jueves, 24 de diciembre de 2009

Final

Mis mejores deseos para todos en fin de año y para el que viene.
El video es de Joe Cocker: maestro de la música, y con la letra que canta, maestro de la vida. La canción es de 1994, y forma parte del disco Have a little faith.




Somewhere along the way
I got caught up in the race
I kept spinning and turning
Lost myself my hope my faith

We're always wanting more than what we have
And what I've learned is all I really need are...

The simple things
That come without a price
The simple things
Like happiness joy and love in my life
I've seen it all from so many sides
And I hope you would agree
The best things in life
Are the simple things

Hey everybody don't get me wrong you got to understand ambition and knowledge
Are the seeds of every woman and man

It's good to work... work hard and prosper
As long as you take time to find...

The simple things
That come without a price
The simple things
Like happiness joy and love in my life
I've seen it all from so many sides
And I hope you would agree
That the best things in life
Are the simple things

This world moves so fast
Sometimes you got to slow down, down, down
To find out what its all about





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viernes, 11 de diciembre de 2009

There´s no bad vibe cause we´re keepin it high

Awake es el álbum que Julian Marley, hijo de Bob, lanzó este año.
Canciones limpias donde las líneas de bajo rebotan en nuestras mentes; ´the bass line is movin trough me and through you tonight´, canta Julian en la canción On the Floor, el pedazo más bailable del disco.

La voz tiene un timbre parecido al de su padre, y descubrimos un paladar fino para las melodías.

Awake significa una apertura hacia las fuerzas naturales del mundo: amor, comunicación, fe, que tanta fuerza tiene en la religión Rastafari. Por encima de todas las construcciones humanas, está ese espacio tan difícil de alcanzar, de íntimo contacto con la tierra y las personas. ´None of the riches of the World, can stop Jah works´, expresa J.M en el track Jah works. Jah es el dios de su religión.

Con este concepto creativo de mochila, las letras abordan problemas concretos, como la ruda vida en la calle (Violence in the streets), los dramas de pareja (Stay with me), o la búsqueda personal, constante, por ser un hombre mejor en esta vida (Trying). Hay grandes ideas expresadas en todas las canciones para explorar. El tema Things ain´t cool anymore es, a mi entender, el mejor del disco. Allí une música y letra, las ideas que guían el trabajo en un molde soberbio de expresión sonora.

La música es un tipo de reggae sólido y moderno, respetuoso de las raíces originales. Nos llevan al pasado los pequeños arreglos en la percusión, los coros femeninos, las guitarras que evocan el sonido de grandes álbumes de Bob Marley, como Uprising o Kaya. En muchos momentos hay notables intervenciones de guitarra slide. La mezcla de sonido es fuerte, implacable. Esto, sumado a incursiones en terrenos más actuales como el dub o el dancehall (con un estilo de hip-hop jamaiquino al cantar), acerca el trabajo a nuestros tiempos.

En suma, es un disco recomendable, versátil, que se vuelve un vicio. Todas las canciones están buenas. Más allá de gustos o pre-conceptos, tenemos frente a nosotros una muy buena obra de arte.







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jueves, 12 de noviembre de 2009

Para no dormir

Miró al techo desde la cama. Lo distrajo el ventilador. Rápidamente se destapó y corrió a la ventana. A través de la rendija de la persiana, miró. Al principio no pasó nada. Veinte segundos después, tal como en el sueño que acababa de tener, aparecieron los hombres. Corrían calle arriba con pistolas en las manos. Los vió venir, de rostros enjutos y concentrados. A lo lejos, distinguió el sonido de los motores. No había sirenas ni bocinas. Más vendrían.
Ya sabía, sin saber por qué, que lo querían a él. Observó con los ojos bien abiertos cómo se daban señales mudas entre ellos, cercando la pequeña vivienda. Con la mano derecha, agazapado, manoteó la cuerda y cerró la persiana del todo. En una ráfaga eléctrica de pensamientos, deseó ser Juan Carlos, el vecino que dormía plácidamente en su cama.
Bajó las escaleras acelerando, su corazón agitado saltaba fuera del pecho; las piernas flotando de terror. Apagó la luz que dejaba siempre prendida en el piso de abajo. Y sintió pisadas que venían de arriba, de la azotea. Sin saber qué hacer, se tiró al piso y reptó hasta la pequeña puerta del sótano. A esta altura, cuando intentaba trancar la puerta con una vara de madera demasiado fina, sintió que forzaban la puerta más débil de la casa: la de la cocina. Cerró los ojos, apretándolos de una forma tan intensa que los pómulos rozaron sus pestañas. Rogó para que todo fuera la insólita realidad de una pesadilla. Pero no. Entonces comenzó a rezar, mientras los hombres tomaban la casa, en medio de la noche.



