lunes, 3 de agosto de 2009

Ideas sueltas

El otro día, una persona que quiero mucho, me leyó partes de un libro, las cuales decían que los grandes personajes humanos viven por fuera de lo políticamente correcto. La sensibilidad abierta, y las incontrolables ganas de trasmitir y recrear una realidad brutal o hermosa, brutal y hermosa.
Me acuerdo de Charly García, de la locura de Beethoven, de Mandela, de Maradona, de Stalin o de Hitler. A pesar de la disparidad entre ellos, comparten la cualidad de desafiar la realidad, de chocar y enfrentarse, de caer en abismos terroríficos. Jesús atacó el orden establecido, con la revolución del amor. Pero,¿por qué nos acordamos de ellos? -para bien o mal, no importa-.
Todos estos íconos humanos han hecho cosas extraordinarias. Son las personas que actúan con profundidad. Por ellos se modifican millones de vidas en diferentes tiempos y espacios.
Siempre se buscan referencias en aquellos que se rebelan contra la realidad que los rodea. Obviamente, esto trae consigo la idea, impermeable, de que el humano no ha logrado un sistema amable de vida.
Yo pienso por lo que veo -puedo sonar pesimista-, que hicimos mierda, en el sentido literal de la palabra, al planeta. Me siento parte de una especie tonta. Pensamos pero pensamos mal. Somos más malos que buenos. Veo a un simio caminar y mover los brazos como el Chengue cuando hace un gol, y sé que ese mono es menos dañino que yo para la Tierra.
Ante tanta cantidad de personas, cada una con sus necesidades, deseos, miserias y luchas, es lógico que surja el más profundo egoísmo.
Todo el mundo quiere ser feliz, ¿pero cómo? Buscamos por lados equivocados, somos demasiados, para qué hacer armas, bombas, aviones de guerra. Somos insólitos.
Vivimos todos juntos en el mismo planeta, pero nuestros universos privados nos alejan y nos hacen ajenos a los demás. No hay tiempo para procesar las cosas. El tiempo de la contemplación terminó. Yo solo puedo ver velocidad, locura, olvidos colectivos que son mentiras colectivas.
En este contexto, una buena charla, distendida, verdadera, y por qué no cruel, vale oro. Y siempre agradezco la chance de poder pensar este tipo de cosas, de tener el tiempo de hacerlo, de no pasar hambre ni frío.
Aristóteles dijo que el hombre antes de ser feliz y pensar necesita alimentarse.

miércoles, 22 de julio de 2009

Taxismo, breve análisis

Hay taxistas que se levantan a las dos de la mañana, suben a la unidad -nombre que sustituye al de auto-, se sientan, y manejan hasta las dos de la tarde. Sin parar. Cuántas cosas pasan en esas doce horas, cuántas cosas hiciste vos en ese tiempo. No sé, pero de algo estoy seguro: siempre te subiste a un taxi y escuchaste puteadas, bocinazos, malas maniobras, ansiedad y rabia. No importa la longitud del viaje, alguno de estos elementos siempre está presente. Y dijiste muchas veces -o pensaste- "tachero de mierda, mirá lo que hace". Acordate, son doce horas ahí arriba. Todos los días.
Un taxista que trabaja doce horas por día gana algo así como $10.000. También tenés la chance de subirte ocho y ganar menos. Pero analizo ahora al que trabaja doce horas y en el turno nocturno, porque es el ejemplo más cruel de la profesión.
El curso horario del ser humano normal se ve alterado. Es vivir al revés, sos un vampiro de la calle, sólo que cuando se hace de día hay que seguir. Por lo general, te acostás entre las ocho o nueve de la noche. Te podés acostar antes, lo cual sería sano, pero cuanto antes te acuestes más se reduce el tiempo de vida libre. Más o menos una y media de la matina despertás. Media hora te separa de estar al volante. Cuando te subís, empieza la travesía. Durante muchas horas tu tarea es manejar una unidad que no es tuya. Hay que estar atento y no chocar. Hay que hacer la mayor cantidad de viajes. Cualquier taxista te puede confirmar que hacer de treinta a treinta y cinco viajes en un turno es un éxito. Como es lógico, al llevar más pasajeros, se gana más guita. Por eso las enemistades y las peleas en las grandes terminales como Tres Cruces.
Si propones diálogo, el taxista sabe de todo. Es todólogo. El aporte de la radio capaz es importante, o las charlas que se multiplican con los pasajeros, pero en realidad no sé cómo saben tantas cosas de la sociedad y el mundo.
El tema de la columna y los dolores, que también influyen a la hora de tocar bocina o agredir, es un tema común. La posición del taxista se volvió más incómoda con la mampara, porque achicó los espacios.
"Con un palo verde no laburo más: me compro dos taxis y dos apartamentos", escuché decir ayer por la calle.
Quería terminar, si leyeron hasta acá, es un trabajo complicado el de taxista nocturno. La vida se comprime y se gasta de forma acelerada. Cuando te bajás del aurinegro, no te dan ganas, por ejemplo, de ir a jugar un fútbol 5 o salir a correr. Esto también explica, y multiplica, las panzas. La crueldad de la profesión, también se traduce en escasas mujeres a cargo de un taxi. Además, ahora no ganan nada comparado con las gloriosas décadas del siglo XX.

sábado, 4 de julio de 2009

Where are we?

Universal

Como el fuego toca la madera,
La desaparece,
Y da calor.
Como el viento vuela las hojas,
Muertas,
Y les da vida.
El mar tiembla despacio,
Sin pensar,
Bajo el sol.
Surco el cielo celeste,
Y negro,
De estrellas perdidas.
Lejos, cerca, serían lo mismo,
Si todo vuelve a su lugar.
Primer segundo del tiempo
Sin el hombre.
Tierra nace, Tierra muere,
Y nosotros...
Misterio intocable,
De las cosas como son,
De lo que no serán,
En un futuro normal,
Lleno de energía
Que nunca se pierde.
Como la palabra que escribo,
Hace eco de mí
En tu mente
Estoy aquí, soy parte,
Siempre.



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viernes, 3 de julio de 2009

Baño en Playa Honda



Caminando por la rambla veo de lejos lo que parece una mujer bañándose en el mar. En el río marrón, para ser más justo. Todavía hay sol, pero es una de las tardes más frías del año. La situación es curiosa, entonces me acerco y me siento en el muro que separa la arena de la calle. Justo frente a la mujer. Y miro. Contemplo lo que podría calificar de "placentero baño invernal". Según deduje, la señora, que tendrá unos avanzados 50 años, ha construido un fuerte ritual. Ella sale de su casa vestida con una bata blanca y chancletas. Cuando alcanza la orilla, se saca ambos elementos, y enfrenta al río con una malla de cuerpo entero. Los pescadores la miran perplejos. En su mundo, ella entra lentamente al agua, camina sin prisa hasta un buen punto, y se zambulle repetidas veces. Además, se desparrama agua por el rostro como si quisiera lavarse. Más o menos cinco minutos después comienza la retirada. Sale, desata el pelo largo, y se coloca la bata. Luego se quita la malla y la escurre. Antes de irse, dibuja con una chancleta extraños símbolos en la arena. Sube la escalera con una sonrisa y la cruzo como de casualidad: ¿Está buena el agua?, le pregunto. Muy linda, como siempre, me contesta. Y se va a la casa.
Sentí ganas de ver sus dibujos, me acerqué, pero eran formas y letras extrañas que no pude comprender.


