martes, 12 de mayo de 2009

Caius


Caius llega, saluda, y paso seguido pregunta a un amigo -en secreto- si hay whisky en la fiesta. Acaba de empezar otra de sus noches eternas, y si uno quiere pasarla bien, no tiene más que permanecer a su lado. Yo, que acabo de esconder la última botella que quedaba dentro de un armario en la cocina, me río por dentro y espero el desarrollo de los acontecimientos. Caius desaparece y me distraigo con la música. Él es un ser flaco, con poco movimiento corporal, tan poco se mueve que parece flotar en los traslados. A muchas personas les podrá parecer poco interesante, creo que trasmite ese sentimiento, el de la simple presencia física. Al cabo de unos instantes, regresa de la cocina con el vaso de whisky más grande que he visto. Está repleto, y no tiene hielo.
A pesar de saber que algo así iba a suceder, es imposible no sorprenderse cuando las predicciones se cumplen a la perfección. Entonces me acerco y le digo: “Encontraste la botella”. Esto alcanza para que esboce una sonrisa y me conteste: “¿Fuiste vos el que la escondiste?”. Risas.
A continuación me explica que a una persona como él no le resulta nada difícil encontrar una botella. La encontrará si es que existe. Es una cuestión de olfato.
Caius tiene 27 años, algunos más que yo. Lo veo ocasionalmente, quizá una vez cada dos meses. Su rostro le aporta juventud: tiene cierto aspecto aniñado, pero uno sospecha que en el interior de su organismo reina el caos. Es que desde que lo conozco no ha parado de tomar. Yo siempre le digo a mis amigos, entre la broma y la verdad, que si alguien le saca el alcohol a Caius, él se muere antes. Estoy convencido de que el factor sicológico de su vicio lo arrastraría a una muerte prematura. Es increíble ver cómo una sustancia se apodera de una persona, en el caso de Caius la mezcla es perfecta: fue cuestión de tiempo para que él y el alcohol fueran un solo ser inseparable.
Estar con Caius requiere una dosis de paciencia y comprensión, y uno llega a divertirse mucho. Poseedor de un humor único, sus comentarios son ajustados como un dardo que da en el blanco. Suele hablar en frases cortas, en un idioma económico, y hay que estar atentos para captar la idea. Yo no puedo mantener un diálogo largo con él, no creo que alguien pueda. En las fiestas o en un bar, mientras mi vaso tenga bebida, imagino con Caius una conexión sin palabras, yo lo llamo “el lenguaje del alcohol”. Un lenguaje que Caius maneja a la perfección, porque su vaso está siempre lleno.

domingo, 3 de mayo de 2009

Mañana X

Creció la ola hasta alcanzar su máximo poder, antes de estrellarse furiosa contra el muro de piedras. Apenas salpicó a la mujer, sentada arriba, inmutable. Creo que estaba inmersa en complejos pensamientos acerca de algo que la preocupaba mucho. Pero no estoy seguro. Bastante cerca, como a tres metros, un hombre con dos baldes y un jogging Adidas falsificado, pesca en el mismo lugar hace horas. Sostiene firme la caña, pero no hay pique, entonces se distrae ocasionalmente con los autos que pasan por la rambla. Los autos no tienen pausa, cruzan como saetas, diferentes modelos, distintas épocas. De pronto, otra mujer frena de improviso el auto; el motociclista que venía atrás toca la bocinita y la riega de insultos y groserías gestuales. La mujer reprueba moviendo la cabeza (con el típico movimiento de no), mira por el espejo, mientras acelera y se pierde de vista. Creo que nadie más que yo vio la situación.

Por este lugar suele caminar mucha gente, en su mayoría veteranos que hacen deporte. Hoy brilla el sol con un viento suave del sur. No hay humedad, está fresco. También hay perros. Hay algunos dueños que los pasean aburridos, por compromiso. Los traen apurados, sólo para que no hagan cagadas en el apartamento. Otros dueños disfrutan el momento. Me llama la atención un antiguo boxer con expresión aburrida, que lleva puesto un chaleco escocés en el pecho. Miro la cara de la dueña y sí, se parecen, la conocida teoría del parecido perro-dueño se confirma para este caso particular. La dueña, de unos cincuenta años, lleva una bolsa de nylon en la mano que no sujeta la correa. Es como si estuviera dormida, pero camina y pasea al perro.

Me muevo a un pequeño parque costero, con pasto, y me siento en un banco. Al rato llegan dos señores que se sientan en frente. Conversan:
-Marcos, mi sobrino, está en el Caribe. Se casó hace dos años con Eugenia Cabrera.
-¿La hija del abogado?
-Sí, esa. Una buena mujer. La cuestión es que ahora se separaron, y Marcos fue a ordenar su vida al Caribe.
-Lindo lugar para ordenar la cabeza.
-Ni me digas, hace años que no puedo moverme de acá. Pero estoy cerca del retiro; como pasa el tiempo, la puta madre…
-Ah, es una cosa de locos, ni me digas, ché, ¿cómo viene el proyecto del edificio?

Hay gaviotas que vuelan cerca, algunas aterrizan y pelean con las palomas por los trozos de basura y comida que la gente deja. Pienso dos cosas, una: la gente es cerda y no cuida nada. Dos, ¿qué entienden del mundo las gaviotas y las palomas?
Es una lástima que la gaviota ya no pesque, sino que coma basura. Las palomas que veo no son las palomas de la paz, al contrario, son repugnantes, tienen una voracidad de hienas, y los ojos inanimados miran fijo a la gente, utilitarios, esperando que les tiren algo para picotear.

Como ya es casi de tarde, algunos niños que salieron de la escuela arman un picado de fútbol. Hacen la pisadita para elegir los cuadros y adivino quienes son los peores jugadores. Pero empiezan a jugar y son todos buenos. Me regocijo con su felicidad y alegría. Que gran momento el de un partido de fútbol, cuando tenés diez años y lo que más te gusta en el mundo, más que las mujeres, la plata, la fama, o las notas de la escuela, es el fútbol.

miércoles, 15 de abril de 2009

L í m i t e s y p r o b l e m a s

De inmediato, tras completar la lectura del último libro acerca del accidente en Los Andes, uno queda conmovido. Es cierto que los problemas de cada cual son siempre los peores y más complicados de superar. Que vivimos inmersos en nuestra realidad, burbuja, vagancia o trabajo. Que terminamos siendo parte de la sociedad. Comemos, nos movemos, interactuamos en mayor o menor grado con los otros, tenemos dinero para vivir. Tenemos familia, novias, amigos, hasta perros y gatos. Dormimos abrigados, vamos a bailar, a comer algo, manejamos un auto, etc. La lista, obviamente, es muy larga.