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miércoles, 4 de noviembre de 2009

La fuerza interior

Este video muestra el poder de la mente, la concentración, pero sobre todas las cosas plantea un gran misterio. Es la pregunta que los humanos nos hacemos desde tiempos ancestrales. ¿Qué somos?, ¿cómo es posible?, entre muchas otras.
Como está en cámara ultra lenta, el asombro que provoca es gigantesco.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Gordo, Gordo

Gordo pateaba la pelota contra la pared. Estaba solo. Hacía calor. Un sol aplastante caía desde el cielo, y algunas gotas de sudor brotaban de la frente del niño. Gordo estaba muy concentrado como para darse cuenta de lo que hacía. Era una concentración autómata, distraída pero perfecta, donde el paso del tiempo era irrelevante a merced de la pasión por el juego.

-Gordo, es casi mediodía, haceme el favor de venir a casa a comer-, dijo la mujer obesa, la madre de Gordo. Lo llamó, casi gritando, desde una ventana de la casita rosada. Llevaba puesto un delantal manchado con salsa de tomate.

Gordo optó por no mirarla y pateó la pelota con furia varias veces más contra el cemento grafiteado del callejón. Pero llegó la madre y lo arrastró puertas adentro, hacia la comida. Siempre la comida.

-Vení, es todos los días lo mismo contigo. Tenés que comer. Mirá cómo estás, sos un fideo.

Gordo empezó a enrollar los tallarines a la bolognesa sin ganas. Estaban buenos. En frente, la madre devoraba con desesperación su plato, y relojeaba la fuente transparente, seguramente para asegurarse de que había cocinado suficiente pasta.

-¡Eghstán muegnísimos!-, exclamó la mujer.

Gordo se volvió a su derecha y encontró la mirada desafiante del hermano. La boca llena de alimento, era una postal de la gula humana. No tenían mucho en común. Nada en común, para ser justos. Una inmensa distancia emocional los separaba desde pequeños. Además, los dividía el tema del peso.

-Gordo, mirá a tu hermano…, así tenés que comer, con ganas. Para eso te hicimos tu papá y yo-, avisó la madre con ojos cariñosos.

Gordo agachó la cabeza y recogió un poco más de pasta. Miró por la ventana y su mirada se iluminó. Los amigos del barrio llegaban a la canchita de tierra con una buena pelota. La madre detectó inmediatamente la situación. Y dijo:

-Ni lo pienses, amor. Estás gastando mucha energía. Vas a comer el postre y después dormir una siesta, como Dios manda.

-No quiero-, dijo Gordo con un hilo de voz.

-Le vas a hacer caso a tu madre.

Gordo hundió la mirada en el entrevero de spaghettis que era su plato. Juntó rabia. Y se la tragó como todos los días.

El hermano, “La bomba Julián”, como le decían Gordo y sus amigos, ya miraba T.V en el sofá. Emitían un programa de juegos y premios tontos. Julián descansaba su pesadez en el legendario sofá rojo, que ya había adquirido la forma redondeada del enorme culo que tenía. Gordo apreció la inmunda escena de todos los días. Sin terminar la porción, rumbeó hacia el cuarto para la siesta obligada. Dejar algo de postre (en aquel almuerzo flan con dulce de leche y nueces picadas) era una auténtica manifestación de rebeldía por parte del niño.