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domingo, 28 de junio de 2009

Así es la vida, cualquier cosa puede pasar

Se despertó y tenía todo controlado: los archivos, el maletín para llevar los archivos, y el arma. Para qué cargar con un arma si no sé dispararla, pensó A. Pero la dejó en su lugar, ajustada entre la cintura y el pantalón.
A veces, uno sabe que no necesita una cosa de verdad pero, al mismo tiempo, la sensación de no tenerla -a la cosa, revolver en este caso- nos prohíbe de movernos con soltura.
Miró por la ventana, corriendo suavemente la cortina, con la esperanza de descubrir algún indicio de misterio en la calle. Todo estaba normal. Abrió la puerta y bajó las escaleras. Las escaleras eran viejas y en forma de caracol, con pedazos de mármol negro y blanco en los escalones, cemento blanco en las paredes. Tocó la calle sin problemas.
Decir que A sentía temor o algo parecido sería mentirles, porque todo el cuerpo estaba ciego, cargado de adrenalina y dominado por fuerzas extrañas. Subió al auto sin preocupación alguna. Nadie iba a ser tan estúpido de matarlo con una bomba y destruir los archivos. Sin embargo, al momento de encender su Buick marrón y cuadrado, el corazón de A envió un violento bombeo de sangre, como si fuera a romper el pecho, atravesar la ropa y saltar a la calle despavorido. Pero no pasó nada, y el tic-tac rutinario regresó de inmediato. Manejó en paz por varios minutos, nadie parecía seguirlo. Al llegar a la calle Harrison, donde están colocados esos semáforos eternos, vio por primera vez al coche gris. Miró con calma el espejo retrovisor, innumerables veces, siguiendo el juego del gato y el ratón. Los perseguidores -estaba casi seguro de distinguir dos contornos en los asientos delanteros- se mantenían a una distancia prudente, pero no perdían el paso. Ahí están los hijos de puta, se dijo A con emoción. Deben ser profesionales, me siguen a la distancia justa, continuó A. Pero, en cierto punto del trayecto, el coche gris prendió el señalero, dobló a la izquierda, y se perdió de vista. A quién le habrán avisado, se preguntó A. A continuó manejando, atravesó el centro de la ciudad, escapando por los suburbios hasta llegar a la autopista. Era un camino largo hasta el punto de reunión con su contacto. A su derecha, un avión despegó en rasante vuelo hacia el cielo. El aeropuerto, gritó A. De inmediato, como quien espera comprobar algo evidente, A bajó la ventanilla y miró hacia arriba, no en dirección del avión recién despegado. No. A buscaba otra cosa. Cuando lo detectó, primero como una leve mancha informe y sin ruido, luego más cercano y gris, con sus aspas locas agitándose al viento, A se rió a carcajadas, cerró la ventana y apretó el acelerador. Perdiendo ya los estribos, manoteó el teléfono celular y discó: 6380465.
-Te dije que no llamaras a este número.
-¡Hijo de puta!-dijo A histérico al teléfono-, por qué mierda me siguen, primero el auto, ahora el helicóptero.
-Tranquilo, nadie te está siguiendo.
-Sacame este bicho de encima, dejame tranquilo, o prendo fuego todo.
-Ya se va...no te distraigas, y no demores.
Cortó. A escuchó por unos segundos el sonido monótono de cuando alguien corta el teléfono. Estaba pensando. Tiró el teléfono al asiento trasero. El aparato volador pasó de largo y se perdió en el horizonte. Sintió a la estupidez, como una manta caliente y amplia, abrazar su cuerpo. ¿Cómo fui tan ingenuo, tan estúpido, tan...? Lo iban a "borrar", "limpiar", "secar", lo iban a enterrar a un lado de la ruta y nadie lo encontraría jamás. Se puso nervioso, ya no miró más por los espejos, sólo hacia adelante. Sacó el arma del escondite, la manipuló, eliminando el seguro. Iba a tener que actuar rápido. Iba a tener que disparar.
Ya de lejos vio el auto negro estacionado. Fue bajando la velocidad progresivamente, dobló a la derecha, con la mente en blanco. Estacionó. No sabía si sus músculos eran suyos o de una marioneta flexible y absurda. Tomó el maletín y bajó del auto. Él hizo lo mismo. Se acercaron. De pronto, él frenó a cinco metros de distancia. Habló sin titubeos: "Dame el maletín y andate del país cuanto antes". Cruzaron miradas, y A reconoció el bulto en el costado de su pantalón. No lo dudó. Metió mano y sacó el arma con una velocidad anormal. Disparó una, dos, cuatro veces sobre el sujeto, y permaneció inerte en el lugar, paralizado. Tiró el revolver, que cayó lejos y levantó una pequeña nube de polvo. Miró a la ruta y distinguió dos autos estacionados. Se arrodilló, vencido. Dentro de uno de los coches, un hombre mantenía un diálogo nervioso y entrecortado: “Sí, en la ruta… ¡La 54!...Ya le dije, hay un hombre que está disparando al vacío, tiene un arma y dispara…Está bien, no, no me voy a quedar acá, muchas gracias por el consejo”.

miércoles, 17 de junio de 2009

Febrero

Mira la fotocopia como una sentencia de muerte. Afuera brilla el sol, son las once de la mañana y acaba de empezar un momento decisivo en la vida de G.
Muerde la lapicera y la babea. Comete un error que compromete todo: realiza un paneo general del examen. Una carretera repleta de números y problemas casi imposibles de resolver. Piensa en el profesor, el señor Martínez, con su bigote legendario y el portafolio marrón, de donde surgen, incansables, los más horribles ejercicios. Martínez condimenta sin asco los exámenes. Se sienta durante horas en la casa, armando el cóctel molotov que acaba de explotar en la cara de G. G analiza cuál de los ejercicios es el más "entrable". Se decide por el número dos, una ecuación eterna que practicó en la semana, bajo el ala protectora de Mirtha, la particular que le obligó a ir su madre. Pero ahora está solo. Y, como era de esperarse, las cosas no salen. Se maneja y llega a un final que no lo convence para nada. Cuando va a verificar las cifras, con el corazón latiendo fuerte, descubre que le da cualquier disparate. Apoya la lapicera en la mesa y borra todo de una. Hoja limpia. Media hora menos. Mira a Martínez, el profesor está atento para que nadie copie. Martínez recorre la clase con sus ojos de halcón, buscando traidores. G tiene un trencito con algunos piques, pero Martínez lo "ubicó" en primera fila.
G escucha con envidia los festejos de algunos compañeros ("Vamo arriba, carajo, me salió el tres", dice el tonto de Marcelo). G piensa: "El Chelo es un burro, más que yo seguro", entonces prueba con el ejercicio tres, y renueva esperanzas. Con mucha garra, logra algo que puede ser un buen resultado. Un 316 redondito, sin decimales, que le da confianza. 316, ¡qué lindo número!, piensa G. Pero un minuto más tarde, desde la parte trasera del salón, Pía le dice a Valentina, en un susurro: "¿El tres? Me dio 1225". Y en ese momento, en el instante que la boca de Pía termina de pronunciar el cinco, G sabe que perdió la batalla. Porque Pía es una genia y las chances de que G tenga razón ahora son parecidas a las que tiene Uruguay de salir campeón del mundo.
Por la ventana ve a unos niños jugando al fútbol en la calle; a su alrededor, la mayoría de los compañeros dan los últimos retoques a sus exámenes, concentrados en un mundo de éxitos y vacaciones libres. No hay más tiempo. Pedro y alguno más, le hacen señas de que también están en el horno. G se levanta de la mesa con ruido, pega un grito de frustración y tira el examen a la basura. Martínez lo mira sin expresión en el rostro. G abre la puerta y se va a la casa, con alivio de perdedor.
Cuando llega, la madre pregunta lo que toda madre pregunta: "¿Cómo te fue, Gecito?"
Y contesta: "Me fue bárbaro mamá, ¿no me das la comida, por favor?"