Si hago el desagradable ejercicio de borrar de un plumazo todo lo dicho antes, le sumo frío polar, muerte, aislamiento, ignorancia e incertidumbre, traumas físicos y mentales, pérdidas, avalanchas, entre mil elementos negativos, que resultan hasta irónicos, mi mente me deja imaginar, por suerte sólo imaginar, Los Andes.

Cuando hace unos años volé por encima de la cordillera y vi los picos nevados infinitos, recordé, sin mucha precisión, la tragedia y el triunfo de la vida que sucedieron allí en simultáneo. ¿Al mismo tiempo se puede estar muriendo y viviendo? Sí, de hecho todos estamos en esa posición. Pero uno se olvida. Como que la muerte queda relegada, necesariamente, para poder vivir el tiempo que nos toca. Ellos no tuvieron esta opción. La realidad mezcló vida y muerte al extremo. Y ahí es cuando todo cambia.

Creo con simpleza, que esta es la historia de supervivencia más insólita e irreal que existió jamás. Está bien que muchos de ellos quieran justificar sus actos, en especial Nando Parrado, que dice que era lo único que les quedaba por hacer, para sobrevivir, o para morir con honor. Otros, como Bobby Francois, padecieron con cierta indiferencia el accidente, por citar dos reacciones distintas del mismo hecho. Pero mantenerse con vida en la montaña o cruzar media cordillera a pie en esas condiciones, no es para cualquiera. Esa es mi opinión.

Dejando de lado la parte “comercial” del accidente, de la cual podría formar parte hasta el mismo libro que acabo de leer, y que en la tapa, atravesado por una franja azul, reza: ÉXITO 2008, MÁS DE 15.000 EJEMPLARES VENDIDOS…a mi el accidente, la odisea, el sufrimiento comprimido en 72 días y en una vida, la “salvación” y reencuentro, me conmueven hasta las lágrimas. Quizá exista un condimento especial, que nada tiene que ver con el patriotismo o algo semejante, pero, hay que decirlo, ellos son uruguayos. Tuve a varios sobrevivientes cerca mío, me los crucé en la calle, o compartí momentos con sus hijos (aprovecho para mandar un saludo a Lala Canessa y a Feli Mangino), y brota en esos momentos, desde lo hondo de mi ser, auténtica, la más pura admiración. La admiración es algo irracional, supongo. Es algo que a uno lo busca, pero uno no puede buscar ser admirador de alguien. Luego de pensar un poco, de bucear en mi ser, llegué a algunas ideas que me gustaría compartir.

Siento que la vida vale más. Que tengo que estar alegre con lo que me ha tocado. Que tengo que luchar. Sólo y acompañado. Que los límites a lo posible y lo imposible son difusos, hay que forzarlos, estirarlos al máximo, sólo para saber si podías llegar o no a donde querías ir. Que la mente es poderosa, de verdad. Que se puede burlar a la muerte, abrir otros caminos. Yo, por estos mensajes que hicieron eco en mi persona, como luz, los admiro. Y les deseo una larga vida.



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viernes, 3 de abril de 2009

Idearium II

Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.
Jorge L. Borges


He ahí a Lucifer, y he aquí el lugar donde es preciso que te armes de fortaleza.
Dante Alighieri


Estoy entusiasmado con tu corazón,
todos los días así,
toda mi vida...
Estoy iluminado con tu sencillez,
todos los días amor,
toda la vida...
Dale luz al instante...
tal vez no te arrepentirás...
Dale luz al instante...
y que el cielo le responda al mar...

Luis Alberto Spinetta


En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones.
Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural.

Julio Cortázar


Now don't talk about quantity,
There's no fish let in the sea.
Greedy men been killing all the life there ever was,
And you'd better play it natures way,
Or she will take it all away,
Don't try and tell me you know more than her about right from wrong.

Jamiroquai


El único futuro que me había pertenecido era el presente que estaba viviendo y la lucha por permanecer en ese presente había borrado gradualmente todo lo demás.
Paul Auster


Ni bien amainó
la tormenta, olvidó
las promesas hechas
¡otra vez!

Patricio Rey



El murmullo de las palabras corre como el agua, las palabras son inocuas, o incluso afectuosas, hasta cuando contienen el horror; por eso los libros son tan fáciles todos, mientras las cosas y los hombres son difíciles.

Claudio Magris


Nunca he tratado de huir del drama que nos ha tocado vivir, el de un mundo agonizante en un mundo naciente.
Jorge Amado


Out of bed at 6:15 In a rush and you can't think
Gotta catch the bus and train
I'm in a rush and feelin' insane
I can't take this crazy pace
I've become a mental case
Yeah, this is the job that ate my brain.

The Ramones



Yo no había tenido mucha instrucción religiosa y nunca asistí a la escuela dominical, porque no pertenecía a la iglesia cuando tuve la edad sufieciente para asistir, pero estaba seguro de lo que significaba creer en Cristo, y no era la mitad de las cosas que hacía el predicador.

John Kennedy Toole


Señaladme un niño-líder y os mostraré una criatura insoportable.

R. Fontanarrosa


La palabra y la idea Dios puede ser un obstáculo para ver a Dios.

Anthony De Mello


Sé tan bien como cualquiera que ningún otro hombre merece tanto como él el nombre de genio, ninguno fue más complicado, contradictorio y grande en todo; sí, en todo. Grande en cierta extraña forma, amplia, indefinible con palabras; hay cierta cosa en él que me impulsa a gritar a todos: "Miren que maravilloso hombre esta viviendo en la tierra." Porque es, por decirlo así, universalmente y por sobre todo, un hombre, un hombre de la humanidad.
Máximo Gorki (acerca de Leon Tolstoi)


No soy un santo varón, Páshenka, ni siquiera un hombre como todos: soy un pecador sucio, inmundo, descarriado, orgulloso; no sé si soy el peor, pero soy peor que los más malos.