“Qué mierda”, pensó Gordo. Con esas dos palabras resumía su desprecio por la familia que tenía, y la angustia de no poder jugar al fútbol.

Se recostó en la cama, pero sabía que no iba a dormir. Puso las manos atrás de la cabeza y observó el póster de Zinedine Zidane. Era un póster bastante grande de 80 x 40 cm. Gordo lo tenía hace años y no se cansaba de observarlo. Zidane vestía la remera de la Juventus, el cuadro italiano que lo llevó a la fama. En esa oportunidad, enfrentaba a la Sampdoria. En la imagen, el semi-pelado estaba pegando un pase largo con gran técnica. Gordo repasó cada gesto físico del jugador. El impacto sólido pero delicado con el empeine del zapato en la pelota, el equilibrio de los brazos, la mirada fija en el balón. Imaginó el destino de aquel pase, y también la fantástica jugada que sin duda vendría. De pronto…

-Gordo, ¿te dormiste?-, gritó la madre desde la cocina.

-No. No puedo-, contestó Gordo.

-Entonces vení a terminar de lavar los platos, que tengo que ir a comprar la cena, antes que se lleven los mejores pollos del almacén-, vociferó la mujer desde la cocina.

-¿Vas a dejar que te pidan eso?-, abrió la boca Zidane.

-Gordo, te observamos hace tiempo, y sos bueno para esto-, completó Ciro Ferrara, gritando, porque estaba muy lejos en la foto.

Gordo abrió la boca y pronunció el silencio.

-¿Con quién hablás, Gordo?-, inquirió la madre.

Zidane y Ferrara le hicieron señas para que hiciera silencio. El resto de los jugadores observaban a Gordo, alguno, como el burrito Ortega, sonreía suspicaz.

-Con nadie, mamá-, alcanzó a decir el niño.

Volvió rápido la mirada al póster, y notó que Zidane lo llamaba.

-Vení, Gordo. Nosotros te vamos a ayudar-, dijo el astro. Y estiró la mano hacia Gordo. El niño vio cómo la tribuna tomaba movimiento, el sol del estadio delle Alpi impactó en su rostro momificado. El sonido ensordecedor de los tiffosi copó de a poco el cuarto, para luego extenderse en cuestión de segundos a toda la casa. Gordo sintió los pesados pasos de sus familiares, que gritaban y se aproximaban al cuarto. Corrió y cerró la puerta con llave. Ahora, el viento suave de la primavera italiana flameaba sobre su remera vieja. Gordo se miró y sintió miedo: ¿cómo iba a jugar así, sin la ropa oficial? Miró a Zidane, buscando una respuesta.

-No importa, apurate, ¡tomá mi mano!-, gritó Zidane con voz de capitán.

Gordo manoteó los zapatos de fútbol y entró. Afuera, en el corredor, la madre gritaba:

-Gordo, ¡apagá la radio y vení a la cocina! Te voy a poner en penitencia por toda la semana. ¿Gordo? ¿Gordo? ¡Estás castigado!

Pero Gordo amortiguó de pecho el pase de Zidane y encaró hacia el área para enfrentar al golero.





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martes, 6 de octubre de 2009

ITGWO

Este mes coloco el video de una canción que es un clásico de Tom Petty. Personalmente, uno de los mejores videos musicales que vi, porque es una película entera en seis minutos de melodías espléndidas. Fantasía y realidad van de la mano. Muchas veces nos perdemos en la confusión. ¿Hasta dónde somos nosotros mismos?


Eddie waited til' he finished high school
He went to Hollywood, got a tattoo
He met a girl out there with a tattoo too
The future was wide open

They moved into a place they both could afford
He found a night club he could work at the door
She had a guitar and she taught him some chords
The sky was the limit

Into the great wide open
Under them skies of blue
Out in the great wide open
A rebel without a clue

The papers said Ed always played from the heart
He got an agent and a roadie named Bart
They made a record and it went in the chart
The sky was the limit

His leather jacket had chains that would jingle
They both met movie stars, partied and mingled
Their A&R man said "I don't hear a single"
The future was wide open

Into the great wide open
Under them skies of blue
Out in the great wide open
A rebel without a clue