viernes, 29 de mayo de 2009

La calle, el país a la vista

Este pequeño “blog” lo hice para poder contar mis historias. Si me lee una persona, y algo de lo que escribo llega, ya estoy contento. Esta vez, sin embargo, voy a dar una visión de la realidad. La calle. Y no el “Qki”. Pasan cosas que hay que cambiar, más bien es un cambio de mentalidad, buscar una visión de conjunto. Aceptar un estilo de vida “uruguayo”, adaptarse a la mediocridad, no es el camino.

Nuestra sociedad avanza cada vez más hacia la guerra, la confrontación. ¿Sabes cuál es el problema? Somos todos diferentes, pero demasiado diferentes. No es un tema de lucha de clases, es de diferencias y necesidades. Las reglas son difusas por excelencia y si existen, se rompen, tal es la naturaleza de una regla. Dos cosas pueden suceder: que se cumpla o no. Otras reglas no escritas existen sólidas, en el aire, en la calle. Burlan a la gente, se imponen. Estas son las reglas que crean los necesitados, los que terminan imponiéndose “de vivos” sobre la población. ¿Por qué si tenés auto te presionan para limpiarte el vidrio o hacerte estacionar y cuidarte? Y si no les das guita, van y ¡tacate!, te rayan bien el costado del auto o alguna maldad peor. Eso pasa porque la gente no tiene ganas o poder de cambio.

Y si le das diez pesos por “cuidada”, o por “estacionada”, y vos ganás $8000 por mes. Te movés dos veces por día, le das a esta gente como $500 por mes. El problema es que no son empleados amables. Cuando no largas la moneda se ponen ordinarios, violentos. Es una mafia. Pero miramos al costado y siguen creciendo.

Cuando camino por la calle miro siempre hacia atrás o a la vereda de enfrente, sólo para ver si viene alguien a robarme. Son cosas que todos sabemos. Hay que estar despierto, te distraes y la quedas. Además no te la podes jugar por nadie, antes capaz que algún loquito te corría al chorro que le acabó de robar la cartera a la viejita. ¿Pero ahora qué? Hacer la del héroe te sale más caro que esa jubilación robada, más caro que el honor…Vas a pelear como un hombre y te eliminan del juego a tiros. Y lo peor, después ni siquiera van presos.
En las noticias es normal escuchar “Yo ando armado. Si me vienen a matar, yo los mato antes". Es real y lamentable.
Cuando llega la ley de la selva, y te sentís amenazado y en peligro, todas las frases hechas desaparecen. Es matar o morir.

No tengo ni idea qué es lo que pasó. Yo ya estaba acá, nací, viví y no llegué nunca a entender el origen de las cosas. Sé, como tantos otros orientales, que el país se vino abajo. Podrán investigar, dar datos, proponer salidas alternativas, utópicas. Pero no cambia nada en el terreno real. Cada cuál cuida lo que tiene como puede. Y los que no tienen se la agarran con los que tienen. El “resentido” es un personaje tradicional, es una institución, una idiosincrasia muy poco sana. Parece que si te va bien en la vida también sos culpable de que a otros les vaya mal.

La verdad que es un problema sin solución. Algunos dicen: “es la educación”, otros “es que no quieren trabajar”, “tienen demasiados hijos y los mandan a pedir” o “no tuvieron oportunidades”. Hay un poco de cada cosa. Pero ¿cómo solucionar un tema tan delicado si no hay unidad entre las personas?
La realidad muestra que si bien todos somos humanos, la falta de educación y de cultura y de trabajo, provoca que muchos se parezcan más a los simios, a bestias primitivas que luchan por sobrevivir. Y los responsables de acortar esa brecha parecen ser, desde todo punto de vista, unos inútiles.

Pero algo se puede hacer. Hay cosas que sí se pueden cambiar. Voy a poner tan solo un ejemplo.
Hay una masa inerte de empleados públicos, herencia obsoleta del batllismo. Todos sabemos que hay mucha gente ahí metida que no hace nada. Y cobran. Y la gente que trabaja de verdad les banca la vida. Incluso estos empleados están ofuscados y te atienden de mala gana, como si hacer tu trámite es un misterio y un drama, como si su trabajo fuera el peor del mundo. ¿Hasta cuando? ¿No existirá nunca la fuerza política para trasladar esos recursos desperdiciados y poner a funcionar el país?
Con las montañas de plata que se roban estos empleados se puede mejorar la educación, dar trabajo, apoyar la cultura, tener la ciudad limpia, entre miles de cosas que se necesitan. Hay que frenar la caída, porque somos una sociedad muy desagradable, que se cava su propia fosa.

Por ahora la salida es meternos cada uno en nuestras casas. Es como si existiera toque de queda. ¿Qué si hay miedo? Pero claro. Hay enormes partes de la ciudad que son como Ciudad de Dios, viste, la película brasilera. Todos la miran y se asombran: “mirá lo que pasa en Brasil”. Acá es lo mismo. De a poco la gente se refugia. La gente honesta, los que hacen lo que hay que hacer, son los verdaderos perjudicados.

Las reglas que son fuertes de verdad, las de la calle, nadie las controla. Todos ven soluciones, pero parece que es mejor regocijarse en la queja, explicar con lujo de detalles por qué no se puede mejorar un país de tres millones de habitantes, con todos los recursos necesarios para ser feliz.

viernes, 22 de mayo de 2009

Dia de los Inocentes

Hace tiempo que no conoce el amor.
Néstor, un compañero de trabajo con el cual mantiene una buena relación, le presenta una candidata. Más que nada le ofrece un papel con un número, y la promesa de que la mujer ya está en conocimiento de la situación. La situación es que existe un tipo llamado Mariano Fillipo, divorciado sin hijos, que capaz la llama para invitarla a cenar.

Una cita a ciegas es una aventura imprevisible. Llamar a esta mujer no es cosa fácil para Mariano. Porque Mariano ha construido una cáscara de soledad. Se ha regocijado dentro, con la fuerza abismal del subconsciente. Ya no puede saber cómo fueron las cosas, por qué estuvo tanto tiempo sin conocer a nadie. Existe, sí, un vago recuerdo, un presentimiento eterno de desgracia, relacionado íntimamente con el pasado tortuoso. Hay cosas que tenés que dejar atrás, y empezar a vivir de nuevo, le aconsejó la sicóloga en una sesión hace años. Una frase hermosa, sencilla, limpia. Un consejo quirúrgico, que flota por los aires sin que Mariano lo pueda recoger y aplicarlo. Vivir de nuevo…suena tan lindo, tan película de Disney, piensa Mariano.