Leon Tolstoi


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Idearium

Don't get too excited baby before the facts
Keith Richards


Bueno, observa un animal cualquiera: un gato, un perro, un pájaro, un puma o una jiraja. Verás que todos son justos, que ni siquiera un solo animal está violento o no sabe lo que ha de hacer y cómo ha de conducirse. No quieren adularte, no pretenden imponérsete. No hay comedia. Son como son, como la piedra y las flores, o como las estrellas en el cielo.
Herman Hesse


Sentí que estaba ocurriendo algo extraordinario. Lo estreché en mis brazos como a un niño, y sin embargo, me pareció que se escurría verticalmente hacia un abismo sin que pudiera hacer nada por retenerlo...
Antoine de Saint-Exupery


Todo viaje deja una enseñanza, un sueño y un pecado. Por más corto que sea.
Daniel Supervielle


Basta que mires con tus ojos
y verás como se le paga al impío
Pero tu dices: "Mi amparo es el Señor"
tu has hecho del Altísimo tu asilo

Salmo 91- Oración de la noche


La intencionalidad, tal es la estructura esencial de toda conciencia.
Jean Paul Sartre


Antes éramos campeónes
Les íbamos a ganar
Hoy somos los sinvergüenzas
Que caen a picotear
Trabajador inmigrante
Es la nueva profesión
Al que agarran sin papeles
Lo fletan en un avión

Jaime Roos


La edad no es la que uno tiene sino la que uno siente
Gabriel G. Márquez


Rock es energía, reggae elevación
Natiruts


How can he do what needs to be done
When he's a follower not a leader

Lou Reed


Nuestra fe en otros revela lo que quisiéramos creer de nosotros mismos
Friedrich Nietzsche


Used to have a little now i have a lot
No matter where i go, i know where i came from

Jennifer Lopez


Nuestro destino y el fardel de nuestra vida, como he aprendido a mi costa,están atados siempre a la espalda: si intentamos liberarnos, nos los encontramos delante de una forma nueva y todavía más insoportable.
Robert L. Stevenson


It is a lovely language, but it takes a very long time to say anything in it, because we do not say anything in it, unless it is worth taking a long time to say, and to listen to.
J.R.R. Tolkien


Mientras la extravagancia de un hombre no hiere directamente a la sociedad, la sociedad se contenta con dejarle solo.
Jack London

domingo, 15 de marzo de 2009

P r o f e s o r d e p e n s a r

El hombre viejo, de presencia ordenada e indescifrable, irrumpió en el salón atiborrado de gente. Surcó con el portafolio de cuero marrón los escasos metros que lo separaban del pupitre. Su mesa, como de costumbre, era de mayor envergadura que la del alumno. Las voces de la charla zumbaban a través del espacio como una catarata caótica y anormal. Colocó el portafolio en el suelo y se sentó. Permaneció ausente mientras la cacofonía de voces perdía ímpetu de forma progresiva, hasta bendecir el ambiente con silencio. Esperó unos minutos, habrán sido dos o tres, antes de hablar. En ese tiempo, aprovechó para observar a los ojos a todos y cada uno de los 93 estudiantes del curso. Eran nuevos; nadie lo conocía. Luego dijo:

“-Hace años que estoy cansado de dar clase. Hoy de mañana, mientras lavaba mi cara frente al espejo, casi desisto de venir aquí. Creo que perdí la esperanza en el mundo, por un desolador instante. Pero la recuperé, como siempre.
Nuestra vida, la mía y la suya –dijo, señalando a un muchacho disperso-, radica en la capacidad, ni siquiera habilidad, de hacer una tarea bien y recibir un pago a cambio. Yo no soy un mediocre, y nunca lo fui. Por eso, ¡no encuentro sentido al enseñar a gente sin pasión! De todos ustedes, ¿hay alguno que goce de convencimiento propio?”

Hizo una breve pausa. Sin alterar la voz cristalina, ni el tono afilado que cortaba el aire como una cuchilla, continuó:

“-Algún día moriremos, naturalmente. Habremos buscado, intentado mejorar el lugar en que vivimos. O nos refugiaremos en la profesión de modo egoísta, cumpliendo las metas propias, ajenos a la inmunda realidad que nos rodea, evidente, y nos empuja al cambio. ¿Saben por qué el mundo está así? ¿Por qué yo y millones de personas nos cuestionamos las incontables atrocidades que hacen de la existencia un martirio? ¿Por qué no podemos ser felices?”, dijo, enunciando la última pregunta con un tono de sorpresa, como si las palabras salieran solas, incontrolables.

Los alumnos se miraron entre sí, asombrados, buscando una respuesta. No sabían, ni estaban listos para reaccionar. Un leve susurro, casi inaudible, brotó de la masa estudiantil.

“-¡Porque nadie piensa!”, vociferó el viejo, a modo de respuesta desesperada. El manantial del silencio llenó nuevamente el aula.
“-Usamos una ínfima parte del cerebro -prosiguió-. La banalidad de nuestras conversaciones es asombrosa. Hablamos de lo que hacemos, de lo que otros hacen. Criticamos, señalamos y nos reímos -sin pudor, otras veces bajo el refugio del secreto-, de los errores ajenos. Lloramos las pérdidas y sonreímos cada tanto. ¡Sonreímos hasta con culpa! No, señoras y señores, no somos genios nosotros, no lo somos.”

Frenó y sujetó su cabeza con ambas manos, como si fuera a desprenderse naturalmente del cuerpo. El aula permanecía inerte, azorada.

“-Profesor, ¿está usted bien?”, inquirió una muchacha con preocupación.

El viejo levantó la mirada con aspecto de haber recuperado fuerzas. Se levantó de la silla con alguna dificultad y caminó con fineza hacia la mitad de la repisa que lo hacía visible, tal cual escenario, para toda la audiencia. Y siguió, implacable.

“- Estoy de mil maravillas. Sólo que tuve esta nueva idea. No voy a enseñar más matemáticas. He dado un paso hacia delante, supongo. Quiero cambiar el mundo. A mi edad, ya no puedo darme más el lujo de mentirme. En esta clase, los números serán reemplazados por pensamientos; las ecuaciones por soluciones naturales, claras y realizables, a nuestros problemas diarios. Ustedes tendrán herramientas para detenerse el tiempo necesario, el tiempo justo, digamos, y pensar. En vez de incorporar conocimientos ajenos e intentar hacerlos propios, ustedes tendrán ideas originales, las compartirán, para avanzar a los umbrales de un mundo mejor, sin resquicios.”

El más sepulcral silencio congelaba el salón. Un muchacho con cara de dormido bostezó al fondo a la izquierda.

-“Ahora bien –sentenció-, todos los que deseen anotarse al curso, les ruego den un paso al frente y coloquen sus nombres en una hoja sobre mi mesa. No se arrepentirán.”

Lentamente, desde la periferia del salón, los estudiantes salieron como una masa ordenada, escandalizados, huyendo de aquel viejo loco. Uno a uno, despejaron mesas y sillas hasta que el Profesor de pensar quedó solo. Caminó con soltura hasta la mesa y levantó su portafolio gastado. “Yo sabía”, pronunció al aire. Repitió el enunciado infinidad de veces, como un mantra en el cual los sonidos le ganan al significado de las palabras. Al fin, se retiró de allí sin remordimientos.