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jueves, 1 de octubre de 2009

Los Duendes

Xuxa: "Tengo orgasmos múltiples y veo duendes. Yo estaba en una hacienda cuando levanté la colcha y vi a un duende abajo de la cama. Me quedé rezando, no estaba preparada para ver a ese ser". Al igual que Xuxa y mucha gente más, creo en los duendes.
Cuando pienso en un duende, imagino una criatura que nunca vi, vendría a ser como un unicornio, pero la diferencia es que el duende sí existe. Identifico el gris, el verde, rojo y violeta como sus colores preferidos. Un duende conoce muy bien al humano, sabe las pequeñas tretas que nos vuelven locos.
A mi los duendes me robaron tres juegos de llaves en dos meses. Eso fue cuando tenía trece. Después aflojaron porque se dieron cuenta que ya era demasiado.
Una situación típica para identificar la presencia del duende es la pérdida inexplicable de llaves, tarjetas, celulares, billetes, o algún papel importante con anotaciones que vas a encontrar cuando ya no sirvan para nada. Al duende le fascina verte buscar, disfruta de las preocupaciones ajenas.
Sin embargo, no creo que sean malignos. Los actos de los duendes pueden dejar grandes enseñanzas para el futuro, siempre que aceptemos su existencia. Las frustraciones causadas por los duendes nos hacen mejores personas. El duende ataca especialmente a quienes andan por la vida sin prestarles atención. Nunca es bueno negar al duende.
Conozco el caso de un amigo que cree en ellos. Perdió la billetera dentro de su casa de manera increíble. La buscó por días, hasta que, desesperado, gritó: <<¡Por favor, dénmela!>> A los dos minutos encontró la billetera en un lugar totalmente accesible, donde había buscado varias veces. Es creer o reventar.
Estoy casi convencido de que atacan especialmente a las personas necias, las que se ofuscan rápido y pierden el control. Además, este tipo de personas tienden a no creer en los duendes, lo que constituye un grave error. Ahora mismo podrías tu estar rodeado/a de duendes.
Por último, mis investigaciones acerca de los duendes muestran que hay dos tipos de razas: el duende de la ciudad y el duende de campo, o duende "natural". El duende de ciudad es el que se divierte con nosotros, puesto que vive alrededor de nuestras casas o incluso acurrucado en algún armario. El duende de campo reside en aquellos bosques autóctonos de la campaña, es muy veloz y detesta el contacto humano. Ambos comparten la característica de ser invisibles. El avistamiento de Xuxa es algo fuera de lo común, quizá el duende se durmió en la suavidad del colchón humano-lo cual constituye un grave error porque el sueño los vuelve indefensos y visibles-, o pudo sentirse atraído por la potencia sexual de la diva. Sólo Xuxa sabe.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

El genio y el Sabio

Ser genio no es ser sabio. El genio es alguien que desarrolló su inteligencia de forma extraordinaria. Alguien que alcanzó nuevos horizontes en las ciencias o el pensamiento humano. Pero la aplicación de dicha inteligencia en la realidad no está contemplada en el concepto. Por eso, Einstein era un genio, pero no un sabio. Formuló una ley indispensable para la humanidad. Ayudó a contruir la bomba atómica. La ciencia avanzó con gran maldad. Después de ver lo que hicieron con su descubrimiento (Hiroshima y Nagasaki), trabajó para frenar el camino humano hacia la autodestrucción, que él ayudó a forjar. No fue sabio.
Un sabio es aquel que logra una conexión con el universo. El sabio no teme a nada, es un visionario. Para él, el mundo discurre de modo evidente. El sabio conoce, saborea en su paladar la magia de la vida. El sabio enseña con el ejemplo y no con las palabras. El sabio, sobre todas las cosas, es dueño de actos puros, alejados en todo aspecto de la maldad.



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jueves, 17 de septiembre de 2009

Robert Cray

Del disco conocido como Midnight Stroll, o Paseo de Medianoche en español, una gran canción dramática de las que a mi me gustan, pero me gustan de verdad. Robert Cray, un talentoso músico.