Mariano es de esas personas que no se abren a los demás. Es como una ostra. La razón por la que habla sólo lo necesario, trabaja lo justo sin decepcionar a nadie en la oficina, y mira el movimiento del mundo por televisión. Ha ocultado su locura a un conjunto social que la rechazaría, porque según ve, nadie quiere ser atormentado con problemas ajenos. Casi nada lo asombra. Reconoce que algo anda mal, pero sigue andando (mal), ya que no tiene voluntad de cambiarse a sí mismo.

Pero alguien pensó en él y ahora tiene un papel con un número de teléfono. Ella se llama Claudia. Levanta el tubo y disca, con una determinación no suya. Suena dos, tres veces, y su corazón palpita rabioso.
-Hola, ¿Claudia?
-Si, ¿quién es?
-Soy Mariano, el compañero de Néstor en Jetlab…
-Ah, si, ¿cómo te va?
-Bien, por suerte. ¿Vos?
-Muy bien, acabo de llegar a casa del trabajo. Bastante cansada.
-Está bien, yo también tuve un día difícil en el laboratorio…pero bueno,... Claudia, sé que esto es medio raro, y no estoy acostumbrado, pero me gustaría invitarte a cenar algún día de la semana.
-…
-Claudia, ¿estás ahí?
-Sí, sí, me agarraste desprevenida, ja ja, me parece bien Mariano. Yo estoy libre el jueves y el viernes...
Mariano cuelga el teléfono azul Panasonic, un artefacto que lo acompaña hace casi una década. Lo mira como si fuera una persona, sonríe, y va a la cocina a comer algo. Más tarde se duerme tranquilo, la bondad de la llamada trae esperanza. Claudia tiene una voz armónica y firme.

Sube al Chevrolet. Está vestido prolijo: camisa blanca, pantalón de pana negro y zapatos marrones; sin barba. Maneja hasta el restaurante donde Claudia lo espera. Como no sabe cómo es, se acerca al mostrador y le pregunta al jefe de mozos por Claudia Marsia. El hombre le indica con un golpe de ojos el lugar. Al fondo a la derecha. La única mesa ocupada. Tiene dos velas encendidas. Ocupada por Claudia Marsia, una de las mujeres más feas que Mariano ha visto jamás. Rápidamente, Mariano se sienta frente a ella, y acepta su destino, como un kamikaze del amor. No piensa en nada, se presenta y empieza la velada.

Claudia es universalmente fea, acá o en la India. Pero convive libremente con su aspecto físico, lo sabe llevar. Lo de Mariano no es un acto de misericordia, disfruta cada diálogo, es como si la voz de la mujer fuera una bendición, el sonido bello del alma. Mariano se pregunta cómo una mujer tan fea tiene una voz tan perfecta. El rechazo inicial se transforma en una tibia aceptación. Cada uno es como es, piensa Mariano.

Néstor no entiende nada cuando Claudia y Mariano llegan juntos a la cena- despedida del año del laboratorio. “Es una joda a mi joda”, le comenta al tipo que se sienta al lado suyo. Lo que empezó como una brutal mofa de 28 de diciembre (clavar a su colega con una mina espantosa en una cita de desesperados), ahora es serio. “Es increíble lo fea que es la mujer de Mariano”, dice la secretaria de la oficina. “Ay, pobre Mariano, no se dio cuenta de que se quedó ciego”, comenta Néstor a la mesa entera, y todos se ríen del mal gusto de Mariano, de la circunstancia, de la cara de Claudia, de su perfecta fealdad. De la inocencia de Mariano.

Pero allí camina Mariano, con paso medido y Claudia de la mano. Insoportable combinación estética para el resto del mundo. “¡Y todavía felices!”, piensa algún desgraciado en la fiesta. Desgraciado porque no sabe que el amor es así. Ingobernable. Repentino. Total.



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miércoles, 13 de mayo de 2009

Tarde violenta

La cancha es una mezcla de pasto y barro negro, en partes iguales. El diez acaricia el esférico con la parte externa del botín derecho, exhibiendo una delicadeza fuera de lugar para los momentos que se viven. Y se adentra en campo enemigo con esperanza. Pierden uno a cero, y son los últimos tres minutos. Los rivales, ellos, los asquerosos de Cascote Fútbol Club, se salvan del descenso con este resultado. Y el cuadro de nuestro amigo, del hábil player que transporta la pelota como cenicienta, precisa del empate, como mínima opción para pelear un lugar de ascenso.

Así las cosas, frena sobre la circunferencia del mediocampo y elude al primer oponente, que se barre desesperado y pasa de largo, víctima de una pisadita deliciosa. El diez acomoda el útil, cuando le salen al cruce dos mediocampistas de esos con panza pero metedores, y con rostros de bull-dog lo aprietan abajo. Pero el amigo, previendo la situación, ya había largado la redonda hacia un costado, al pelado yeta del Riqui, que siempre mete unos pases de mierda. Aunque esta vez, asombrosamente, rebota la pelota a lo Verón, límpida, y se la devuelve al habilidoso en forma de gran pared. En el banco de suplentes, la jugada se toma como un auténtico milagro. Es decir, si el burro del Riqui hizo esa pared espectacular, redondita, todo puede acontecer.

Levanta la cabeza como un héroe y prosigue la marcha vertical hacia el arco contrario. De una sutileza extrema, el diez realiza cálculos inmediatos de los pozos, el barro y el agua. La lleva atada. Inspirado, elude al zaguero central, un flaco de unos 35 años, divorciado y con bigote, que no sé bien por qué, pero lleva el inmundo número 12 en la espalda. Ya con vista periférica del arco, se apresta a la estacada final, un violento zig-zag entrando al área, que lo deje mano a mano con el podrido golerito pelirrojo que se pasó gritando “¡Vamo nosótro!” con voz de pito y que, además, se atajó cualquier cosa que le tiraran durante todo el encuentro. De esta manera, inclina el cuerpo hacia la izquierda, pero como un rayo corrige el movimiento hacia la derecha (logrando un espléndido amague), y avanza por el costado del lateral derecho que había corrido desesperado para llegar al cierre. (En el fútbol, como en la vida, muchas veces sucede que el esfuerzo no alcanza. Tal fue el caso del lateral, que luego de picar media cancha para marcarlo, estiró una pata ya sin fuerza, y quedó estático, clavado en el piso como una momia sin cadera ante la magia del diez).

Por delante sólo quedan el lateral izquierdo y el colorado chillón. Ahora sí, esta obra de arte del fútbol, inconsciente pedazo de jugada nacido en medio de las más desgraciadas condiciones, precisa un final digno. Con prodigiosa visión de juego, el futuro salvador la toca por un lado y corre por el otro, a lo Thierry Henry. Los jugadores miran como un sueño la escena; los suplentes y el técnico están adentro de la cancha, de puños apretados. Dos metros antes de entrar al área, en milésimas de segundo, los ojos atónitos se fijan en un actor secundario. Algo cambia, un nudo se instala en la garganta de los compañeros. Desde enfrente, del lado de los suplentes del Cascote F.C., se escucha un claro: “¡Dale Rober, partilo! El dos de ellos, el gordo Robert, con la panza repleta de cerveza y asado, con el pelo “Pipo Gorosito” flotando por los aires como un cóndor, pide cancha. Nadie sabrá nunca de dónde sacó la velocidad para hacer lo que hizo. Es casi seguro que de la más profunda rabia y angustia existencial. El gordo detesta al que elude y hace sufrir, al que nada entiende de los menesteres que conciernen al luchador de la zaga defensiva.

