién me odia tanto como para rayar un disco así es una misión casi imposible. Tampoco espero encontrar al asesino. El vinilo está dañado con una simple raya que recorre toda la circunferencia en forma de estrella. Es hasta gracioso ver la serpentina infantil que alguien dibujó. Creo que utilizaron una llave o algo parecido. Todas las pistas tienen alguna imperfección. Las canciones son más humanas que nunca ahora; ellas son hijas de la rabia.

No puedo dejar de escucharlas. No quiero comprarme un disco nuevo. No las quiero escuchar en CD. Quiero escuchar las versiones podridas que alguien me dejó. Quiero que el sonido vuele en el aire y que la voz entrecortada de Morrison persiga al cobarde, que viaje como un boomerang hasta atraparlo. Sólo pido justicia, pero hace tiempo que me acostumbré a vivir sin ella.

Pasa muchas veces que cuando algo sale mal, sale de la peor manera posible. Es como una desgracia amplificada, con algunos toques dramáticos adicionales. Así, Peace Frog, la canción número cuatro, es la que resultó más herida. Obviamente, estoy seguro de que El Rayador no sabía que es mi canción favorita de la banda. Jajaja, me río porque Peace Frog asoma como un tema alegre, pero no llega nunca a serlo. Eso es más difícil que hacer una canción feliz o triste a secas. Me río porque todo viene en partida doble. Cuando vi el disco dañado, casi lo tiro contra la pared. Y ahora suena a pesar de todo y me hace feliz.

Lo normal es muy difícil de encontrar. Sé que no puedo invitar a nadie a escuchar el lado A conmigo, porque inmediatamente van a decir “esto está rayado, sacalo”. Todos tienen manías distintas y cada cosa que sucede evoca sentimientos un poco diferentes en cada uno. Yo no busco las ideas que vienen a mi cabeza, pero vienen igual. Es un ejercicio: suena la música y me concentro, me dejo afectar por lo que suena. Este disco me da una forma novedosa de escuchar. Tampoco se crean que voy rayando discos por ahí y viendo que pasa después. No, yo sólo aprendí a jugar con el mal que hizo El Rayador, y me siento bien por transformar toda esta desgracia en algo positivo.

Entre la música descarrilada, saltan frases de Morrison, con la voz profunda, siniestra, negra como el fondo de un pozo. Parte del ritual es dejar que el disco se desenvuelva por su cuenta, así que nunca lo toco una vez que está sonando. Hoy se trancó especialmente en la segunda pista, que se llama Esperando al Sol. El cantante diciendo: “This is the strangest life I’ve ever known”. Y es una frase muy interesante, porque justifica los actos de todos, incluso los míos y los del Rayador.

domingo, 21 de octubre de 2007

Un cuento de terror

Cuando llegamos no había nada. Este dato supongo que no es útil si les cuento que tampoco hay nada ahora. Del lugar que elegimos emanaba olor a culpa, de la tierra hacia el cielo, y oscuros presagios nacieron en mi alma.

No es que no haya sol, es algo mucho más horrendo. Con el paso de los días la atmósfera se volvió espesa; de manera macabra, un genial banco de niebla nos robó el cielo. La luz del sol ya no es natural, tiene un tono de fuerte brillo, que muchos como yo notan insano. Es una mueca de lo real, una payasada del clima que se ríe de nuestra suerte.

Al principio creímos que todo iba a pasar. Yo también. Pero nadie tenía iniciativa de averiguar nada. Con la niebla, nuestra torpeza se incrementó en niveles insólitos. En la tercer noche los aullidos. El miedo se convirtió en nuestro compañero por las noches. Parecen lobos. Pero yo conozco el aullido de un lobo y lo que escucho es rabia flotando en el aire, entrando sin piedad a través de cada centímetro de mi piel.

Tenemos alimento para dos días más. Vernos entre nosotros se convirtió en todo un desafío. Recién se distingue a una persona cuando su rostro se acerca a escasos centímetros de otro. Somos ciegos, me siento un ser muy raro: tanta luz y nada para ver.
La noche del primer ataque -la tercera- fue como el telón de una obra que se abre y da paso a un terror intenso, que no es más que la proyección de nuestra propia muerte. Por los gritos desciframos que se habían llevado a un chico inútil llamado Harpo. Lo que sea que se lo llevó, aquella cosa inmunda que nos quita el valor, se calló por esa noche. Nadie, salvo los niños más pequeños, volvió a dormir jamás.

Algo increible ocurrió al amanecer. Harpo, regresó. Llegó pidiendo auxilio a gritos, pero el miedo era tan grande que todos permanecimos estáticos, con el pulso a flor de piel. "¡Malditos! Yo sufrí por ustedes y ahora huyen de mí, en el peor momento de mi vida", dijo Harpo. Lo que queda de aquel muchacho inútil es un cúmulo de insensatez, ¿quién, en su sano juicio, va a dar algo por él?

En las siguientes noches, los ataques de la cosa se sucedieron, en frecuencias cada vez mayores. Funciona así: cuando empiezan los aullidos, sabemos que eso viene por nosotros. Comienza el caos y nos agrupamos en medio de la oscuridad. Algunos, al azar, son tomados por esa fuerza invisible y arrastrados sin remedio hacia el bosque que nos rodea. Vuelven al amanecer, insultando a todos, fuera de sí, manejados por un rencor insondable.

Supongo que es la venganza. Somos la raza que carga con el odio y, así como así, la tortilla se dio vuelta y algo se cobra las deudas que dejamos en el camino. Ni quiero cometer el pecado de preguntarme porqué a nosotros nos pasa esto. En este lugar esa pregunta tiene la respuesta en cada bocanada de aire y creo que todos entendimos, en cierto nivel, que hay algo de justicia en toda la tragedia que nos tocó vivir.

Los que vuelven de los ataques ya no establecen comunicación con los otros. Maldicen sin freno. Eso es lo único, quedan así pataleando un monólogo eterno, codeándose y durmiendo con pesadillas hasta que la muerte se hace cargo de ellos. La enfermedad que los ataques sueltan con misterio me da pánico. Me di cuenta de que ya no tengo miedo a morir. Es más, morir es un bálsamo para esta agonía cerebral. Algunos sobrevivientes, en el séptimo día, decidimos tomarnos de la mano y, con nuestras últimas fuerzas, intentar atravesar el bosque en medio de la niebla. Como sé, muy dentro de mi alma, yo no merezco escapar. Estoy en la bolsa de los cobardes, de los medianos que no hicieron nada con nada. Este lugar nos representa y vamos hacia una muerte inmediata, estoy convencido.

Este diario es mi legado final. Al que lo encuentre, sepa que algo horrible sucedió en estas tierras y que, por favor, prevenga a todos de ello.