The forecast calls for pain


Coffee for my breakfast

Shot of whiskey on the side

It's a dark and dreary morning

With the clouds covering up the sky


Chorus:


The forecast calls for pain

The forecast calls for pain

My baby's turning cold

And the forecast calls for pain


We stayed up all night talking

She's grown restless she confessed

She says there's no one new

But deep down I know that's next


Chorus


She says she tried and tried yes she has

But slowly her love has died

I can see that deep down inside she's changed

The forecast calls for pain

The forecast calls for pain

The forecast calls for pain

Yeah, yeah, yeah


I can hear approaching thunder

I can feel chills run up my spine

I've seen love freeze before

And I know I'm on borrowed time


Chorus


I can feel the thunder

I can see the lightning

I can feel the pain

Oh, it's gonna rain




Espero hayan disfrutado. Hasta la próxima.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Gato Negro (final de la historia)

Llegó un tiempo en el que varios gatos negros danzaban por los tejados del barrio. Hijos o nietos del mío, generaciones de gatos negros. Igual se enfrentaban entre sí, de noche y de día, con maullidos que parecían el llanto de varios bebés desconsolados. Como los leones de Discovery, los gatos peleaban por las hembras, por la chance de reproducirse. Por eso, mi gato también marcaba obsesivamente el territorio con orina, y a los dueños, se nos refregaba como una serpiente entre las piernas.


Fede era un vecino mío que tenía una siamesa en perfectas condiciones. De pedigrí, como se dice normalmente. La gata vivía adentro de la casa, hacía caso cuando la llamaban por su nombre (igual que un perro) y usaba un collar con cascabeles en el cuello, que delataba todos sus movimientos. Sólo salía para hacer las necesidades. Un par de veces, Fede vino con mensajes del padre, que decía “
a ver si podíamos controlar al gato negro, porque andaba merodeando cuando la siamesa estaba en celo”. Pero era imposible controlarlo, vivía por ahí. La cuestión fue que, meses más tarde, Fede trajo la noticia de que su gata estaba embarazada y no sabían cómo ni de quién. Un tiempo después nacieron ocho gatitos, seis de ellos totalmente negros.


En sus últimos años, a Tom se lo conocía por el nombre de Mino, o Rey Mino. Como dije antes, tuvo varios nombres que nunca respetó. El trajín de vida violento se mantuvo, aunque los tiempos de recuperación tras las peleas se hicieron más y más largos. Además, los gatos jóvenes le provocaban mayores daños. Fue al veterinario varias veces. Las penurias físicas eran insalvables y cuando cumplió once años decidieron castrarlo. Su maldad se acentuó luego de la operación. Al poco tiempo se fue como hacía siempre pero, esta vez, no regresó a casa ni se lo volvió a ver sobre la faz de la tierra.


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sábado, 5 de septiembre de 2009

Gato Negro (parte II)

Con el paso del tiempo tuvo varios nombres más, pero nunca hizo caso cuando lo llamaban. Para que un gato responda a un apodo, su nivel de domesticación debe ser alto, y mi gato siempre ostentó la más amplia libertad en sus traslados. En su juventud, adquirió un tamaño normal y cierta elegancia. Era ágil y egoísta. Solía afilar las garras constantemente contra maderas o ladrillos. Es que poco después comenzaron los duelos con otros gatos de la zona. Regresaba con las orejas rotas o algún tajo. Pero se recuperaba rápido.



El comportamiento del animal se volvió utilitario a medida que maduraba. Reacio a las caricias extensas, sólo prestaba atención en los momentos que recibía comida. También se perdía entre las casas por semanas enteras, y luego volvía con hambre y lastimado a recuperarse. Dormía grandes siestas enrollado sobre sí mismo. Sospecho que había otras casas donde le daban comida. La libertad del gato era total. Le gustaba que mi hermano lo sujetara fuerte y lanzara varios metros en saltos artificiales. Siempre caía de forma neumática sobre el pasto y volvía para que lo lanzaran de nuevo (a la quinta vez, ya aburrido, se alejaba apático del lugar).