El caso, la cuestión, es que chuzó al flaquito habilidoso, al “conductor”: lo calzó apenas debajo de la rodilla, donde empieza el hueso de la canilla, con la precisión de un cirujano. Fue como si una pared viniera de costado, imprevisible y agresiva, a desplumar cualquier intento de gol. Al diez se le juntaron las piernas como si no fueran suyas, y cayó, hacia delante y de costado, bajo la humanidad de Robert. El gordo se levantó con pesadez y se preparó para pelear.


martes, 12 de mayo de 2009

Caius


Caius llega, saluda, y paso seguido pregunta a un amigo -en secreto- si hay whisky en la fiesta. Acaba de empezar otra de sus noches eternas, y si uno quiere pasarla bien, no tiene más que permanecer a su lado. Yo, que acabo de esconder la última botella que quedaba dentro de un armario en la cocina, me río por dentro y espero el desarrollo de los acontecimientos. Caius desaparece y me distraigo con la música. Él es un ser flaco, con poco movimiento corporal, tan poco se mueve que parece flotar en los traslados. A muchas personas les podrá parecer poco interesante, creo que trasmite ese sentimiento, el de la simple presencia física. Al cabo de unos instantes, regresa de la cocina con el vaso de whisky más grande que he visto. Está repleto, y no tiene hielo.
A pesar de saber que algo así iba a suceder, es imposible no sorprenderse cuando las predicciones se cumplen a la perfección. Entonces me acerco y le digo: “Encontraste la botella”. Esto alcanza para que esboce una sonrisa y me conteste: “¿Fuiste vos el que la escondiste?”. Risas.
A continuación me explica que a una persona como él no le resulta nada difícil encontrar una botella. La encontrará si es que existe. Es una cuestión de olfato.
Caius tiene 27 años, algunos más que yo. Lo veo ocasionalmente, quizá una vez cada dos meses. Su rostro le aporta juventud: tiene cierto aspecto aniñado, pero uno sospecha que en el interior de su organismo reina el caos. Es que desde que lo conozco no ha parado de tomar. Yo siempre le digo a mis amigos, entre la broma y la verdad, que si alguien le saca el alcohol a Caius, él se muere antes. Estoy convencido de que el factor sicológico de su vicio lo arrastraría a una muerte prematura. Es increíble ver cómo una sustancia se apodera de una persona, en el caso de Caius la mezcla es perfecta: fue cuestión de tiempo para que él y el alcohol fueran un solo ser inseparable.
Estar con Caius requiere una dosis de paciencia y comprensión, y uno llega a divertirse mucho. Poseedor de un humor único, sus comentarios son ajustados como un dardo que da en el blanco. Suele hablar en frases cortas, en un idioma económico, y hay que estar atentos para captar la idea. Yo no puedo mantener un diálogo largo con él, no creo que alguien pueda. En las fiestas o en un bar, mientras mi vaso tenga bebida, imagino con Caius una conexión sin palabras, yo lo llamo “el lenguaje del alcohol”. Un lenguaje que Caius maneja a la perfección, porque su vaso está siempre lleno.

domingo, 3 de mayo de 2009

Mañana X

Creció la ola hasta alcanzar su máximo poder, antes de estrellarse furiosa contra el muro de piedras. Apenas salpicó a la mujer, sentada arriba, inmutable. Creo que estaba inmersa en complejos pensamientos acerca de algo que la preocupaba mucho. Pero no estoy seguro. Bastante cerca, como a tres metros, un hombre con dos baldes y un jogging Adidas falsificado, pesca en el mismo lugar hace horas. Sostiene firme la caña, pero no hay pique, entonces se distrae ocasionalmente con los autos que pasan por la rambla. Los autos no tienen pausa, cruzan como saetas, diferentes modelos, distintas épocas. De pronto, otra mujer frena de improviso el auto; el motociclista que venía atrás toca la bocinita y la riega de insultos y groserías gestuales. La mujer reprueba moviendo la cabeza (con el típico movimiento de no), mira por el espejo, mientras acelera y se pierde de vista. Creo que nadie más que yo vio la situación.

Por este lugar suele caminar mucha gente, en su mayoría veteranos que hacen deporte. Hoy brilla el sol con un viento suave del sur. No hay humedad, está fresco. También hay perros. Hay algunos dueños que los pasean aburridos, por compromiso. Los traen apurados, sólo para que no hagan cagadas en el apartamento. Otros dueños disfrutan el momento. Me llama la atención un antiguo boxer con expresión aburrida, que lleva puesto un chaleco escocés en el pecho. Miro la cara de la dueña y sí, se parecen, la conocida teoría del parecido perro-dueño se confirma para este caso particular. La dueña, de unos cincuenta años, lleva una bolsa de nylon en la mano que no sujeta la correa. Es como si estuviera dormida, pero camina y pasea al perro.

Me muevo a un pequeño parque costero, con pasto, y me siento en un banco. Al rato llegan dos señores que se sientan en frente. Conversan:
-Marcos, mi sobrino, está en el Caribe. Se casó hace dos años con Eugenia Cabrera.
-¿La hija del abogado?
-Sí, esa. Una buena mujer. La cuestión es que ahora se separaron, y Marcos fue a ordenar su vida al Caribe.
-Lindo lugar para ordenar la cabeza.
-Ni me digas, hace años que no puedo moverme de acá. Pero estoy cerca del retiro; como pasa el tiempo, la puta madre…
-Ah, es una cosa de locos, ni me digas, ché, ¿cómo viene el proyecto del edificio?

Hay gaviotas que vuelan cerca, algunas aterrizan y pelean con las palomas por los trozos de basura y comida que la gente deja. Pienso dos cosas, una: la gente es cerda y no cuida nada. Dos, ¿qué entienden del mundo las gaviotas y las palomas?
Es una lástima que la gaviota ya no pesque, sino que coma basura. Las palomas que veo no son las palomas de la paz, al contrario, son repugnantes, tienen una voracidad de hienas, y los ojos inanimados miran fijo a la gente, utilitarios, esperando que les tiren algo para picotear.

Como ya es casi de tarde, algunos niños que salieron de la escuela arman un picado de fútbol. Hacen la pisadita para elegir los cuadros y adivino quienes son los peores jugadores. Pero empiezan a jugar y son todos buenos. Me regocijo con su felicidad y alegría. Que gran momento el de un partido de fútbol, cuando tenés diez años y lo que más te gusta en el mundo, más que las mujeres, la plata, la fama, o las notas de la escuela, es el fútbol.

miércoles, 15 de abril de 2009

L í m i t e s y p r o b l e m a s

De inmediato, tras completar la lectura del último libro acerca del accidente en Los Andes, uno queda conmovido. Es cierto que los problemas de cada cual son siempre los peores y más complicados de superar. Que vivimos inmersos en nuestra realidad, burbuja, vagancia o trabajo. Que terminamos siendo parte de la sociedad. Comemos, nos movemos, interactuamos en mayor o menor grado con los otros, tenemos dinero para vivir. Tenemos familia, novias, amigos, hasta perros y gatos. Dormimos abrigados, vamos a bailar, a comer algo, manejamos un auto, etc. La lista, obviamente, es muy larga.

Si hago el desagradable ejercicio de borrar de un plumazo todo lo dicho antes, le sumo frío polar, muerte, aislamiento, ignorancia e incertidumbre, traumas físicos y mentales, pérdidas, avalanchas, entre mil elementos negativos, que resultan hasta irónicos, mi mente me deja imaginar, por suerte sólo imaginar, Los Andes.