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viernes, 6 de marzo de 2009

Schopenhauer

Un barco me quiere llevar al viejo sur
Cuelgo la línea del mundo y voy al sur
Vuelo al cielo, al horizonte, al mar
Y al viejo sur
Deseos, miedos y tormentos, ya no hay
Es que no se si vas a venir
O este viaje lo tendré que hacer solo
Voy a esperar que las olas te traigan
Donde estoy

sábado, 7 de febrero de 2009

Roque, Carlitos y Iemanjá


Carlitos era un dormido. Siempre se olvidaba de rezarle a Iemanjá. Si viviera en la ciudad esto no sería un problema grande. Pero Carlitos vivía en el Cabo Polonio. Y le gustaba el surfing. Es más, Carlitos andaba realmente bien sobre las olas, se paraba sin problemas, subía y bajaba, dejando una estela de espuma flotando en el aire con cada maniobra. Incluso despegaba del agua alguna que otra vez, llamando la atención de todos los curiosos que, señalando desde la playa y las rocas, decían: "Mirá, ahí va el animal de Carlitos."



Roque, al contrario, era un surfista rústico, con mucha menos elasticidad y radicalidad que el Carlitos. Los dos tenían alrededor de dieciséis años y pasaban la mayoría del verano y la primavera en la playa. A los dos les iba pésimo en el liceo, pero eso ahora no importa. La cuestión es que, Roque, gracias a las "taladradas" de oreja de su abuela, la Néria, le tenía mucho respeto a la diosa del mar. Y siempre, pero siempre, antes de entrar al agua con Carlitos, se persignaba como le había enseñando la Nona, tocando el agua salada y haciendo unos ademanes raros con las manos sobre la cara. No había ocasión en la que Carlitos no se riera de él, haciéndole la burla con las manos, como si fuera un karateca bobo. Roque se reía por dentro y pensaba: "Ya vamos a ver quien es el gil acá..."



Enero pasó con alguna que otra olita, pero nada serio. Carlitos, que quería impresionar a todas las gurisas que veía en la playa, divinas todas, andaba frustrado. Las olas no daban para nada y a menudo le daba puñetazos al mar, mientras Roque reprobaba la actitud con movimientos negativos de la cabeza. Roque trataba de divertirse con lo que había y no perdía las esperanzas, porque el día de la diosa se acercaba y la Nona le decía siempre: "¿Te gustan las olas Roque? Entonces nunca dejés de rezar". Y Roque se mantenía fiel.



El 30 de enero, empezó a soplar. Primero el sureste se puso fuerte y terco durante la mañana y, ya al mediodía, la cosa se vino podrida. Nubes enormes, grises, negras y violetas poblaron el cielo. Lluvia de la que no podés ver ni al perro. Roque escuchó pasos que se acercaban al rancho y tocaban la puerta de madera. "Adelante", dijo. Y Carlitos entró todo mojado, con cara de miedo. Lo miró serio, con un gesto que le quedaba raro, porque siempre se mostraba confiado, y le preguntó: "¿Tú dices que es la diosa no, la que manda todo esto?". Roque sonrió con frescura y dijo: "Puede ser Carlitos, yo si fuera tú, empezaría a rezar". Y Carlitos se fue corriendo, a través de la lluvia, a su rancho a dormir.



Los siguientes dos días fueron un pandemonium, el mar crecido del lado de la playa Sur, olas descontroladas y poderosas limando el suelo marino. Lluvia arrachada, sobre pobladores y veraneantes. Dos días casi sin pájaros en el cielo, a no ser por algunas gaviotas, que planeaban por las calles del viento con maestría.



Hasta que, antes que el reloj marcara la medianoche, y comenzara el 2 de febrero, el viento frenó. Roque y Carlitos sabían que las olas iban a estar de pelos. Y esa noche se fueron a dormir temprano, por más que era viernes y los boliches estaban buenos. Carlitos, antes de entregarse al sueño, intentó rezar algo, pero las palabras no le salían. Y se durmió pensando que era demasiado tarde para pedirle bendiciones a una diosa a la que nunca había dado un segundo de su tiempo. Roque estaba tranquilo, y la abuela, antes de quedar dormida, le dijo: "Mañana va a ser un gran día para nosotros, Roquecito".


Al alba, Carlitos pasó por lo de Roque y arrancaron a la playa Sur. Grandes masas de agua rompían en toda la costa, desde el fondo de rocas, hasta el lugar más lejano de La Cañada. Alguien había peinado el mar, lo había acariciado suavemente, alguien había buscado la perfección. Roque dio gracias y se persignó, mientras el agua lamía apenas sus pies. Miró a su lado y vio a Carlitos que movía desconcertado los brazos, tratando de imitar su rezo. "¿Cómo dices tú que se hace eso?", le preguntó. Y Roque trató de explicarle entre risas, mientras los dos remaban hacia la rompiente.


Ese día, Roque estuvo tocado por una varita mágica, y con su viejo tablón reparado, trazó las líneas más clásicas y sencillas sobre las olas, como un niño, como un pintor en su mejor cuadro. Carlitos no pudo agarrar muchas olas, pero reconoció la osadía de su amigo Roque, y se emocionó con la energía que flotaba en el espacio.
Cuando salieron del agua, la abuela Néria llegaba corriendo con su renguera hacia ellos, llorando de emoción con un papelito amarillo en la mano arrugada. "Roquecitooo, ganamos la lotería, Roquecitooo".


Todos los días de la vida, Carlitos posa su mirada arrepentida en el mar azul, verde o marrón, mientras pide perdón por su ignorancia, y reza, reza a Iemanjá por el tiempo perdido.

Muerte de un lobo

La noche impenetrable dio paso a un amanecer perezoso como los movimientos de un gigante. Un fuerte viento del suroeste, que de la boca de la diosa no paraba de soplar, chocaba contra mi piel maciza, marrón y salada.

Con la primer gota de sol emití un gran bufido. Salté a la mar y comencé a nadar, como siempre, buscando algo para comer. Subí al rato a mi islote de rocas, y me acosté con la panza llena. Un montón de enemigos y ella, hermosa, con su gran aroma, siempre pavoneándose, interrumpieron la paz. Alcé mi nariz bigotuda y, sin pensarlo dos veces, me paré y comencé a perseguirla. El ambiente estaba caldeado, la pelea era inminente. Yo no era en extremo grande, pero el valor y el deseo irrefrenable de que fuera mía llenaban mi pecho animal. La rodeé por detrás e intenté montarla. Un aletazo y varios alaridos quisieron apartarme. Di media vuelta y ataqué a un enemigo. Clavé fuerte los colmillos en su cuello, la sangre brotó de golpe, aunque, con mucha más experiencia, giró el cuerpo rápidamente y quedó detrás mío. Un gran dolor apareció en mi espalda, como un rayo eléctrico, punzante como mil agujas. Giré y caí al suelo arenoso. Y vi la muerte, natural y eficaz, en la forma de una gran cicatriz redondeada.