Las cosas cambiaron cuando llegó Dago, un perro labrador negro.



En general mantuvieron una relación distante, de ignorancia, alternando peleas y momentos de paz. A veces reposaban al sol bastante cerca el uno del otro. Cuando se peleaban, el perro siempre perdía. El gato no tenía miedo, se plantaba firme y lo atacaba con furibundos zarpazos al hocico. Después corría y se alejaba por los techos. Sin embargo, hubo una ocasión en la que el perro casi lo mata. El gato tenía una casa nueva para dormir, con techo desmontable. No le gustaba, pero conseguimos seducirlo para que durmiera ahí, dándole la comida adentro. Hasta que una vez se peleó con Dago, y no podía salir. Tiraba garrazos por la pequeña puerta de la casita, mientras el perro ladraba contento. Cuando la desesperación lo empujó a salir, Dago lo estaba esperando, y le dio un par de mordidas que dañaron su orgullo. Nunca más utilizó la casita.


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lunes, 31 de agosto de 2009

Gato Negro (parte I)

Si el perro es leal y amigo, el gato es astuto e independiente. No tengo miedo a los gatos negros, porque tuve uno. Fue una mascota muy especial, que vivió con gran rebeldía la civilización del hogar. Su vida transcurrió salvaje y utilitaria. Con problemas, heridas y mucha furia.
Una tarde de 1994, el gatito se aproximó a la máquina cortadora de pasto (encendida), sin temor alguno, mientras mi hermano desarrollaba tal tarea. Estuvo un rato observando y luego desapareció. Era hijo de una gata de los vecinos, que había tenido sus crías en una barbacoa destrozada del terreno lindero.
Los niños vecinos tomaron la decisión de adoptar a varios (que luego regalarían), con la emoción típica que surge frente a una nueva mascota. Nadie quería al negro y me lo quedé. Era el único totalmente negro y me resultó interesante. Más tarde, una semana después de tenerlo en casa, una de las vecinas intentó apoderarse de mi animal, proponiendo un injusto intercambio de Tom (nombre que le había puesto en honor a Tom & Jerry) por una gatita blanca con manchas marrones. El capricho infantil de los vecinos tenía raíz en un gusto inesperado por el color del gato: un negro intenso que resultaba brillante a la luz del sol, con destellos azulados. Defendí a ultranza la propiedad del felino, me gustaba, y ya era mío definitivamente. Todo terminó en aires de pelea con los otros niños, pero lo más importante era quedármelo.


Ya de pequeño, Tom daba muestra de su maldad intrínseca, mordiendo lo que encontrara al paso, con los pequeños dientes afilados que tenía. Ocasionalmente, los vecinos insistían en juntar a los gatitos hermanos para jugar, pero no me gustaba la idea, por temor a que intentaran sacármelo de nuevo.
Recuerdo cómo, con mis escasos cinco años, practicaba juegos rudos con él, juegos de naturaleza cruel. Solía colocar al animal en un balde o canasto, el cual giraba varias veces por el aire a gran velocidad. La velocidad era un factor clave para que Tom no saltara o intentara escapar. Después, al apoyar el balde en tierra firme, el animalejo salía tambaleándose de la trampa, y yo me reía mucho del gatito "borracho". Aquí abajo, "el canasto del terror".
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También sujetaba su cola fuertemente, frenando el movimiento ondulante y repetitivo, lo que irritaba mucho a Tom, que reaccionaba con maullidos y "fssssss´s", orejas chatas y zarpazos. Estas chanzas ayudaron a forjar un espíritu rebelde, tormentoso, rudo y violento. Al analizar la situación ahora, descubro la agresividad del vínculo que tuve con el gato, cuando él y yo eramos pequeños. Fue una lucha de poder que nos hacía enemigos íntimos, amigos, y así sucesivamente...
Sin embargo, decir que no había momentos de paz y ronrroneo, de siestas enrolladas y caricias, sería faltar a la verdad. Además, siempre le daba de comer, y lo dejaba entrar a escondidas en la casa. Por aquel entonces no tenía perro y el gato fue gran compañero.