Cuando hace unos años volé por encima de la cordillera y vi los picos nevados infinitos, recordé, sin mucha precisión, la tragedia y el triunfo de la vida que sucedieron allí en simultáneo. ¿Al mismo tiempo se puede estar muriendo y viviendo? Sí, de hecho todos estamos en esa posición. Pero uno se olvida. Como que la muerte queda relegada, necesariamente, para poder vivir el tiempo que nos toca. Ellos no tuvieron esta opción. La realidad mezcló vida y muerte al extremo. Y ahí es cuando todo cambia.

Creo con simpleza, que esta es la historia de supervivencia más insólita e irreal que existió jamás. Está bien que muchos de ellos quieran justificar sus actos, en especial Nando Parrado, que dice que era lo único que les quedaba por hacer, para sobrevivir, o para morir con honor. Otros, como Bobby Francois, padecieron con cierta indiferencia el accidente, por citar dos reacciones distintas del mismo hecho. Pero mantenerse con vida en la montaña o cruzar media cordillera a pie en esas condiciones, no es para cualquiera. Esa es mi opinión.

Dejando de lado la parte “comercial” del accidente, de la cual podría formar parte hasta el mismo libro que acabo de leer, y que en la tapa, atravesado por una franja azul, reza: ÉXITO 2008, MÁS DE 15.000 EJEMPLARES VENDIDOS…a mi el accidente, la odisea, el sufrimiento comprimido en 72 días y en una vida, la “salvación” y reencuentro, me conmueven hasta las lágrimas. Quizá exista un condimento especial, que nada tiene que ver con el patriotismo o algo semejante, pero, hay que decirlo, ellos son uruguayos. Tuve a varios sobrevivientes cerca mío, me los crucé en la calle, o compartí momentos con sus hijos (aprovecho para mandar un saludo a Lala Canessa y a Feli Mangino), y brota en esos momentos, desde lo hondo de mi ser, auténtica, la más pura admiración. La admiración es algo irracional, supongo. Es algo que a uno lo busca, pero uno no puede buscar ser admirador de alguien. Luego de pensar un poco, de bucear en mi ser, llegué a algunas ideas que me gustaría compartir.

Siento que la vida vale más. Que tengo que estar alegre con lo que me ha tocado. Que tengo que luchar. Sólo y acompañado. Que los límites a lo posible y lo imposible son difusos, hay que forzarlos, estirarlos al máximo, sólo para saber si podías llegar o no a donde querías ir. Que la mente es poderosa, de verdad. Que se puede burlar a la muerte, abrir otros caminos. Yo, por estos mensajes que hicieron eco en mi persona, como luz, los admiro. Y les deseo una larga vida.



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viernes, 3 de abril de 2009

Idearium II

Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.
Jorge L. Borges


He ahí a Lucifer, y he aquí el lugar donde es preciso que te armes de fortaleza.
Dante Alighieri


Estoy entusiasmado con tu corazón,
todos los días así,
toda mi vida...
Estoy iluminado con tu sencillez,
todos los días amor,
toda la vida...
Dale luz al instante...
tal vez no te arrepentirás...
Dale luz al instante...
y que el cielo le responda al mar...

Luis Alberto Spinetta


En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones.
Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural.

Julio Cortázar


Now don't talk about quantity,
There's no fish let in the sea.
Greedy men been killing all the life there ever was,
And you'd better play it natures way,
Or she will take it all away,
Don't try and tell me you know more than her about right from wrong.

Jamiroquai


El único futuro que me había pertenecido era el presente que estaba viviendo y la lucha por permanecer en ese presente había borrado gradualmente todo lo demás.
Paul Auster


Ni bien amainó
la tormenta, olvidó
las promesas hechas
¡otra vez!

Patricio Rey



El murmullo de las palabras corre como el agua, las palabras son inocuas, o incluso afectuosas, hasta cuando contienen el horror; por eso los libros son tan fáciles todos, mientras las cosas y los hombres son difíciles.

Claudio Magris


Nunca he tratado de huir del drama que nos ha tocado vivir, el de un mundo agonizante en un mundo naciente.
Jorge Amado


Out of bed at 6:15 In a rush and you can't think
Gotta catch the bus and train
I'm in a rush and feelin' insane
I can't take this crazy pace
I've become a mental case
Yeah, this is the job that ate my brain.

The Ramones



Yo no había tenido mucha instrucción religiosa y nunca asistí a la escuela dominical, porque no pertenecía a la iglesia cuando tuve la edad sufieciente para asistir, pero estaba seguro de lo que significaba creer en Cristo, y no era la mitad de las cosas que hacía el predicador.

John Kennedy Toole


Señaladme un niño-líder y os mostraré una criatura insoportable.

R. Fontanarrosa


La palabra y la idea Dios puede ser un obstáculo para ver a Dios.

Anthony De Mello


Sé tan bien como cualquiera que ningún otro hombre merece tanto como él el nombre de genio, ninguno fue más complicado, contradictorio y grande en todo; sí, en todo. Grande en cierta extraña forma, amplia, indefinible con palabras; hay cierta cosa en él que me impulsa a gritar a todos: "Miren que maravilloso hombre esta viviendo en la tierra." Porque es, por decirlo así, universalmente y por sobre todo, un hombre, un hombre de la humanidad.
Máximo Gorki (acerca de Leon Tolstoi)


No soy un santo varón, Páshenka, ni siquiera un hombre como todos: soy un pecador sucio, inmundo, descarriado, orgulloso; no sé si soy el peor, pero soy peor que los más malos.

Leon Tolstoi


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Idearium

Don't get too excited baby before the facts
Keith Richards


Bueno, observa un animal cualquiera: un gato, un perro, un pájaro, un puma o una jiraja. Verás que todos son justos, que ni siquiera un solo animal está violento o no sabe lo que ha de hacer y cómo ha de conducirse. No quieren adularte, no pretenden imponérsete. No hay comedia. Son como son, como la piedra y las flores, o como las estrellas en el cielo.
Herman Hesse


Sentí que estaba ocurriendo algo extraordinario. Lo estreché en mis brazos como a un niño, y sin embargo, me pareció que se escurría verticalmente hacia un abismo sin que pudiera hacer nada por retenerlo...
Antoine de Saint-Exupery


Todo viaje deja una enseñanza, un sueño y un pecado. Por más corto que sea.
Daniel Supervielle


Basta que mires con tus ojos
y verás como se le paga al impío
Pero tu dices: "Mi amparo es el Señor"
tu has hecho del Altísimo tu asilo

Salmo 91- Oración de la noche


La intencionalidad, tal es la estructura esencial de toda conciencia.
Jean Paul Sartre


Antes éramos campeónes
Les íbamos a ganar
Hoy somos los sinvergüenzas
Que caen a picotear
Trabajador inmigrante
Es la nueva profesión
Al que agarran sin papeles
Lo fletan en un avión

Jaime Roos


La edad no es la que uno tiene sino la que uno siente
Gabriel G. Márquez


Rock es energía, reggae elevación
Natiruts


How can he do what needs to be done
When he's a follower not a leader

Lou Reed


Nuestra fe en otros revela lo que quisiéramos creer de nosotros mismos
Friedrich Nietzsche