Hacía mucho tiempo que no me movía. Me arrastré, lanzándome al agua revuelta. Nadé con calma a través de las olas. Furiosa estaba la mar, y furioso estaba yo, porque iba a morir. Entendía mucho y no entendía nada. Como si alguien ajeno controlara mi cuerpo, me adentré en la bahía, ya con poca fuerza. El banco de arena me revolcó y me sentí indefenso. Ví la playa de arenas doradas y ví hombres caminando, algunas casas sobre una montaña verde de pasto. El viento de la diosa arrastró mi cuerpo hasta la arena y yo caminé como pude, lleno de espuma y sangre, rabia y torpeza. Un grupo de hombres curiosos se acercó demasiado, quizá pensando que estaba muerto. Levanté mi cuello y con un golpe monstruoso de dignidad grité lo más fuerte que pude, mostrando mis colmillos, alejándolos. Me sentí bien por ello.

Pasó la tarde con sus nubes violetas y blancas sobre el cielo. El viento nunca paró de soplar. El sol se postró en el horizonte, cuando los colores se hacían mágicos y luminosos. Apareció la luna, amarilla. Me retorcí de dolor y no pensé en nada por un largo rato. La energía se iba, yo me apagaba en la noche oceánica. Miré al cielo y pensé que las estrellas eran tan lindas como la mar. Y cerré los ojos.

jueves, 27 de noviembre de 2008

El día que me volví mar


LLego a la arena sin darme cuenta de lo importante que será este momento.

Veo el mar, azul y verde, olas que llegan solas, impulsadas por alguna tormenta extraña.

Todo está en su lugar, tengo que buscar el mío.

No tengo apuro, voy al paso que debo ir, el encuentro es seguro.

Antes de dejar la Tierra, miro hacia atrás, el paisaje saluda, última brisa de amor.

Estoy lleno de energía, los pies no se marcan en la arena y despacio dejo una estela en el aire para tocar el mar.

La música de las olas no es ninguna canción. Son todas.

Puedo sentir las melodías que llevo dentro transformarse, crecer conmigo.

Estoy en el agua, soy parte y componente.

Vuelo en la espuma, duermo en el silencio de la corriente, soy capaz de sentir, liberado, acordes de eternidad.

martes, 7 de octubre de 2008

El caminante

Caminó unos pasos, se detuvo. Entró a una tienda de baratijas y compró un par de candelabros. No los iba a usar, pero importaba un demonio. Siguió, intrascendente, calle abajo, tropezando ocasionalmente con las baldosas sueltas, sin que nadie lo notara. Pensaba en las noticias y en la lluvia que llegaría por la noche. Era mediodía y hacía calor, un sol radiante y espectacular para el turismo. Sin querer esbozó una sonrisa: el mal tiempo igualaba los tantos. Sí, mañana nadie iría a la playa. Colocó las bolsas contra la pared de un negocio decadente de pizzas. Secó con un pañuelo el sudor de la frente. Aún queda un largo trecho hasta casa, pensó.

Recuperó el aliento, pero antes de dar el primer paso miró con insistencia a una mujer vestida de rojo, muy atractiva. Ella no devolvió la mirada, siguió caminando con su cartera pegada al cuerpo, maquillada y lista para ir a un lugar importante. Sintió un hueco en el estómago, quería comer algo pero no sabía qué. Esto lo molestó sobremanera. Decidió esperar. Si el tiempo volviera hacia atrás, tal vez podría llamar a alguien. Ahora no, ahora estaba solo, y tampoco tenía ganas de hablar con nadie.

Un profundo olor a basura removió cualquier pensamiento pasajero. El perfume urbano llegaba desde el callejón Saturno. Pudo ver a dos mendigos luchando por un envase de plástico. Desagradable imagen. Giró la vista a la izquierda y un gran convertible desfiló como en una película. ¿El conductor sería feliz? Debía dejar de mirar tanto a los demás y pensar más en él. La vida era un desastre, todo era tan común, tan enfocado y real. Inesperadamente, recordó un chiste viejo y se rió en soledad, mientras cruzaba una avenida importante.

Ya faltaba menos. Frenó y colocó un cigarro en la boca. Tuvo que cargar las dos bolsas con una sola mano. Pidió fuego a un taxista que esperaba un viaje. Le devolvió el encendedor sin decir gracias. Al taxista no le importó. Cruzó al trote unos semáforos en rojo y le tocaron bocina desde una camioneta de escolares. Levantó la mirada y un niño de no más de nueve años le hizo el signo de fuck you, mientras otros compañeritos se reían. Tres cuadras más para llegar. Las hizo en paz, con la mente en blanco. 1434, primer piso, miró hacia arriba a la persiana entrecerrada, gris. Sintió el olor aburrido y el calor bochornoso del hogar.

Quiso entrar, no pudo. De todas formas, ¿qué rayos haría en la casa? Saludó al portero, un miserable jubilado llamado Carlos. Caminó una cuadra, dos, se perdió entre la gente, mientras un atardecer anaranjado derretía el cemento de la ciudad. El hambre se había ido. Recordó..., sí, mañana llovería, mañana nadie iría a la playa. Y por un instante se sintió mejor , bajo el ala inmunda del egoísmo.

miércoles, 1 de octubre de 2008

El duelo

Bajo la luna reposa un búho en un conjunto de árboles. La luz es intensa, de una claridad reveladora, y los ojos del ave brillan con suspicacia. Se escuchan pasos acelerados. El campo está en silencio y cada sonido es perceptible.
Desde lejos llega la silueta de un hombre grande, cuyos rasgos faciales permanecen indefinidos en la distancia. Se acerca rápido, con un trote desesperado, y cierto jadeo que rompe la calma nocturna. En lo alto del ciprés, la cabeza del animal gira casi de forma irreal, vigilando, siempre expectante.

Desempaca un bolso con rapidez y comienza a cavar un foso con las manos. La tierra es húmeda y viscosa, negra como el sueño más profundo. Reúne hojas y ramas, tapándose con ellas mientras se acuesta en el agujero. Ha desaparecido completamente. Sin embargo, no está dormido y sujeta con firmeza un arma en las manos, dispuesto a matar.

Todo el cuerpo se estremece cuando reconoce el galope de varios caballos. Un espasmo adrenalínico golpea la columna vertebral y las piernas –que parecen flotar-, mientras el cerebro permanece frío como el hielo, fijo, repasando una secuencia imaginaria de golpes, humo y sangre. Una tímida ráfaga de aire mueve las hojas de los árboles, que provocan destellos plateados en la noche.

Son tres o cuatro hombres, no más. Si se mueve rápido puede salir con vida de la cacería. El grupo enfila hacia la isla de árboles en medio de la pradera. Las voces rígidas, emiten órdenes precisas: Búsquenlo, y métanle un tiro al hijo de puta. Desde el escondite, el perseguido memoriza la posición de los sujetos a través de las voces. Un misterioso instante de silencio paraliza la escena, como si el mismo diablo llamara a la muerte, que acude voraz, furiosa.

El primer disparo es un éxito y el jefe del grupo cae fulminado sobre la raíz de un ombú. El perseguido salta del foso y hace nuevo blanco, esta vez un hombrecillo pequeño y robusto, que recibe una bala mortal en el cuello. No tuvo tiempo ni de gritar. Rodando por el suelo, el perseguido evita escopetazos y se esconde atrás de un tronco. Silencio. Pasos furtivos. El que queda vivo se dispone a liquidarlo, rodeándolo con experiencia. Existe una calma obscena, antes de que cada hombre descubra su posición y crucen fuego entre sí, un duelo sin vencedores, porque ambos caen como bolsas de papas sobre la tierra empapada, que absorbe la sangre de las heridas.

El búho, único testigo, vuela lejos, vaya a saber uno a donde. De todas formas, los cuervos serán los dueños del paisaje cuando el sol ilumine la mañana celeste y pura, sin nubes en el cielo.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Todos goleandooo

Uno compra la entrada. Se ilusiona. Se informa de todo pormenor acerca del trascendental cruce con el elenco ecuatoriano. Cómo está la salud de cada jugador, quien va de titu, o donde esta "El facha" Carini. Recuerda los pocos momentos de alegría que nos regaló alguna vez la Celeste -este proceso es más bien un olvido selectivo de la dosis enorme de sufrimentos que hubo y habrán por vivir-.



Uno entra al estadio, de un lado la barra de Peñarol, del otro, la de Nacional. Los cantos surgen de una tribuna y la masa copia tímidamente. Se espera con ansia el primer gol, ese que libera los nervios y permite empezar la fiesta -si señores, la fiesta del "Soy celeste, etc"-. No llega. Pasan los minutos. Se pueden apreciar los mismos jugadores que en la tele hacen goles todos los fines de semana en el mundo, pero acá es otro tema. Cuando hay que patear un centro, le pegamos a la tierra, y cuando ponemos a un jugador de dos metros -"Ole, ole, ole, ole, Locooo, Locooo"-, le hacemos centros a las hormigas.



Los hinchas amarillos cantan su clásica canción de que se puede ganar, para dar ánimo a las once topadoras que vinieron a defenderse. Un compatriota les grita fuerte: "Lo que no pueden hacer es ir a la playa". Al tiempo que un señor lo corrige, explicándole que sólo Paraguay y Bolivia no tienen acceso al mar. Ante tal despliegue de conocimientos geográficos uno se conmociona, y llega al elixir de la risa.



Entretiempo. Digale sí, todos los repuestos, más baratos...



Ponemos huevo. Ellos se cierran atras, vienen a rescatar el puntito. No podemos entrar, es imposible. Un tímido ataque en contra congela el aliento. Miedo.., uffff, ya está, la tiene nuestro golero. Aplausos. Veo a Carini en el banco, sentadito y con una campera tapandole el friíto de las piernas. Me tranquilizo con la imagen, no sea que pesque un resfriado.



Si ganamos quedamos terceros, nos aliviamos un poco. Pero no vamos a ganar. El inexistente tablero electrónico del estadio marcaría el resultado más amargo, un cero a cero enorme. Unos silbidos cálidos y reconfortantes despiden a los jugadores, mientras un grupo de orientales le arroja piedras e insultos a los simpatizantes ecuatorianos que se abrazan alocados-"Si se puede, si se puede, etc"-.



La gente vuelve al hogar con la esperanza ahogada. Se escucha un "...igual, como ganamos en Colombia perder estos puntos no es tan malo. Ganamos 4 de 6". Asi piensa un uruguayo promedio. Pero después de todo es nuestra forma de ser, nacidos para sufrir hasta el final, qué sería de nosotros sin esa cuota matemática que tanto nos gusta. Necesitamos la calculadora, unos hielos para calmar los ojos dolidos y alguien a quien comerle el oido con los disparates que se viven en el Centenario. Perdón, de verdad.

jueves, 14 de agosto de 2008

A m o r d e a s c e n s o r

Debo admitirlo, mi vida es una acumulación de situaciones aburridas. Desde que el despertador me saca del mundo de los sueños – religiosamente a las 6:45 AM-, paso el tiempo trabajando, primero como cocinero en un café, de tarde reparto encomiendas para el servicio postal. Ni más ni menos. Los días corren y mantengo la posición, no puedo darme el lujo de cambiar de empleo o dejar alguno y buscar otro porque, antes de pestañear, el violento darwinismo social me devoraría.

A pesar de esto, hace dos años que mi vida tiene un brillo especial. Debo dar las gracias a Marina, que con su espectacular figura alimentó, sin saberlo, mis más hondas fantasías. Cuantas veces la deseé, cuantas veces por día pensé en ella durante todo este tiempo, son cifras astronómicas, que daría vergüenza conocer. El caso es que no recuerdo la vida sin ella, a este punto he llegado, por eso averigüé la hora de su regreso a casa, y la esperé un millón de veces, sólo para verla desfilar por el hall. Unos breves segundos de dicha, yo perdido entre las piernas morenas, el rostro espectacular, el mejor cuerpo de la historia de la humanidad.

No tenía problemas en admitir mi cobardía. Así que, como siempre, dejé que el tiempo pasara. Marina ya no era una mujer normal, una sencilla secretaria de una casa de ropa deportiva, una displiscente ama de casa o la hija de Carla Trotta y Ramón Giménez, tal cual supe más tarde. No. Ella era una potra galopante, sencilla y completa, un auténtico mito viviente que podía estar en los brazos de cualquiera menos en los de un idiota insignificante como yo.

Cierto día, por razones que desconozco, un mecanismo desconocido en mi ser activó el terrorífico deseo de comunicación. Supongo que estaba desesperado, peor que un hombre sin agua en el desierto. Ella, dentro de aquel insoportable vestido rojo, ajustado contra el cuerpo latino perfecto, subió al ascensor otra vez. Yo, como un tonto que persigue el perfume inalcanzable del éxito, me lancé, tal cual búfalo en celo, forcé la puerta, ya casi cerrada, e ingresé con ella, totalmente dispuesto a seguirla hasta el maravilloso séptimo piso. Un edén de placer, el pequeño paraíso que nunca habría de conquistar. Insólitamente, el aparato se detuvo entre el cuarto y quinto piso, se apagaron las luces y todo fue silencio. Por unos segundos, me creí el hombre más afortunado de la tierra, encontré sentido a todo acto de mi vida, porque cada paso del destino o del azar me había conducido a aquel maravilloso encierro.