sábado, 29 de agosto de 2009

<>

Miró en el espejo. De pronto se encontró buscándose, tratando de unir lo que pensaba de sí mismo con la asombrosa imagen que proyectaba el cristal. No le fue bien. En este ejercicio inesperado, se sintió ajeno y despojado. Veía su nariz respirar, la comisura de los labios contornearse de forma ondulante, el cuerpo entero obediente del siniestro cerebro. Vio sus gestos, y se dio cuenta que no eran como él pensaba, que había miles de posibilidades de interpretarse y ser interpretado. Los otros lo codificaban a su antojo. Llegó el punto en el que nuestro amigo parpadeó inseguro.
Aquellos ojos abismales, que miraban y eran mirados; la delicadeza de las imágenes que hacen al mundo. El detalle en el detalle. Sentido y absurdo, todo al unísono. Una arruga, evidencia del tiempo que lame la piel como una termita invisible-voraz.
De manera sorpresiva comenzó a bailar. Los movimientos corporales carecían de sentido: no había música. ¿Así era como él bailaba? Uff...
Acercó el rostro hasta juntarlo con su doble del cristal. La superficie empañada ocultó por un instante nariz y boca. Cuando la niebla se disipó, acarició la piel de las mejillas y se sintió a sí mismo de forma primitiva.
Era evidente, sencilla, clara, transparente y cruel, la absoluta certeza de no saber quién demonios era aquella persona del espejo y de la realidad.
Por último, acomodó el nudo de la corbata (como su padre le enseñó), dio media vuelta y se fue a trabajar a la oficina céntrica.

viernes, 14 de agosto de 2009

Mi canción de Charly García


Charly García es un condensador de la soledad.

Es simpático, astuto, cruel.

Charly no puede estar enamorado.

Él hizo que su nombre fuera cool.


Charly es saltarín, no le teme a las alturas.

Pero tiene miedo.

Charly no pide permiso.

Hace bandas sonoras que se cuelan en el alma.

Y no pide permiso.


Sabe cómo conquistar chicas,

Es radical.

Charly es famoso,

Aunque sólo puede vivir su vida.


Charly se burla de todo

Y toca en la Casa Rosada

Charly tiene imaginación

Y un gran disco unplugged


Charly tiene muchos pianos

Etapas y guitarras rotas

Tiene amigos

Música suave y fuerte


Charly no se entiende

Pero explica cosas bien

Es bueno y malo

Es humano


No es un asesino

Porque gozar es muy diferente a matar


Charly es:

Es el loco y genio que ni vos ni yo somos.

Es el que prende y el que apaga la luz.

Charly, cuando leas esto preguntate,

¿Sos inmortal?

miércoles, 5 de agosto de 2009

Los amigos

No nos da la vida para conocer a cada ser en profundidad. Jugamos con el tiempo, en circuitos sustituibles de circunstancias.
Distintas personas vienen y van, aportando energía y comunicación. Con algunas formamos vínculos extraordinarios, que provocan escalofríos de alegría, y una extraña sensación de seguridad en el duelo constante con la realidad.
Hay amigos que permanecen en el tiempo. Siempre renovados. Están ahí. Nos quieren y nos admiran, y nosotros a ellos. Porque son dignos compañeros de vida.
Frente al torbellino de personas sin conocer que hay, deben existir grandes amigos que nunca veremos, charlas afiladas y astutas que no serán jamás.
La simpleza del amor está allí donde podemos querer y ser queridos. El gran camino de búsqueda y mezcla emocional que nos aleje de pensamientos reducidos y abra espacios mentales mucho más grandes de lo que imaginamos.
Los amigos tienen el poder de cambiarnos y hacernos cada vez más nosotros mismos.

martes, 4 de agosto de 2009

Dia de Sierras


Las sierras son un espacio abierto. Un escenario de horizontes verdes y lejanos, de cielo limpio, azul y celeste. Sopla el viento parejo, como proveniente de un ventilador inmenso. Hay silencio. Arriba, las aves juegan en el aire de formas mágicas: algunas encuentran caminos veloces, otras vuelan estáticas, paralizadas en un vacío invisible. