martes, 20 de mayo de 2008

Un descubrimiento cósmico

Puedo volver atrás la secuencia de los hechos, buscando un foco racional, pero todo se hace difuso y me convenzo cada vez más de que estamos todos locos. Mi cuarto, al que antes atribuí las mayores alegrías, es ahora un cajón dramático. Sólo entrar y dar un suspiro alcanza para que lleguen los duendes, que me rodean con juegos de ironía, haciéndome sentir un tonto. Siempre me enseñaron a planear el futuro, diseñar la vida como una autopista perfecta, llena de elementos gratificantes. "La vida es para vivirla mejor", me decían. Y les creo, pero la realidad es que siempre voy a estar haciendo cosas que no quiero hacer. La rutina que logré establecer me hizo famoso entre la gente; por dentro, sin embargo, soy una bolsa de dudas. Desde el instante en que abrí los ojos y con alarmante sorpresa vi mi insignificancia -la imagen exacta llegó en un sueño, y fue la autopista perfecta de la que hablé antes, abriéndose paso hacia la ciudad de la Muerte-, nada ha sido igual. El tremendo sentimiento de impotencia me abrazó, la luz de eternidad que llevé con inconsciente ignorancia durante todo ese tiempo se apagó. No pude ver el mundo como era antes, nunca más. En algún momento voy a terminarme. ¿No es eso una locura?

Me tomé el atrevimiento, ante tal descubrimiento cósmico, de quemar la mayoría de los libros de autoayuda que había en la casa. No sirven para nada, pensé. Pretenden ser un faro sin luz, para gente ciega que no confía en sí misma. Como soy una persona pragmática, continué haciendo mi trabajo, por lo menos hasta que se me revelara alguna solución para el problema de la existencia, no podía dejar de comer. Sin embargo delegué mucho trabajo y cada vez fui haciendo menos. Era el dueño y podía darme ese lujo. Cambié balances y reuniones, presentaciones y viajes de negocios por horas de meditación intrascendentes, porque no lograba nada, me perdía en un mar de supuestos. Apuntaba a los misterios más grandes, pero lo hacía con furia, porque partía de la premisa de que algo me dio inteligencia, algo juega conmigo, algo me permitió saber que vivo. Y yo quería estar de inmediato en esa posición. El lugar que Adán y Eva quisieron tener. La misma ambición que los expulsó del paraíso, sujetaba fuerte todas las partes de mi cuerpo. Recuerdo con claridad la sensación de tener frente a mi un puzzle que sólo puede ser armado por alguien más.

Miles de pensadores y filósofos se ahogaron en las ideas que crearon. Nunca se logró un conocimiento perfecto en la historia de la humanidad. Toda ley científica puede ser quebrada. Lo que parece fuerte es débil, y lo asombroso e irreal se convierte en una verdad difícil de creer. En cierto punto de las meditaciones en que me sumía, quise conocer a alguien que levitara. Ver para creer, me dije. Que alguien se eleve, venciendo la gravedad, no es algo para tomarse en broma. Así fue que conocí a Joachim, un señor de unos 50 años, con un rostro que podría haber sido de un ingeniero, un maestro o un vendedor de autos. Pero, una vez que me permitió -desde otra habitación contigua- verlo suspendido sobre el aire, las facciones y todos sus gestos corporales se convirtieron para mí en el paradigma de un levitador. Él me vio tan perturbado que trató de calmarme. Por supuesto que no lo consiguió. Volví a casa sin aliento y, mientras la gente volvía en masa del trabajo a las casas, me sentí dueño de un secreto poderoso. ¿Cómo es posible que alguien flote en el aire?

La mayor plenitud que alcancé como ser es el amor. Un refugio perfecto. No hay mayor sensación de regocijo que sentirse amado y poder amar. Cuando siento amor me olvido de todo, las necesidades físicas se desvanecen, el propio sentimiento llena el alma.

Soy testigo, cada día de mi vida, de la inercia social. No hay tiempo que perder pero perdemos el tiempo a patadas. Formo parte de esta paradoja. Nadie, salvo el creador -llámese Dios o la fuerza de la Naturaleza- sabe qué somos. Yo no sé qué soy. Suena iluso ante la rápidez de la vida en la ciudad el cuestionarse cosas como la identidad personal. El punto de sinceridad máxima con uno mismo lleva a reconocer muchas cosas, ayuda a imaginar las dimensiones del universo. Cuando veo a los humanos, llega a mi mente una imagen trágica: somos niños jugando con una pelota que quizá no existe, creando realidades sobre un vacío que podría llenarse de mil formas distintas. Sin respuestas, miramos en un espejo que nos devuelve todo el misterio de la vida, más allá de tener el pelo arreglado o la corbata bien puesta.

jueves, 8 de mayo de 2008

El pescador

El sol se elevó en el horizonte sin problemas, una mañana limpia, cálida. Si uno miraba el océano mezclándose con la arena de las dunas, aquello era el paraíso. Cinco o seis pescadores hacían de las suyas sobre la orilla, un despliegue de paciencia que era lo único que me ponía nervioso. Porque nunca entendí el vicio de los pescadores. Cuando alguno picaba algo, se concentraba en la presa con el clásico juego de palanca de la caña. El resto de los colegas miraban asombrados la situación -como si fuera la primera vez que sucedía algo así-, expectantes. Alguno sonreía discretamente si el otro sacaba un alga o algo parecido. Un gran pez pareció engancharse en el anzuelo del sujeto barbudo, que soltó una carcajada abismal y se hizo cargo del momento. Tomó con suavidad la caña, que era sencilla, natural, con una tanza que parecia casi de mentira. Sin esforzarse, sacó del agua una corvina inmensa, que devolvió pronto al océano. Los demás lo miraron atónito y comentaban entre ellos que tal pescado era un manjar y que era de locos no comerlo a la parrilla. Se instaló el clima de sorpresa cuando picó la frágil caña otra bestia marina. Extrajo el hombre un chucho grande como un auto pequeño. Era, sin duda alguna, un momento histórico para la pesca nacional, no soy presumido al decir que una foto de semejante animal habría recorrido los medios de todo el planeta. Vi los rostros boquiabiertos de los otros pescadores, que no contaron con el tiempo necesario para saber si de verdad estaban despiertos, supongo que ni siquiera fueron capaces de sentir envidia.
El exitoso pescador tomó con inusual cariño a la presa. La observó sobre su cabeza, como si fuera un cocinero con la masa de una pizza. Y volvió a reír: pero esta vez más fuerte. Hubo la sensación en la playa de que la risa majestuosa despertó una leve brisa matinal. Otra vez puso al animal en el agua y vimos cómo se iba en calma, una gigante alfombra viva.
Como espectadores, habíamos tenido una mañana bastante espectacular. Uno de los pescadores le preguntó al hombre qué carnada estaba usando. Sin decir nada, el pescador enigma se quitó la ropa y mostró un cuerpo intemporal: parecía haber soportado mil tempestades y estar intacto. Miró uno por uno a los presentes en la playa y se sumergió con cruda naturalidad en el océano, para aparecer unos veinte metros más lejos, ya con su tridente en las manos y montando varios caballos blancos perfectos.

martes, 29 de abril de 2008

La ex-novia

Estoy sentado en un ómnibus que se dirige a un balneario X. En el asiento de atrás -y acompañada- está una antigua ex-novia que dejó sus huellas en mí, como si me hubiera dado zarpazos un tigre, pero en el corazón. Ahora, aquí va lo más maravilloso de todo. Tengo una costumbre al entrar a un ómnibus que se dirige hacia un balneario y, en consecuencia, al placer, es la de dormirme ni bien toco el asiento casi cama. Así lo hice esta vez, pero un brote de energía me sobresalta, una presencia mística que me obliga a abrir los ojos. De la mano, sí, de la mano de un estúpido cualquiera camina la que pensé iba a ser la mujer de mi vida. Me ve -hacía más de un año que el romance se había cortado- y sonríe con confianza. Por mi parte, casi empiezo a temblar. Qué desagradable momento estoy pasando. La pareja chequea los números de sus asientos y, como es de esperarse, el destino no tiene piedad: ellos se sientan justo detrás mio, asientos 33 y 34, respectivamente. Pongo la música y miro por la ventana: el planeta tierra se desvanece lentamente, corroído por un ácido invisible y no puedo evitarlo. Descontrolado, mi estado de ánimo se va a pique, extraños mecanismos sicológicos de defensa se disparan. El viaje es un desastre.

Busco ideas positivas: el viaje podría ser más largo, o que ella es feliz, entre otros pensamientos absurdos. Siento que me clava los ojos desde atrás y sabe todo lo que siento, como si la butaca fuera invisible y pudiera escarbar mi corazón. En determinado momento no resisto y pongo stop a la música. Soy totalmente consciente de que al escucharla me voy a sentir mil veces peor, pero lo hago igual. De nuevo su voz, después de tanto tiempo, tan cercana y extraña, es el peor espejismo que existe. La escucho reir. Es en estos momentos que el orgullo juega su parte, porque de otro modo iría hacia el conductor y le rogaría que pare, para bajarme y quedar varado en medio de la ruta. Pienso en el juego de azar que es la vida y cómo me tocó estar del lado miserable. No tengo explicaciones y la mente se deriva hacia una ley universal de justicia. Cosas tengo que haber hecho mal y por eso soy castigado.

El viaje transcurre con las peores turbulencias de la historia. En determinado momento ella dice que va a ir al baño. Por supuesto que a esta altura su pareja sabe quién soy, mi pasado, cómo es mi familia y hasta demás datos íntimos. Ella siempre fue muy locuaz. De todas formas, tomo fuerza y quiebro mi cabeza para verla; hago de cuenta que el tipo no existe. Ella me vuelve a mirar a los ojos, deleitada con el boomerang del pasado. Es increible, pero en ese instante que chocan las miradas me siento fuerte, la fuerza del perdedor puede ser muy poderosa, y ella se da cuenta. Con un gesto casi maternal me mira y detecto un dejo de nostalgia, una expresión que me reconforta. Al mismo tiempo, imagino que la situación se hace incómoda para su nueva pareja. Todo esto eleva mi autoestima. Cuando llegamos, dejo que los enamorados bajen primero y echo una última mirada a su figura espectacular. No les voy a mentir, aún la deseo. Voy a un negocio y compro un alfajor. Lentamente, camino fuera de la terminal, masticando mientras me recupero del terrible shock que acabo de sufrir.

viernes, 4 de abril de 2008

Pequeñas historias de vida y de muerte

Me moví alrededor del círculo de fuego y, entre las llamas, distinguí formas que jugaban a ser cosas. Árboles meneándose con un viento precipitado, loco y cambiante, un ave de dimensiones desconocidas, rostros desesperados y sonrientes, por nombrar algunos elementos que llamaron poderosamente mi atención. Los indios a mi alrededor continuaban con el ritual: ahora se movían en un balanceo como de olas, acentuado por los atuendos que vestían; llegué hasta el punto de confundir el suelo con la superficie del mar. Ellos no estaban aquí, al menos espiritualmente, esto es un hecho, algo imposible de negar al sentido común.





Se despertó y los ojos permanecieron cerrados mientras el cerebro actualizaba la información. Para cualquiera que mirara, él estaba dormido. Fue una fracción de segundo en la que todo parecía normal, y consideró que era momento de apreciar el sol por su ventana. Como tantas otras veces, llevó su mano hacia las cejas, creando una visera imaginaria para soportar el golpe de luz. Sin embargo, esta vez hubo oscuridad. No sabía dónde estaba.
Cuando la realidad lo devolvió a la celda 134, del pabellón de homicidas, no pudo distinguir un objeto de otro, y los ojos se transformaron en cataratas que impulsaban un río de lágrimas por sus mejillas.








Bajo el cielo, con miles de estrellas apretadas, caminaban los amantes de la mano. Se decían cosas al oído, imperceptibles para el mundo exterior. Lograban un andar acompasado, el ritmo de dos personas que se entienden. Un anciano que los vio pasar se sobresaltó y pensó: "Dios mío, he aquí el idioma del amor".







Harry soportaba en aquel instante tres pedidos simultáneos de comida rápida. No podía pensar ni en su perro. De cuando en cuando se imaginaba otras personas, otros paisajes de vida. ¿Había otro camino, una alternativa más feliz acaso?







Abunja dejó de respirar. La monja sostenía cálidamente su mano, y rezaba, con palabras mudas en sus labios. Terminó y salió afuera, sus ojos hicieron foco en el cielo. Como hija de Dios, ella sostenía una fe enorme. Una fe mucho más grande que la de varias personas que, en ese mismo momento, desayunaban en el Vaticano con vajilla de lujo.






La tempestad se desató de manera imprevisible sobre la canoa hawaiana. Olas de gran tamaño aplastaban a los náufragos, que se debatían en una pesadilla de vida y de muerte. En esos últimos momentos, Duke soltó sus manos de los restos de madera y se arrojó al oceáno en busca de ayuda, nadando pesadamente por las colinas de agua en movimento. Nadie lo volvió a ver. Cuenta la leyenda que Duke murió, paradójicamente, en el vientre de su madre, la mar.




martes, 1 de abril de 2008

En el mundo de los feos

La modelo se levantó y fue, instintivamente, a mirar su figura frente al espejo. Ella estaba cerca de los 30 años, hermosa, siempre en orden con los cánones de belleza, adaptándose y viviendo de la naturaleza de su envoltorio. Cuando estaba lista, salió a la calle. Un vago presentimiento de rareza la conquistó mientras bajaba por la cuadra y se acercaba a pedir un taxi. No esperó nada y ya estaba en camino a la sesión de fotos. Al cruzar los barrios, se asustó dos o tres veces -con un pequeño frío en la espalda-, porque vio gente despreocupadamente fea, paseando sin remordimiento sus rostros desalineados en la ciudad. Se olvidó con ganas de ellos y entró al edificio de la agencia para hacer su trabajo.

La agencia se llamaba Westside Models. Era su segundo hogar, donde ella creció, se formó y se hizo conocer al mundo. Conocía toda la rutina y se sobresaltó esa mañana con la nueva decoración: una interminable serie de retratos de personas insondablemente feas promocionaban los productos de la sociedad de consumo. Ella se tranquilizó, pensando que era parte de alguna novedosa campaña de beneficiencia. Pero algo había en la disposición de las imágenes que les daba un tono de seriedad inoportuno, como la noticia de una pesadilla ya en proceso, la muestra de una realidad total y naturalmente terrorífica. De todos los escenarios posibles, aquel era ensordecedor, era lo mismo que un pintor despertara sin su mano derecha, o que un músico se soñara sordo en vida.

El contacto con la señora Morris fue el segundo acto, la confirmación de la locura que le robaría el corazón. Cuando golpeó la puerta, la señora Morris respondió con la jovialidad de siempre: "Adelante, princesa". Ella entró en la oficina y casi vomita: allí estaba Martha Morris, con el rostro desencajado, en analogía a una pintura cubista, permaneciendo en él una sombra difusa que la conectaba aún con la imagen que la modelo tenía de ella. Había desaparecido, sin duda alguna, toda belleza inglesa que le diera un rasgo distintivo a la señora en el mundo del modelaje, y lo peor: Martha Morris hablaba con naturalidad, como si no supiera que estaba desfigurada. Miró a la modelo y le dijo: "Princesa, ya no necesitamos a chicas como vos, lo lamento, pero no hay vacante". Morris se paró de la silla y se adelantó para consolarla, pero la modelo huyó despavorida, envuelta en un sudor helado y con lágrimas en los ojos, que destruían y mezclaban el maquillaje por su rostro espectacular.

En el baño, ella se impuso la calma; era una mujer fuerte y racional. Esto era la realidad. En una pesadilla, la conciencia siempre deja una luz abierta para despertar y confirmar que todo fue un sueño. Pero aquí, bajo estas circunstancias, ella estaba alerta y recordaba toda su vida, podía pensar en su familia y en lo que quisiera, podía dominarse, y este auto-dominio la dejaba casi inválida, puesto que era irrefutable que estaba en el mundo de los despiertos, con unos ojos desesperados que la reflejaban en el espejo.

Salió a la calle sin pasar por la oficina de la querida Morris, y cuando chocó con la masa de gente no supo más qué hacer. El mundo de los feos la abrazó con total desparpajo: cuerpos sin proporción, narices enormes, mujeres con pelo en el rostro, las caras de la población iban confiadas, seguras en su mar de horripilancia, enchastradas por el pincel invisible de la creación. La modelo observó todo y no hubo espacio en el alma para asimilar el desarrollo de los hechos. Pasó inadvertida unos minutos, hasta que unos niños vestidos de escolares, presumiendo de una fealdad renovadora -en este mundo cada persona es diferente- se burlaron de ella, cantando a coro: "La tonta modelo, que nunca tendrá novio de nuevo".
Cayó pesadamente sobre sus rodillas, al tiempo que oía en coros las risas y, en un último arrebato de conciencia, agradeció al cuerpo por la sabia decisión del desmayo.

Despertó por fin en un cuarto pintado de blanco, inmaculado, sin fisuras. Miró a la izquierda y bajo un tenue sol que entraba por una pequeña ventana, reconoció a Catherine, una amiga modelo, que lloraba sin remedio, y hacían los sollozos estremecer la perfección del cuerpo. Se encaminó a la puerta, que estaba trancada. Buscó a través del vidrio algo que le dijera dónde estaban y vio en el largo corredor las palabras Casa Mental del Estado. Corrió la modelo hacia Catherine, se abrazaron, y así permanecían aún, cuando una enfermera de fealdad insólita irrumpió en la pieza para traer los medicamentos de las dos nuevas pacientes.

martes, 11 de marzo de 2008

P a l m e r a s

Caminó por el borde de la isla, sus piernas trazando extraños y perfectos círculos de energía en el aire, como ruedas que giran incansablemente.
No había nadie en la orilla. Él no tenía casi ropa y llevaba un palo que hacía de bastón.
Sin decir nada, con los ojos apenas abiertos, giró y se escurrió entre las palmeras.
Las palmeras hicieron música con el viento de la tarde y fue feliz. Feliz como todos los días.

lunes, 3 de marzo de 2008

El diablo en su disfraz


Con el ritmo preciso de las luces, el extraño ser camina con rumbo desconocido. Cubierto en ropas oscuras, es la clase de persona que nunca atrae miradas. Y todos los autos pasan a velocidades altísimas a su lado, pero el sombrero tejano nunca se cae. De su rostro no puedo hablar porque nadie lo vio. Él camina porque siempre va a llegar a donde quiere.

Frena, desenfunda la guitarra y comienza a tocar. Poco a poco la melodía llena el vacío del espacio y flota con una fuerza insólita hacia la ciudad más cercana. Continúa en trance, la canción es el batir de un reloj y corta el ruido de la ciudad. No parece extinguirse. Todos la escuchan aunque les parezca mejor mentir y hacerse pasar por sordos.

Desde la costa de California hasta New York City la canción no va a parar. Conquista las emisoras radiales y cada rincón del país cae a sus pies, como una víctima adormecida y dispuesta al sacrificio. Se pierde la conciencia, la música es agradable, casi perfecta. Éste hombre es el diablo en su disfraz, ustedes tienen que creer, yo no puedo mentir.

Llega una chica ambiciosa y le dice: "Yo te conozco, tengo muy claro quién sos". Ella está hipnotizada, cree que todo es un gran sueño dulce. Siente deseos de dar unas vueltas y aparece una estupenda limousina roja. Sube, saluda y se va con una sonrisa. No volverá a ser la misma jamás. El diablo, sin dejar de tocar las cuerdas, canta suavecito: A vos te sorprendería los amigos que podes comprar con unas monedas.

Esos fueron los días en que el diablo tomó el gusto por tocar la guitarra. Y se decía a él mismo: El tiempo no es un límite. Sólo quiero la guitarra para hacer mi trabajo. Quiero tenerla sobre mí, sostenerla, y mover mis dedos así..., sobre su cuerpo.

Creo que con los años él aprendió algunos trucos, es cada día más hábil. Y yo más débil frente a su música, pero le llevo la ventaja a muchos, porque al menos reconozco que existe. Todos ustedes, malditos sordos, ¿acaso no pueden escucharlo? Cada minuto, cada segundo, susurrando bajo en el oído de la ciudad.

-------acciónreacción--------

Quien más da, más recibe. El problema es darle a alguien que no entiende porqué le estás dando ni para qué. En este caso uno no recibe nada, o lo que es peor, se obtiene indiferencia.





Con la energía no se juega, si uno le da un puñetazo a la pared, la pared reacciona. Es algo cósmico, incuestionable. Y así con todas las cosas.






La lucha personal por conocernos, por sobrevivir, es una tarea que lleva a un egoísmo necesario.






Es fácil aparentar ser un tonto, un idiota sin cerebro.






Cuando un sueño se cumple, es necesario recrearlo inumerables veces en el cerebro, para escapar a la fantasía que habíamos generado previamente.







El olfato es la herramienta más poderosa de la memoria, un simple olor alcanza para lograr la teletransportación inmediata a otro tiempo y a otro lugar.