Cuando, instantes después, me dijo que tenía miedo y que por favor la abrazara, alcancé el nivel de felicidad más alto de mi vida. La busqué torpemente, como una víbora ciega, pateando las bolsas de nylon del supermercado. Toqué su mano. Qué momento. Cruzó sus brazos sobre mi cuerpo, a la altura del pecho, rodeándome con un aroma dulce, el aliento fresco del amor. De pronto, un ruido metálico, seco y cortante, un desprendimiento leve pero sostenido. El inmundo ascensor –al que estaré eternamente agradecido por dejarme conocerla- cayó sin freno hasta el subsuelo y se estrelló con un estrepitoso sonido, eliminando, de esta forma, cualquier conjetura acerca de mi buena suerte.

lunes, 21 de julio de 2008

La obra

Un arquitecto miró el cielo por última vez y ordenó: "Empiecen la obra". Cuatro inversionistas aprobaron de forma sistemática con movimientos afirmativos de sus cabezas. Los obreros, vestidos con uniformes de colores según el rango -amarillo para los jefes de cuadrilla, rojo para los electricistas, azul para los plomeros, marrón para los comunes para que la mugre no se note, etc- encendieron las máquinas y empezaron a moverse frenéticos. Todo parecía un caos, pero al mirar uno con detalle cómo se manejaba cada trabajador, descubría cierta perfección, la cosa se parecía a un panal de abeja, y la miel más dulce sería un enorme rascacielos de 1000 pisos.

La ciudad disparó hacia arriba con fuerza. No había espacio y cada vez llegaba más gente. El gobierno firmó un decreto por el cual "...todo rascacielo menor a 200 pisos deberá ser derrumbado, para dar lugar a construcciones más adecuadas". El afán del hombre por conquistar el cielo era una necesidad. Abajo, en las calles, las personas eran una mezcla irresponsable de culturas que creían funcionar bien, pero la realidad es que no se conectaban mucho. Cada cual hace lo de cada cual, era una frase común que hacía funcionar la sociedad.

Dentro de los rascacielos, la estructura de oficinas era configurada respecto a las alturas. Los pisos más altos eran por lo general los más lujosos, donde se ubicaban las firmas con poder. Abajo estaba el personal de servicio, más arriba los comedores, aunque era común que arriba tuvieran su propio comedor, para moverse lo menos posible. Así, cuando uno miraba el cielo, en vez de ver un pedazo azul con aves y nubes, veía las torres, y sabía que desde allí gobernaban el mundo. El resto sólo debía cumplir órdenes, de menor o mayor importancia.

Era curioso observar todo aquello, sentía que Dios estaba perdido, olvidado como un muñeco que cumplió un rol ya intrascendente. La edad madura de la humanidad jugaba con elementos fuera de su comprensión y creación.

Pasaron apenas tres meses y el edificio estaba finalizado. Todo marchó a la perfección. Los obreros ya no estaban -ahora no eran dignos de entrar allí- y los ocupantes nuevos llegaron. Las instalaciones se prendieron y la torre, ahora la más alta de la ciudad, comenzó a funcionar. Sería un ejemplo claro del avance humano. Algunos nos preguntábamos asustados hacia dónde estábamos avanzando, y la respuesta fue el silencio, ahogado únicamente por las corrientes de aire artificiales que soplan entre los rascacielos de la ciudad.

viernes, 4 de julio de 2008

Cereales


Voy a usar el blog como expresión autobigráfica. Esta vez, el protagonista de la historia soy yo. Y atentos los ocho lectores que me siguen, ¡porque esto es real!


El pasado domingo a la mañana tuve un accidente de autos donde perfectamente podría haber sido borrado del mapa. Un amigo no frenó en una esquina, sino que aceleró. Un taxi venía rápido y por eso fue un golpe bastante fuerte que terminó con nuestro auto sobre la acera, la nariz contra un árbol. El taxi embistió de costado, sobre el lado derecho, mi lado, girando sobre sí para finalizar apuntando al este, exactamente el destino opuesto al que se dirigía.


Consecuencias. Además de los daños en los vehículos
-va a ser difícil resucitarlos-, nosotros no sufrimos lesiones graves. Golpes en el cuerpo y un par de tajos en la cabeza. El conductor del taxi estuvo al borde de la muerte en el CTI, pero salió de tan difícil momento. Me acuerdo cuando bajé del auto el señor decía: "Qué golpe, no me acuerdo de nada".


Todos estos dias, sin embargo, pienso que los estoy viviendo como un regalo, la vida es un regalo. Es como cuando iba a la casa de un amigo -teníamos 10 años más o menos- y la madre nos daba yogur con cereales de postre. Una escena que se repitió muchas veces. Hasta que un día mi amigo, revolviendo el plato, dijo: "Si buscás abajo, los cereales todavía están secos". Era algo que ya sabía, pero no dejo de alegrarme que él se maravillara y tuviera el coraje de decirlo como la cosa más interesante del mundo.


Cada latido del corazón, cada respiración, tiene ahora otro sabor. Quería compartir este mensaje con ustedes. Paz.
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lunes, 23 de junio de 2008

--------acciónreacción--------

Quien más da, más recibe. El problema es darle a alguien que no entiende por qué le estás dando ni para qué. En este caso uno no recibe nada, o peor, se obtiene indiferencia.





Con la energía no se juega, si uno le da un puñetazo a la pared, la pared reacciona. Es algo cósmico, incuestionable. Y así con todas las cosas.





La lucha personal por conocernos, por sobrevivir, es una tarea que lleva a un egoísmo necesario.





Es fácil aparentar ser un tonto, un idiota sin cerebro.





Cuando un sueño se cumple, es necesario recrearlo inumerables veces en el cerebro, para escapar a la fantasía que habíamos generado previamente.





El olfato es la herramienta más poderosa de la memoria, un simple olor alcanza para lograr la teletransportación inmediata a otro tiempo y a otro lugar.





Cuando decimos sufrir por alguien, siempre estamos sufriendo, antes que nadie, por nosotros mismos.

domingo, 22 de junio de 2008

El vuelo


Salió a la calle y algo lo levantó por el aire. Ni siquiera pudo cerrar la puerta. Sintió tanta fuerza que no pensó en resistir. De hecho, tuvo que aceptar que volaba, y que él no controlaba nada. Subió alto y alcanzó las estrellas. El mundo se perdía en la distancia y el hombre sólo podía mirar hacia adelante, al universo oscuro e infinito que lo devoraba.

jueves, 19 de junio de 2008

Misión cumplida

Alguien había traicionado a la familia Maranzzano. Eso significaba sólo una cosa: la muerte. No había nadie más capacitado para matar que Fausto. La violencia inagotable que llevaba dentro del cuerpo había sido complementada con el uso de armas modernas. Esto lo hacía uno de los seres más peligrosos del mundo.
Los negocios de la familia mafiosa se extendían por varios países: en Marruecos, un señor llamado Marcus Hadji, no pagó lo que debía por un cargamento de cocaína. Decidieron enviar a Fausto.

Arribó a la ciudad de Fez en un día nublado y caluroso, con el único objetivo de realizar el trabajo. Fausto cargaba con unas cuantas muertes que, si bien lo habían hecho rico, no era el dinero lo que lo motivaba a actuar. Simplemente, la maquinaria del mal había echado raíces en su interior, y el mismo diablo parecía manejarlo como un títere frío y efectivo. Los trabajos de Fausto eran limpios: no fallaba, ni dejaba pistas. Sin embargo, Benito Maranzzano nunca había podido mirarlo a los ojos, y temía haber cometido un error al contratarlo. El jefe de la familia no era amigo del miedo y, ante la presencia de Fausto, un escalofrío recorría su espalda lentamente.

En las calles africanas, todo se movía de manera rápida y desorganizada: miles de autos atascados, hombres y mujeres –ellas con sus rostros tapados- caminaban ante la vista del asesino. Fausto tomó un taxi hasta el hotel y descansó con la nueve milímetros en la mano derecha.
Por la mañana verificó las instrucciones del jefe, obtenidas a través de un informante marroquí que trabajaba en la policía secreta. Sabía perfectamente dónde y cuándo atacar: a las diez y media de la mañana, Marcus Hadji tenía la rutina de caminar por el parque de su mansión, ubicada en un valle entre montañas. Un nuevo escenario de muerte que sería conquistado por Fausto. En esto iba pensando mientras manejaba hacia la cordillera de Rif, en las afueras de la ciudad.

Se instaló con el rifle en una loma, al resguardo de arbustos. Desde allí tenía una perfecta visión del parque por donde caminaría Hadji. Miró una vez más la foto de su futura víctima y esperó a que llegara la hora señalada. Cuando el reloj marcó las diez y treinta minutos, una persona con turbante salió de la mansión, con un cartel en las manos, emulando a una promotora de boxeo. Fausto, a través de la mira telescópica, se sorprendió al leer dos palabras en su propio idioma: estás muerto. Un segundo le bastó para comprender la trampa del jefe, justo antes de que una bala le atravesara limpiamente la cabeza.

miércoles, 11 de junio de 2008

Paraíso perdido

Un pabellón oscuro y la luz se filtra por una rendija, como una cascada macabra. Algunos roedores se muerden entre ellos por pequeños restos de comida y, un poco más lejos, personas duermen ajenas a la pesadilla de la vida. Hay que taparse los ojos para no ver lo poco que queda de la belleza. Un paraíso perdido, el resultado de la locura que arrebató la Tierra, cuando no había más alternativa que empezar todo de nuevo. Afuera del refugio en que se ha convertido el viejo hospital, las calles están semi vacías, y la gente pulula como fantasmas, ataviados en ropas desvencijadas que han perdido todo rastro de color. A veces se pueden ver inscripciones borrosas de las universidades y las ciudades de antaño, y uno siente nostalgia, impotencia y culpa. En sueños desesperados revive el deseo de recuperar las cosas comunes que teníamos antes. Pero no hay tiempo para distraerse, nosotros debemos sobrevivir.

Más a lo lejos, mientras camino sigilosamente, escucho gritos y ruidos de violencia: un hombre está siendo asesinado por una pandilla. Observo la escena como tantas otras veces. Lo golpean rabiosamente, y le roban lo poco que tiene: unas botas detrozadas y algún pedazo de pan. Han proliferado algunas pandillas que se mueven como culebras en las calles. Si uno no está atento puede morir antes de tiempo. Trepo una escalera con miedo a que se desprenda de la pared y llego a un balcón de un edificio abandonado. Mi intención es permanecer allí hasta que los asesinos se alejen. Hace días que no como algo sólido y estoy débil, por eso no es sorpresa cuando mi cuerpo pega contra el piso -puedo imaginarme visto desde afuera, como en un plano de una película tragicómica- y pierdo el concocimiento.

Despierto con un nudo en el cerebro y tardo muy poco en darme cuenta de que algún hijo de puta me ató mientras dormía. Intento mover las manos y los pies pero es imposible. No quiero emitir sonido para no llamar la atención. Repto por el piso -yo también soy una culebra en esta ciudad- para buscar el filo de un vidrio roto. Apenas logro elevarme del suelo y comienzo a friccionar la cuerda para soltar las manos. Gasto la poca energía que tengo pero lo logro. Después, las cuerdas de los pies. Estoy libre y con mucha rabia. Tomo un palo de madera y me escondo en las sombras para esperar, de todas formas me han robado la comida y el anillo familiar. Espero horas y no llega nadie, entonces resuelvo irme a la calle con la poca vida que me queda. En ese momento escucho pasos y vuelvo a ubicarme detrás de la puerta. Alguien entra y me abalanzo sobre él, asestando un golpe fortísimo en su estómago. Se dobla en dos y cae de rodillas al suelo. Le doy un golpe más para asegurarme que no se levante, y lo reviso. Encuentro mi anillo; la comida no está. Quizá sea yo también un asesino más, no lo sé, supongo que sí.

De vuelta en la calle voy al callejón de siempre. Los dos últimos años he vivido y buscado refugio allí. Tengo cuarenta años y ningún plan a largo plazo. Muchas veces me pregunté si era conveniente seguir luchando en estas condiciones, si no sería mejor dejarme ir como una piedra rodante, de una vez por todas, hacia el abismo sordo de la muerte. Y aqui estoy, aún vivo, aunque preferiría estar muerto, por más que suene dramático. Es la realidad que pesa sobre mis hombros con todo el terror imaginable y, sin embargo, la naturaleza pervive en mi ser...es el instinto impulsivo de vida.

Despierto atormentado, entre gritos y corridas. La paz es una palabra irónica. Mientras dormía, algún miserable se robó las botas que llevaba puestas. No me di cuenta. Maldigo al aire, en gritos blancos y vacíos, porque nadie me va a escuchar. En la calle, dos pandillas luchan por el control de la manzana. La ambición sigue un curso infalible, conquistando corazones hasta dejarlos sin latidos. Robots. Me arrastro entre la multitud, que se debate en una lucha encarnizada sobre la acera, me paro con inmensa dificultad sobre mis piernas y, con un último suspiro, pido a gritos que alguien me mate. Lo último que oigo son pasos ruidosos a mi espalda y agradezco la absurda situación de que alguien haga caso a mi pedido final.