Used to have a little now i have a lot
No matter where i go, i know where i came from

Jennifer Lopez


Nuestro destino y el fardel de nuestra vida, como he aprendido a mi costa,están atados siempre a la espalda: si intentamos liberarnos, nos los encontramos delante de una forma nueva y todavía más insoportable.
Robert L. Stevenson


It is a lovely language, but it takes a very long time to say anything in it, because we do not say anything in it, unless it is worth taking a long time to say, and to listen to.
J.R.R. Tolkien


Mientras la extravagancia de un hombre no hiere directamente a la sociedad, la sociedad se contenta con dejarle solo.
Jack London

domingo, 15 de marzo de 2009

P r o f e s o r d e p e n s a r

El hombre viejo, de presencia ordenada e indescifrable, irrumpió en el salón atiborrado de gente. Surcó con el portafolio de cuero marrón los escasos metros que lo separaban del pupitre. Su mesa, como de costumbre, era de mayor envergadura que la del alumno. Las voces de la charla zumbaban a través del espacio como una catarata caótica y anormal. Colocó el portafolio en el suelo y se sentó. Permaneció ausente mientras la cacofonía de voces perdía ímpetu de forma progresiva, hasta bendecir el ambiente con silencio. Esperó unos minutos, habrán sido dos o tres, antes de hablar. En ese tiempo, aprovechó para observar a los ojos a todos y cada uno de los 93 estudiantes del curso. Eran nuevos; nadie lo conocía. Luego dijo:

“-Hace años que estoy cansado de dar clase. Hoy de mañana, mientras lavaba mi cara frente al espejo, casi desisto de venir aquí. Creo que perdí la esperanza en el mundo, por un desolador instante. Pero la recuperé, como siempre.
Nuestra vida, la mía y la suya –dijo, señalando a un muchacho disperso-, radica en la capacidad, ni siquiera habilidad, de hacer una tarea bien y recibir un pago a cambio. Yo no soy un mediocre, y nunca lo fui. Por eso, ¡no encuentro sentido al enseñar a gente sin pasión! De todos ustedes, ¿hay alguno que goce de convencimiento propio?”

Hizo una breve pausa. Sin alterar la voz cristalina, ni el tono afilado que cortaba el aire como una cuchilla, continuó:

“-Algún día moriremos, naturalmente. Habremos buscado, intentado mejorar el lugar en que vivimos. O nos refugiaremos en la profesión de modo egoísta, cumpliendo las metas propias, ajenos a la inmunda realidad que nos rodea, evidente, y nos empuja al cambio. ¿Saben por qué el mundo está así? ¿Por qué yo y millones de personas nos cuestionamos las incontables atrocidades que hacen de la existencia un martirio? ¿Por qué no podemos ser felices?”, dijo, enunciando la última pregunta con un tono de sorpresa, como si las palabras salieran solas, incontrolables.

Los alumnos se miraron entre sí, asombrados, buscando una respuesta. No sabían, ni estaban listos para reaccionar. Un leve susurro, casi inaudible, brotó de la masa estudiantil.

“-¡Porque nadie piensa!”, vociferó el viejo, a modo de respuesta desesperada. El manantial del silencio llenó nuevamente el aula.
“-Usamos una ínfima parte del cerebro -prosiguió-. La banalidad de nuestras conversaciones es asombrosa. Hablamos de lo que hacemos, de lo que otros hacen. Criticamos, señalamos y nos reímos -sin pudor, otras veces bajo el refugio del secreto-, de los errores ajenos. Lloramos las pérdidas y sonreímos cada tanto. ¡Sonreímos hasta con culpa! No, señoras y señores, no somos genios nosotros, no lo somos.”

Frenó y sujetó su cabeza con ambas manos, como si fuera a desprenderse naturalmente del cuerpo. El aula permanecía inerte, azorada.

“-Profesor, ¿está usted bien?”, inquirió una muchacha con preocupación.

El viejo levantó la mirada con aspecto de haber recuperado fuerzas. Se levantó de la silla con alguna dificultad y caminó con fineza hacia la mitad de la repisa que lo hacía visible, tal cual escenario, para toda la audiencia. Y siguió, implacable.

“- Estoy de mil maravillas. Sólo que tuve esta nueva idea. No voy a enseñar más matemáticas. He dado un paso hacia delante, supongo. Quiero cambiar el mundo. A mi edad, ya no puedo darme más el lujo de mentirme. En esta clase, los números serán reemplazados por pensamientos; las ecuaciones por soluciones naturales, claras y realizables, a nuestros problemas diarios. Ustedes tendrán herramientas para detenerse el tiempo necesario, el tiempo justo, digamos, y pensar. En vez de incorporar conocimientos ajenos e intentar hacerlos propios, ustedes tendrán ideas originales, las compartirán, para avanzar a los umbrales de un mundo mejor, sin resquicios.”

El más sepulcral silencio congelaba el salón. Un muchacho con cara de dormido bostezó al fondo a la izquierda.

-“Ahora bien –sentenció-, todos los que deseen anotarse al curso, les ruego den un paso al frente y coloquen sus nombres en una hoja sobre mi mesa. No se arrepentirán.”

Lentamente, desde la periferia del salón, los estudiantes salieron como una masa ordenada, escandalizados, huyendo de aquel viejo loco. Uno a uno, despejaron mesas y sillas hasta que el Profesor de pensar quedó solo. Caminó con soltura hasta la mesa y levantó su portafolio gastado. “Yo sabía”, pronunció al aire. Repitió el enunciado infinidad de veces, como un mantra en el cual los sonidos le ganan al significado de las palabras. Al fin, se retiró de allí sin remordimientos.



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viernes, 6 de marzo de 2009

Schopenhauer

Un barco me quiere llevar al viejo sur
Cuelgo la línea del mundo y voy al sur
Vuelo al cielo, al horizonte, al mar
Y al viejo sur
Deseos, miedos y tormentos, ya no hay
Es que no se si vas a venir
O este viaje lo tendré que hacer solo
Voy a esperar que las olas te traigan
Donde estoy

sábado, 7 de febrero de 2009

Roque, Carlitos y Iemanjá


Carlitos era un dormido. Siempre se olvidaba de rezarle a Iemanjá. Si viviera en la ciudad esto no sería un problema grande. Pero Carlitos vivía en el Cabo Polonio. Y le gustaba el surfing. Es más, Carlitos andaba realmente bien sobre las olas, se paraba sin problemas, subía y bajaba, dejando una estela de espuma flotando en el aire con cada maniobra. Incluso despegaba del agua alguna que otra vez, llamando la atención de todos los curiosos que, señalando desde la playa y las rocas, decían: "Mirá, ahí va el animal de Carlitos."



Roque, al contrario, era un surfista rústico, con mucha menos elasticidad y radicalidad que el Carlitos. Los dos tenían alrededor de dieciséis años y pasaban la mayoría del verano y la primavera en la playa. A los dos les iba pésimo en el liceo, pero eso ahora no importa. La cuestión es que, Roque, gracias a las "taladradas" de oreja de su abuela, la Néria, le tenía mucho respeto a la diosa del mar. Y siempre, pero siempre, antes de entrar al agua con Carlitos, se persignaba como le había enseñando la Nona, tocando el agua salada y haciendo unos ademanes raros con las manos sobre la cara. No había ocasión en la que Carlitos no se riera de él, haciéndole la burla con las manos, como si fuera un karateca bobo. Roque se reía por dentro y pensaba: "Ya vamos a ver quien es el gil acá..."



Enero pasó con alguna que otra olita, pero nada serio. Carlitos, que quería impresionar a todas las gurisas que veía en la playa, divinas todas, andaba frustrado. Las olas no daban para nada y a menudo le daba puñetazos al mar, mientras Roque reprobaba la actitud con movimientos negativos de la cabeza. Roque trataba de divertirse con lo que había y no perdía las esperanzas, porque el día de la diosa se acercaba y la Nona le decía siempre: "¿Te gustan las olas Roque? Entonces nunca dejés de rezar". Y Roque se mantenía fiel.



El 30 de enero, empezó a soplar. Primero el sureste se puso fuerte y terco durante la mañana y, ya al mediodía, la cosa se vino podrida. Nubes enormes, grises, negras y violetas poblaron el cielo. Lluvia de la que no podés ver ni al perro. Roque escuchó pasos que se acercaban al rancho y tocaban la puerta de madera. "Adelante", dijo. Y Carlitos entró todo mojado, con cara de miedo. Lo miró serio, con un gesto que le quedaba raro, porque siempre se mostraba confiado, y le preguntó: "¿Tú dices que es la diosa no, la que manda todo esto?". Roque sonrió con frescura y dijo: "Puede ser Carlitos, yo si fuera tú, empezaría a rezar". Y Carlitos se fue corriendo, a través de la lluvia, a su rancho a dormir.



Los siguientes dos días fueron un pandemonium, el mar crecido del lado de la playa Sur, olas descontroladas y poderosas limando el suelo marino. Lluvia arrachada, sobre pobladores y veraneantes. Dos días casi sin pájaros en el cielo, a no ser por algunas gaviotas, que planeaban por las calles del viento con maestría.



Hasta que, antes que el reloj marcara la medianoche, y comenzara el 2 de febrero, el viento frenó. Roque y Carlitos sabían que las olas iban a estar de pelos. Y esa noche se fueron a dormir temprano, por más que era viernes y los boliches estaban buenos. Carlitos, antes de entregarse al sueño, intentó rezar algo, pero las palabras no le salían. Y se durmió pensando que era demasiado tarde para pedirle bendiciones a una diosa a la que nunca había dado un segundo de su tiempo. Roque estaba tranquilo, y la abuela, antes de quedar dormida, le dijo: "Mañana va a ser un gran día para nosotros, Roquecito".


Al alba, Carlitos pasó por lo de Roque y arrancaron a la playa Sur. Grandes masas de agua rompían en toda la costa, desde el fondo de rocas, hasta el lugar más lejano de La Cañada. Alguien había peinado el mar, lo había acariciado suavemente, alguien había buscado la perfección. Roque dio gracias y se persignó, mientras el agua lamía apenas sus pies. Miró a su lado y vio a Carlitos que movía desconcertado los brazos, tratando de imitar su rezo. "¿Cómo dices tú que se hace eso?", le preguntó. Y Roque trató de explicarle entre risas, mientras los dos remaban hacia la rompiente.


Ese día, Roque estuvo tocado por una varita mágica, y con su viejo tablón reparado, trazó las líneas más clásicas y sencillas sobre las olas, como un niño, como un pintor en su mejor cuadro. Carlitos no pudo agarrar muchas olas, pero reconoció la osadía de su amigo Roque, y se emocionó con la energía que flotaba en el espacio.
Cuando salieron del agua, la abuela Néria llegaba corriendo con su renguera hacia ellos, llorando de emoción con un papelito amarillo en la mano arrugada. "Roquecitooo, ganamos la lotería, Roquecitooo".


Todos los días de la vida, Carlitos posa su mirada arrepentida en el mar azul, verde o marrón, mientras pide perdón por su ignorancia, y reza, reza a Iemanjá por el tiempo perdido.

Muerte de un lobo

La noche impenetrable dio paso a un amanecer perezoso como los movimientos de un gigante. Un fuerte viento del suroeste, que de la boca de la diosa no paraba de soplar, chocaba contra mi piel maciza, marrón y salada.

Con la primer gota de sol emití un gran bufido. Salté a la mar y comencé a nadar, como siempre, buscando algo para comer. Subí al rato a mi islote de rocas, y me acosté con la panza llena. Un montón de enemigos y ella, hermosa, con su gran aroma, siempre pavoneándose, interrumpieron la paz. Alcé mi nariz bigotuda y, sin pensarlo dos veces, me paré y comencé a perseguirla. El ambiente estaba caldeado, la pelea era inminente. Yo no era en extremo grande, pero el valor y el deseo irrefrenable de que fuera mía llenaban mi pecho animal. La rodeé por detrás e intenté montarla. Un aletazo y varios alaridos quisieron apartarme. Di media vuelta y ataqué a un enemigo. Clavé fuerte los colmillos en su cuello, la sangre brotó de golpe, aunque, con mucha más experiencia, giró el cuerpo rápidamente y quedó detrás mío. Un gran dolor apareció en mi espalda, como un rayo eléctrico, punzante como mil agujas. Giré y caí al suelo arenoso. Y vi la muerte, natural y eficaz, en la forma de una gran cicatriz redondeada.

Hacía mucho tiempo que no me movía. Me arrastré, lanzándome al agua revuelta. Nadé con calma a través de las olas. Furiosa estaba la mar, y furioso estaba yo, porque iba a morir. Entendía mucho y no entendía nada. Como si alguien ajeno controlara mi cuerpo, me adentré en la bahía, ya con poca fuerza. El banco de arena me revolcó y me sentí indefenso. Ví la playa de arenas doradas y ví hombres caminando, algunas casas sobre una montaña verde de pasto. El viento de la diosa arrastró mi cuerpo hasta la arena y yo caminé como pude, lleno de espuma y sangre, rabia y torpeza. Un grupo de hombres curiosos se acercó demasiado, quizá pensando que estaba muerto. Levanté mi cuello y con un golpe monstruoso de dignidad grité lo más fuerte que pude, mostrando mis colmillos, alejándolos. Me sentí bien por ello.

Pasó la tarde con sus nubes violetas y blancas sobre el cielo. El viento nunca paró de soplar. El sol se postró en el horizonte, cuando los colores se hacían mágicos y luminosos. Apareció la luna, amarilla. Me retorcí de dolor y no pensé en nada por un largo rato. La energía se iba, yo me apagaba en la noche oceánica. Miré al cielo y pensé que las estrellas eran tan lindas como la mar. Y cerré los ojos.

jueves, 27 de noviembre de 2008

El día que me volví mar


LLego a la arena sin darme cuenta de lo importante que será este momento.

Veo el mar, azul y verde, olas que llegan solas, impulsadas por alguna tormenta extraña.

Todo está en su lugar, tengo que buscar el mío.

No tengo apuro, voy al paso que debo ir, el encuentro es seguro.

Antes de dejar la Tierra, miro hacia atrás, el paisaje saluda, última brisa de amor.

Estoy lleno de energía, los pies no se marcan en la arena y despacio dejo una estela en el aire para tocar el mar.

La música de las olas no es ninguna canción. Son todas.

Puedo sentir las melodías que llevo dentro transformarse, crecer conmigo.

Estoy en el agua, soy parte y componente.

Vuelo en la espuma, duermo en el silencio de la corriente, soy capaz de sentir, liberado, acordes de eternidad.