Cuando decimos sufrir por alguien, siempre estamos sufriendo, antes que nadie, por nosotros mismos.



martes, 19 de febrero de 2008

El boxeador (Cash O`Donell)


Tomó la botella y le dio un sacudón más. Era un tipo rudo, nadie se metía con él. Y la bebida lo hacía un monstruo humano. Siempre le decía a los demás: “Para ser un buen boxeador hay que tener rabia, no la rabia que tiene un beisbolista, sino una rabia que te haga una bestia y puedas cargar contra el hijo de puta que te ponen adelante”.
Y el vecindario conocía su historia de rabia. Abandonado por sus padres –a la madre nunca la conoció- a la edad de ocho años había sido un chico de la calle. Lo poco que recordaba del padre eran imágenes de un hombre gigante, descendiente de irlandeses, que lo azotaba todos los días hasta que se le detuvo el corazón. Luego la etapa de la calle: seis años de locura y supervivencia hasta aquella noche que cambió su vida.
Cash salió del bar y le habló a una mujer negra. Un auto paró y Broncie llegó hasta él hecho una furia: Cash se había metido con su novia. Dicen los testigos –que tienden a multiplicarse mágicamente ante hechos históricos- que Broncie, el moreno más bravo del sur de la ciudad, recibió una paliza. Cuando Cash acusó el primer golpe en el rostro, reaccionó como un tigre, sus piernas eran resortes que lo catapultaron hacia el cuerpo perplejo de Broncie. Hasta ese momento, Cash no sabía la fuerza que tenía. Durante aquella pelea, Cash imaginó de principio a fin que Broncie era su padre. Esto nunca se lo dijo a nadie. Pero fue la clave: mientras Broncie peleaba por una de sus mil chicas, Cash se defendió con lo más asqueroso de su vida y encontró montañas de energía extra que lo hicieron invencible.
Voy a decir la verdad, Cash fue el producto de una sociedad enferma. Cada vez que lo veía moverse, me imaginaba frente a un ejemplo apocalíptico de nuestro mundo, un ser que sólo podía brindar actitudes bestiales, absorbido desde aquella pelea épica con Broncie por el boxeo profesional. A pesar de esto, creo que el ring lo salvó de terminar en la cárcel y de hacer mucho daño a la población civil. Pienso que el universo junta fuerzas para crear seres amorosos, que hacen el mayor bien dentro de sus posiblidades, luego existen seres intermedios –aquí me incluyo-, que se mueven por la tierra entre el bien y el mal como balanzas que suben y bajan todo el tiempo. Pero la categoría de Cash es la que más dudas me genera como miembro de la especie humana. Lo coloco sin dudas en el Everest de la maldad, en una posición que para mí será siempre un misterio. Sin embargo, y a partir de mi experiencia, estoy convencido de algo: somos parte de un proyecto que se desmorona rápido, y sólo cabe esperar un gran cambio, el cual haga innecesario la existencia de personas como Cash.

sábado, 16 de febrero de 2008

Nueva Orleans

Cuentan en el valle del Mississipi que son ellos quienes tienen el poder de la música. Un legado del África que se desplegó en América con la fuerza de una flecha bien lanzada. Y todos los que tocan hace tiempo allí saben que generan grandes melodías, milenarias; es en esos momentos de trance que ven sus dedos moverse solos, incluso el cuerpo fuera de control abre las puertas al enigma desconocido de vivir.

Con la llegada a las grandes ciudades, un "desembarco" por tierra -o por aire- de la música del profundo y no desarrollado sur, se genera una gran industria que la explota, y la lleva al reconocimiento mundial incluso. El dinero trae cambios en la conducta. Aunque no podés volverte auténtico por tener o no efectivo, y como lo auténtico se siente y no hay capacidad de engaño, la magia continuó.

Es por eso que al escucharlos y verlos uno siente algo primitivo: dolor y felicidad que mueven el corazón. En el Sur hay lugar para la angustia, hay mucho tiempo para sentirse blue, tiempo para el desengaño, la trampa, el amor y la sencillez que lleva a la alegría de estar vivos. Pero sobre todas las cosas hay momentos de la música que nos pueden hacer soñar en vida con la perfección. Y cuando esa canción termina yo quisiera seguirla hasta el infinito, suspendido en un paraíso que se cae con la vuelta a la realidad.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Rompen Olas

"i was made with a heart of stone
to be broken with one hard blow
i've seen the ocean break on the shore
come together with no harm done..."
-Jane's Addiction, Ocean Size-



Rompen Olas
Ahí van tus olas rompiendo con las mías
Mucho ruido no hace mal
Porque en ellas va el silencio
La furia y la paz

Ahí van tus olas rompiendo con las mías
Sin control por el mar
Vuelvo a tenerte frente a mí
Y no me falta nada

Quiero creer en el instante
que se hace eterno
Una mezcla simple de los dos
Que nos hace únicos para siempre

Ahí van tus olas, tus olas con las mías
Cayendo, quebrándose
Se unen
Como si el golpe no hubiera existido

¡Mis olas! Soy un esclavo
Son ustedes mi vida y pasión
Tus olas siempre serán tuyas
Y al chocar con las mías,
Amor.
.
.
.
.
.
.

Que no falte amor en este nuevo año, el amor nos salvará.
Saludos para todos!
Javi

sábado, 22 de diciembre de 2007

Billeteras

En el desierto todo es muy duro. La tierra se retuerce en grietas y nos regala los espejismos más absurdos. Uno siempre cree que está viendo agua que nunca se alcanza, siempre más adelante, un paso más que nos arrastra a la muerte. Zoel descubrió esto antes de pasar a mejor vida, pero no tuvo tiempo de contárselo a nadie, tan sólo un grito a los cuatro vientos, que soplan sin sentido en el cuarto sin paredes que es el desierto.

Él se había portado mal. No era la clase de persona normal, por llamarlo de alguna manera. Nunca pudo desarrollar una personalidad. Hasta cierta edad fue inconsciente de esto, pero más tarde, al reconocerse como un nadie, lo poco de vida propia que tenía casi se derrumba en su interior. Como un dominó interminable que cae -y nadie puede frenar-, Zoel vivió en penumbras, convirtiéndose en un camaleón. Adaptándose a un mundo propio al que únicamente él encontraba valor. Y todo el resto de las personas lo tomaron por loco. Fue así como se convirtió en un demente, y al hablar de Zoel en el vecindario, todos sabían que su nombre era sinónimo de locura.
La ciudad se parece al desierto, pensaba Zoel. Uno grita algo y nadie contesta, llega la respuesta del eco, como una trampa, la burla más triste que puede existir. Como lo veían anormal, la gente no se acercaba a él. Muy mal aspecto mostraba al caminar por las calles. Yo, cuando lo veía pasar me decía: "Así nunca va a conseguir una mujer, pobre tipo, eso no es vivir". El punto es que Zoel encontró a todos sus problemas una solución. Las billeteras.
La locura a veces destapa un aspecto brillante de una persona, como una gran máquina que está estropeada pero tiene un circuito que funciona a la perfección. Eso fue lo que mantuvo vivo a Zoel: una vez que empezó a cambiar de colores se aferró a esa idea con todas sus fuerzas. Las billeteras fueron la salvación.
Básicamente, Zoel se dedicaba a robar billeteras. Extraía el dinero y algo más, se llevaba a la persona que robaba, se transformaba en esa persona. La billetera le daba un poder, era status, era saberse alguien y Zoel nunca era Zoel, siempre alguien más, una persona que cambiaba con las billeteras. Hay algo interesante en todo esto. Zoel terminó por convertirse en Zoel, yo encontré una forma de ser en él. Cualquiera puede verlo como un pobre diablo, un infeliz, no voy a juzgarlo ahora, no tendría sentido.
Zoel, siempre último en la lista de la escuela, puede haber sido un caso único de una mente perturbada, digna de ser estudiada en un gran manicomio. Pero guardó la imaginación para él mismo y sus fantasías eran ecos que no escapaban de su propia cabeza.
La relación que tiene el desierto con Zoel, es que la última billetera que robó era de un egipcio. Allí encontró mucha información que lo llevó a su propio final. Las ilusiones le jugaron una mala pasada. En la cascada de sus últimos pensamientos, se proyectó perdido en el desierto, solo, como siempre había estado y durante días quiso sobrevivir. No tuvo suerte, y la policía lo encontró en un cuarto tirado, delgado hasta los huesos. Un agente dijo: "Con toda la comida que hay y terminar así de flaco".
Lo que el policía nunca supo es que Zoel había estado en el desierto y no pudo escapar de tan terrible lugar.

domingo, 25 de noviembre de 2007

La señora de los gatos

La señora de los gatos vivía, como el nombre indica, rodeada de gatos. La señora de los gatos puede representar a todas esas mujeres que viven acompañadas de gatos. La razón de por qué no hay un señor de los gatos es un misterio para mí, y también debería serlo para ustedes, si es que les importa una pizca el fenómeno de los felinos domésticos.
Lo que sigue a esta introducción son pensamientos aislados que se pueden encontrar en la cabeza de la señora. He tomado cuenta de ellos y los uní dándoles coherencia para que todos podamos leerlos con calma.

"Tengo bien en claro que buscan algo. Ellos no se acercan para regalar cariño o una clásica amistad perruna. Un gato busca siempre el beneficio propio, un ser que se posa infinitamente en la montaña del egoismo. Y eso lo sé, y creo que nadie puede ir en contra de lo que digo".

"Llega el primero y comienzo a acariciarlo con mi mano derecha, mientras, con la otra mano, tomo la jarra de leche y la sirvo en la fuente. Tres van y toman. Las caricias hacen efecto y el primer gato está bajo mi poder: me mira y algo en sus ojos le da un toque milenario que me remonta a las gigantes efigies egipcias".

"Acabo de sentir gran placer cuando dejé a cuatro de mis gatos ronroneando. Se fueron acercando y rozaron mis piernas, buscando el contacto y creo que también dejando su olor. Nunca puedo resistirme a la seducción que usan en mí. A veces siento que no necesito un hombre, para qué si ellos me dan todo".

"Cuando me siento un poco low* los llamo a todos y trato de que permanezcan a mi lado hasta que los malos sentimientos pasen un poco. Las miradas silenciosas y su calor me hacen creer que ellos me entienden a la perfección. Hasta siento que me quieren de verdad. Después, cuando pasa la emoción, me ubico un poco y sé que no es tan así. Pero si me los sacan me muero".

"Hay gente que no le gusta entrar en casa. Hay pelos, pero no hay olor. Primero porque no tienen ese olor que generan los perros, y segundo porque los baño constantemente. Está bien, lo admito, estoy obsesionada con bañarlos. Mañana tengo que comprar shampoo, se está acabando. Y también llamar a Beto** porque creo que a Maia le duele una pata".

La historia de la señora de los gatos no terminó del modo más feliz. Ella perdió el trabajo que le daba más ingresos y no pudo mantenerlos más. Con el paso de los días los gatos se ponían nerviosos: tenían mimos pero les faltaba un poco de comida. Ya no ronroneaban tanto. Empezaron a aprovechar los descuídos y a huir. Un par se escurrieron entre sus patas cuando abría la puerta y huyeron a la libertad del vecindario. Otros por la ventanita del baño, hasta que ella los descubrió. Y cerró la ventana. Fue ésta una época terrible para la señora de los gatos. Un día, desesperada, abrió la casa. Sólo tres se quedaron con ella. Pero esto no fue lo peor de todo, porque con el paso de los días la señora pudo ver a varios de sus antiguos huéspedes desfilar orgullosos por la calle. Siempre mirándola con ojos prácticos y desafiantes, y a ella le daba por llorar y preguntarse qué vecino les estaba dando de comer ahora.


*La señora sabe inglés y le gusta a veces usar expresiones así. Low, en este caso, hace alusión a los momentos más amargos en la vida de ella.
**Beto es el veterinario.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Jajaja.

El hombre vio algo raro y decidió investigar. Abrió la puerta y encontró un maravilloso mundo de payasos felices, niños jugando y un sol que hacía caricias. Entró y empezó a jugar, y eso que tenía 45 años por ese entonces. La gente estaba toda contenta y contagiarse fue muy fácil. Empezó a sonreir con las cosas que veía. Sus ojos se abrieron para poder asimilar las imágenes que llegaban.

Pensó, en cierto momento, en lo extraño de aquel lugar y decidió hacer preguntas. Cuando quiso hablar con un niño muy vivaz, comenzó un viento poderoso que obligó al hombre a taparse la cara. De pronto, la calma nuevamente. El niño le hizo gestos y un ruido de silencio -un enorme shhhhh!-, que pareció exagerado para el hombre.
-Acá no hablamos, sólo jugamos-, dijo el niño y se dio media vuelta para seguir tirando un trompo multicolor maravilloso. Así, sucesivamente, el hombre siguió intentando la comunicación verbal con otros seres que allí estaban. Pero siempre pasaba algo que lo evitaba. A saber: en una oportunidad le cayó un chaparrón personal, otra, el pasto bajo sus pies se convirtió en lodo espeso y se lo comenzó a tragar; en su último intento una nube densa de moscas lo rodeó y casi se vuelve loco.

Al irse las moscas, todos -y cuando digo todos eran como 300 o más personas- frenaron las actividades y lo miraron al hombre con rostros enojados, y en poses teatrales lanzaron un shhhhh! colectivo ensordecedor. El señor, muy inseguro ahora, se sintió acobardado y la fluidez de los primeros momentos se esfumó. Un poco se calmó cuando los demás retornaron a sus juegos.

Se sentó como un indio y observó. "Hay gente para todo", pensó. Uno de los payasos empezó con un show en extremo gracioso y todos lo rodearon con ansiedad para ver sus tretas. La curiosidad llevó al hombre a la ronda y también se rio, para ser más preciso se rio en carcajadas y el calor de la risa lo recomfortó. Con el monólogo del payaso se evadió de toda la curiosidad que tenía y logró concentración. A través de la risa se sintió parte del grupo. Una comunidad de la diversión.

Luego de este punto de quiebre pudo interactuar con las más variadas personalidades a través del juego. Se rio tanto que se le congelaron las costillas. Miró su reloj, habían pasado como trece -trece!- horas. Lo debían estar esperando en casa. La gente frenó una vez más y todos comenzaron a saludarlo, haciendo trucos novedosos mientras el hombre se encaminaba a la puerta. En el momento en que estaba por cruzar se acercó el niño que antes jugaba con el trompo -ahora tenía colgados unos resortes mágicos que se movían solos por sus brazos y piernas-. Lo miró y le dijo: "No te olvides de jugar en tu mundo". Así sucedió todo, y espero que me crean; no les vaya a caer un chaparrón personal por ser aguafiestas.

sábado, 27 de octubre de 2007

E l R a y a d o r

Yo soy Charly. Tengo un disco de pasta de los Doors, y está rayado en el lado A. El disco se llama Morrison Hotel. Saber quién me odia tanto como para rayar un disco así es una misión casi imposible. Tampoco espero encontrar al asesino. El vinilo está dañado con una simple raya que recorre toda la circunferencia en forma de estrella. Es hasta gracioso ver la serpentina infantil que alguien dibujó. Creo que utilizaron una llave o algo parecido. Todas las pistas tienen alguna imperfección. Las canciones son más humanas que nunca ahora; ellas son hijas de la rabia.

No puedo dejar de escucharlas. No quiero comprarme un disco nuevo. No las quiero escuchar en CD. Quiero escuchar las versiones podridas que alguien me dejó. Quiero que el sonido vuele en el aire y que la voz entrecortada de Morrison persiga al cobarde, que viaje como un boomerang hasta atraparlo. Sólo pido justicia, pero hace tiempo que me acostumbré a vivir sin ella.

Pasa muchas veces que cuando algo sale mal, sale de la peor manera posible. Es como una desgracia amplificada, con algunos toques dramáticos adicionales. Así, Peace Frog, la canción número cuatro, es la que resultó más herida. Obviamente, estoy seguro de que El Rayador no sabía que es mi canción favorita de la banda. Jajaja, me río porque Peace Frog asoma como un tema alegre, pero no llega nunca a serlo. Eso es más difícil que hacer una canción feliz o triste a secas. Me río porque todo viene en partida doble. Cuando vi el disco dañado, casi lo tiro contra la pared. Y ahora suena a pesar de todo y me hace feliz.

Lo normal es muy difícil de encontrar. Sé que no puedo invitar a nadie a escuchar el lado A conmigo, porque inmediatamente van a decir “esto está rayado, sacalo”. Todos tienen manías distintas y cada cosa que sucede evoca sentimientos un poco diferentes en cada uno. Yo no busco las ideas que vienen a mi cabeza, pero vienen igual. Es un ejercicio: suena la música y me concentro, me dejo afectar por lo que suena. Este disco me da una forma novedosa de escuchar. Tampoco se crean que voy rayando discos por ahí y viendo que pasa después. No, yo sólo aprendí a jugar con el mal que hizo El Rayador, y me siento bien por transformar toda esta desgracia en algo positivo.

Entre la música descarrilada, saltan frases de Morrison, con la voz profunda, siniestra, negra como el fondo de un pozo. Parte del ritual es dejar que el disco se desenvuelva por su cuenta, así que nunca lo toco una vez que está sonando. Hoy se trancó especialmente en la segunda pista, que se llama Esperando al Sol. El cantante diciendo: “This is the strangest life I’ve ever known”. Y es una frase muy interesante, porque justifica los actos de todos, incluso los míos y los del Rayador.

domingo, 21 de octubre de 2007

Un cuento de terror

Cuando llegamos no había nada. Este dato supongo que no es útil si les cuento que tampoco hay nada ahora. Del lugar que elegimos emanaba olor a culpa, de la tierra hacia el cielo, y oscuros presagios nacieron en mi alma.

No es que no haya sol, es algo mucho más horrendo. Con el paso de los días la atmósfera se volvió espesa; de manera macabra, un genial banco de niebla nos robó el cielo. La luz del sol ya no es natural, tiene un tono de fuerte brillo, que muchos como yo notan insano. Es una mueca de lo real, una payasada del clima que se ríe de nuestra suerte.

Al principio creímos que todo iba a pasar. Yo también. Pero nadie tenía iniciativa de averiguar nada. Con la niebla, nuestra torpeza se incrementó en niveles insólitos. En la tercer noche los aullidos. El miedo se convirtió en nuestro compañero por las noches. Parecen lobos. Pero yo conozco el aullido de un lobo y lo que escucho es rabia flotando en el aire, entrando sin piedad a través de cada centímetro de mi piel.

Tenemos alimento para dos días más. Vernos entre nosotros se convirtió en todo un desafío. Recién se distingue a una persona cuando su rostro se acerca a escasos centímetros de otro. Somos ciegos, me siento un ser muy raro: tanta luz y nada para ver.
La noche del primer ataque -la tercera- fue como el telón de una obra que se abre y da paso a un terror intenso, que no es más que la proyección de nuestra propia muerte. Por los gritos desciframos que se habían llevado a un chico inútil llamado Harpo. Lo que sea que se lo llevó, aquella cosa inmunda que nos quita el valor, se calló por esa noche. Nadie, salvo los niños más pequeños, volvió a dormir jamás.

Algo increible ocurrió al amanecer. Harpo, regresó. Llegó pidiendo auxilio a gritos, pero el miedo era tan grande que todos permanecimos estáticos, con el pulso a flor de piel. "¡Malditos! Yo sufrí por ustedes y ahora huyen de mí, en el peor momento de mi vida", dijo Harpo. Lo que queda de aquel muchacho inútil es un cúmulo de insensatez, ¿quién, en su sano juicio, va a dar algo por él?

En las siguientes noches, los ataques de la cosa se sucedieron, en frecuencias cada vez mayores. Funciona así: cuando empiezan los aullidos, sabemos que eso viene por nosotros. Comienza el caos y nos agrupamos en medio de la oscuridad. Algunos, al azar, son tomados por esa fuerza invisible y arrastrados sin remedio hacia el bosque que nos rodea. Vuelven al amanecer, insultando a todos, fuera de sí, manejados por un rencor insondable.

Supongo que es la venganza. Somos la raza que carga con el odio y, así como así, la tortilla se dio vuelta y algo se cobra las deudas que dejamos en el camino. Ni quiero cometer el pecado de preguntarme porqué a nosotros nos pasa esto. En este lugar esa pregunta tiene la respuesta en cada bocanada de aire y creo que todos entendimos, en cierto nivel, que hay algo de justicia en toda la tragedia que nos tocó vivir.

Los que vuelven de los ataques ya no establecen comunicación con los otros. Maldicen sin freno. Eso es lo único, quedan así pataleando un monólogo eterno, codeándose y durmiendo con pesadillas hasta que la muerte se hace cargo de ellos. La enfermedad que los ataques sueltan con misterio me da pánico. Me di cuenta de que ya no tengo miedo a morir. Es más, morir es un bálsamo para esta agonía cerebral. Algunos sobrevivientes, en el séptimo día, decidimos tomarnos de la mano y, con nuestras últimas fuerzas, intentar atravesar el bosque en medio de la niebla. Como sé, muy dentro de mi alma, yo no merezco escapar. Estoy en la bolsa de los cobardes, de los medianos que no hicieron nada con nada. Este lugar nos representa y vamos hacia una muerte inmediata, estoy convencido.

Este diario es mi legado final. Al que lo encuentre, sepa que algo horrible sucedió en estas tierras y que, por favor, prevenga a todos de ello.

viernes, 19 de octubre de 2007

Ella y los rieles

Ella miró al cielo y sus ojos chocaron con las estrellas, débiles, luchando contra la luz cobre de la ciudad. De pronto maldijo el lugar donde vivía y miró a las personas que la rodeaban, con el presentimiento de que a todas les pasaba lo mismo. Pero no. Se encontró sola en pensamientos que nacían solos, como magia. Si no hago fuerza para pensar estas cosas, ¿porqué buscan con tanta fuerza aparecer?

La única conclusión a la que llegó fue que algo andaba mal. No sé si Adán y Eva existieron -pensó-, pero esto no es el paraiso. El paraíso se fue a otro lugar. La libertad siguió al paraíso de la mano y huyeron juntos, hacia dónde, nadie sabe.

Siguió caminando, volvía del trabajo a su casa. Lentamente, como un suspiro invisible, otro día se escapaba. Ella recorría uno de esos momentos íntimos, ella se planteaba si su vida iba sobre rieles. ¿Iba sobre rieles? Todos la felicitaban, pero sabía que no encontraba la conexión con sí misma. Empezó a recordar el momento en que la había perdido y voló en recuerdos a la niñez. Durante algunas estaciones del metro, ella tenía 7 años y se hamacaba en un parque con su hermana. Los pelos suspendidos en el aire, brillando al sol como espigas de oro. Sin problemas, no existían preocupaciones, era la plenitud, era la sinceridad incuestionable de una niña. Cuando su mente terminó de proyectar esta película, ya era tiempo de bajarse y caminar las tres cuadras hasta casa.

Al llegar, prendió la tele y empezó a buscar algo para ver, siempre hay algo para ver, se dijo a sí misma. Buscó, y tras dar un par de vueltas a todos los canales, se detuvo en una película intrascendente. Al rato sus párpados cedieron y quedó dormida sobre el sillón, sin sacarse la ropa de oficina.

Otro día. Ya de nuevo en el trabajo, hizo lo de siempre. Y lo hizo bien. Desde lo alto del edificio, miró al río y vio los barcos moverse despacio, y por un instante habría dado todos sus estudios y reputación por ser aquel marinero que manejaba el timón.
Durante el resto de la jornada, divagó sobre la vida de otras personas a las que creía más felices que ella. Sintió cierto vacío apoderarse de su vientre. Decidió llamar a su hermana y le dijo: "Vamos a vernos, quiero hablar contigo, necesito hablar contigo".

-Me siento que nunca debí haber crecido más que 7 años.-
-¿Porqué decís eso? -dijo la hermana menor-.
-Porque creo que, a esta altura de mi vida, haga lo que haga, nunca voy a poder ser más feliz que cuando tenía 7 años.-
-Jaja, ¿sabes qué?, creo que tenés razón, me gustaría tener un control remoto de nuestras vidas y ponerle rewind unas cuantas veces por día-.
Ella miró a la hermana y sonrieron, en un gesto de complicidad único, que sólo entienden los hermanos o los muy amigos. Y siguieron las dos caminando por la ribera del río, venciendo al tiempo y al cambio, en recuerdos eternos de felicidad.

miércoles, 3 de octubre de 2007

L o s m u n d o s

El segundo cuento que escribí en mi vida, cuatro años atrás. Ojalá les guste, a mi siempre me gustó.

La noche para todos nosotros hubiera sido demasiado oscura. Sin embargo, para el hombre que conoce la oscuridad por dentro, la noche que todos vemos no es más que una sombra de la que se puede encontrar en nuestro interior. Llevaba mucho tiempo caminando, en algunos momentos llegó a correr, pero luego desistió al ver que no disfrutaba del paisaje. Estaba seguro de ir solo y se sentía conforme con eso, porque sabía que es mucho peor sentir la soledad rodeado de personas, como un vacío que nada puede llenar y se lo estaba llevando a un mal lugar.
Desde que partió del otro mundo, mundo que seguía existiendo al tiempo que él estaba allí, todo mejoró en su interior. Su oscuridad fue tomando forma de luz y todo cobró sentido, nuevo y revelador, que le dio sabiduría. Fue en ese momento que vio una casa a lo lejos y sintió que alguien vivía allí, aunque a esa distancia era difícil afirmarlo. Caminando se acercó a una puerta de roble, enorme, con dos leones de bronce como golpeadores. Majestuosa y sombría se mostraba la casa en medio de la noche.

Resulta que el único que se encontraba en esa casa, heredada de mi abuelo, era yo.
Los tiempos eran diferentes a los de ahora, yo me estaba adecuando a la vida en mi nuevo hogar y tendría que comenzar a cultivar para poder alimentarme en el cruel invierno que se aproximaba.
Un sonido me despertó, era el sonido seco de alguien golpeando la puerta. Esos golpes representaron en mi vida un nuevo amanecer . ¿Nunca esperaron ser sorprendidos de manera sobrenatural por alguien que golpea sus puertas? Esto les puede pasar en cualquier momento, esta historia así lo prueba. Duro y frío como el mismo mármol que pisé, me desperté para abrir la puerta, por supuesto que tomé en el camino la Winchester de caño recortado. Era menester la seguridad.
- “¿Quién está ahí?”
- “No soy más que una persona viviendo, no preciso la violencia ni traigo el mal en mi bolsa.”
Estas palabras entraron en mis oídos y me llenaron de dudas, sin embargo me dieron la seguridad de que lo que el hombre quería transmitir era verdadero.
Abrí la puerta y esa fue la primera vez que lo vi: ropas viejas, no tenía ningún tipo de calzado y llevaba un gran tapado de bisonte que cubría todo su cuerpo. Su rostro era el de alguien joven aunque contaba con las marcas del tiempo, un semblante desprolijo y auténtico, una barba larga y blanca y el pelo espumoso, del mismo color que la espuma del mar.

Le pregunté por qué caminaba de noche, y él contestó algo innovador y sugestivo: “La noche tiene tanta vida como el día, la energía nunca descansa y yo me muevo según mis sentimientos, la naturaleza es libre en su orden.”
A continuación, me dijo: “¿Puedes abrirme la puerta a tu mundo? De esta forma yo te mostraré el mío y veremos qué mezcla extraña y novedosa sale de ellos.”
-“¿Mi mundo?”, pensé.
Sin más, agregó: “Todos tenemos un mundo, está en nuestra mente, lo forman nuestra energía y pensamientos. Algunas veces se encuentra presente y otras muy escondido, tímido. Es en estos casos que vemos a una persona apagada e insegura. No por descubrirse ante nosotros debemos juzgarlo bueno o malo, yo sólo quiero ver lo auténtico.”

En mi interior, y no muy profundo, pensé: “Maldito loco, ¿qué diablos hace adentro de mi casa?” A pesar de las dudas algo en mí encontró profundidad en sus frases, y me partí en dos, hasta que la batalla fue ganada por el instinto. Entonces, le di permiso para quedarse en casa, pensando que eso era lo que aquel extraño deseaba.
Ante mi ofrecimiento respondió: “Hace tiempo que no vivo bajo el techo del olvido, la tierra me ha llamado y acudí a ella para limpiarme de la oscuridad, es necesario mantener una parte de ella, así se valora más la luz. ¿Nunca has pensado en la cantidad de mundos que coexisten, no sin disputas, pero coexisten al fin? Son mundos creados por nosotros, mundos irreales que se transforman en metas insensatas...tú debes estar preparando la cosecha, ¿cuánto tiempo quieres vivir aquí?, ¿cuántas cosechas tendrás antes de recoger un fruto real?”
Ante este bombardeo, surgió mi parte más racional. Yo no estaba listo para pensar. Decidí rápidamente cerrar la cortina de mi mente cuando comenzaron los dilemas, disparados por el hombre nocturno.
Aquel barbudo señor tenía el extraño poder de saber lo que la gente como yo, rutinaria, estaba pensando. Esto lo podía sentir a través de sus ojos, y supongo que habrá pasado mucho tiempo hasta que me los quitó de encima y dijo: “Ven, voy a mostrarte algo, toma mi mano.”
Descargué mi escopeta en la alfombra roja que cubría la entrada de casa y le hice caso. Al tomar la mano, en mi mente se proyectaron imágenes llenas de vida, llenas de amor, donde el tiempo cobraba sentido e iba llenando de pequeños fragmentos el frasco de la vida. Una luz me encegueció y desperté sin saber dónde estaba. El hombre estaba sentado en el sofá frente a mí y sentí seguridad.
Dijo: “¿Has visto?, mi frasco está casi lleno, cuando se complete yo partiré de estas tierras, pero no me iré sin nada. Toda mi energía fue transmitida y espero que ella no pare de circular, incluso cuando ya no esté aquí. Ahora –dijo-, ¿qué es lo que tú quieres? Todos tenemos un frasco que debemos llenar, si no, nada tiene sentido.”
En ese momento me recompuse y no tuve que tomar una decisión, sólo recordé el verdadero sentido de vivir.



martes, 25 de septiembre de 2007

Pensamientos en tres líneas o menos

La luna da, en 24 horas, una vuelta sobre el mundo y exactamente otra vuelta sobre sí misma. Por eso es que siempre vemos la misma cara. Me fascina pensar en eso. ¿Quién se puso de acuerdo para que algo así suceda?

Si pensamos el mundo como nos recibió en el comienzo, no cabe otra alternativa que imaginar la perfección. Por más que haya casas y obras de arte admirables, hicimos mucho más de lo malo. A un paisaje natural, virgen, no hay nada que objetarle.

Cuando era chico podía jugar en la calle horas interminables sin miedo. Las casas no tenían rejas. Ahora no veo demasiados niños jugando en la calle, creo que están adentro, en el hogar, bajo llave y muchos usando aparatos electrónicos.

Qué rápido pasa la primavera.

Hace tiempo que no hay bichos peludos en la calle. No me gustaba verlos, pero no sé porqué se fueron sin avisar. Supongo que los extraño.

Podrían filmar la próxima película de Batman en Montevideo. Es increíble que no se hayan dado cuenta que nos parecemos mucho a Ciudad Gótica. Si pueden miren el palacio Salvo de noche.

En una entrevista a Jaime Roos, le preguntaron cuál era el peor defecto de los uruguayos. Dijo la envidia. Creo que tiene razón.

Supongo que no hay nada nuevo en este pensamiento, pero los problemas de cada uno casi siempre son los peores problemas.

En algunos ómnibus toda la gente habla entre sí y parece conocerse. En otros hay un silencio tan grande que si estornudas sos un desubicado.

La música para hacer las compras en el supermercado es tan agradable que a veces me da miedo.

No hay explicación ni sentido para tanto sufrimiento en la humanidad.

Bob Marley –junto a los Wailers- logró que todas sus canciones fueran buenas. No hizo una canción mediocre en toda su vida.

Existen personas desconocidas que viven solas en las montañas. Existen personas conocidas que viven rodeadas de gente.

A veces, por la ciudad reconozco alguien que al golpe de vista me resulta interesante y me gustaría conocer. Pero la mayoría de las veces se escurre en la multitud y no lo veo nunca más.

Tengo, en mi cabeza, una lista de seres humanos con los que me gustaría compartir una charla. Pero muchos están muertos, y los otros ídolos que quiero no saben quién soy.

Como no conocemos porqué vivimos, hasta nuestra idea más segura no deja de ser un enigma. Hasta ahora todo el universo no es más que un enigma. La palabra enigma es también un enigma.

viernes, 21 de septiembre de 2007

J a c k

Jack es el nombre de una persona única. Pero eso no alcanza para definirlo porque todos somos únicos. Así que hay que decir lo que hace a Jack especial entre todos nosotros. Primero que nada Jack no existe, es un producto de mi imaginación. Jack es pensamiento puro, es una combinación de gente y de ideas que navegan por mí.
Jack, él puede viajar al lugar que quiera con sólo pensarlo, así, ha recorrido casi todo el mundo. Lo que más le gusta son los lugares cálidos. Prefiere las Bahamas y tiene una enamorada allí. En realidad tiene amores por todo el mundo. Como puede teletransportarse, eso le da tiempo y calma para mantener las más variadas relaciones.
Jack no gasta mucho en comida. A veces, cuando tiene hambre se hace aparecer en un gran restaurant y pide todo lo que quiere. Y luego, cuando hay que pagar, simplemente ya no está. Jack no piensa demasiado en las consecuencias de sus actos porque nadie llega a conocerlo en profundidad. Pero no es malvado. Generalmente no permanece por estancias muy prolongadas en el mismo lugar, pero cuando sí lo hace se porta bien y no molesta a nadie.
El tiempo para Jack no es el mismo tiempo que para nosotros. Puede ir de Australia a Hawaii como un rayo de sol, entonces la noche y el día son relativos. Le encanta descansar sobre hamacas colgadas en palmeras de islas trópicales. Como vieron, no le gusta mucho el frío, aunque suele pasear por el invierno europeo. Le gusta la ciudad de Praga. Le gusta mucho el sur de Italia y también España en su límite con Francia.
Por supuesto que no está solo en el mundo, tiene grandes amigos de las más diversas profesiones religiones. A Jack se le da bien el trato con la gente, por su naturaleza no busca problemas, y va tan tranquilo que hasta el ser más salvaje de la ciudad o de la selva reconoce su calma. ¡Si ustedes lo vieran! Es imposible que alguien no se sienta bien en su compañía, tiene un río de historias para contar, pero lo más importante es que tiene también ganas de escuchar.
Jack se puede aparecer dentro de grandes bóvedas de bancos en Suiza o Estados Unidos y planea donar lo que sea necesario para terminar con los problemas del mundo que el dinero sea capaz de arreglar. Jack es un idealista en este sentido.
Jack hace infinidad de cosas más que mucha gente no creería. Él ya es parte de mí y yo parte de él, por eso, nadie puede negar que Jack existe y que es alguien asombroso.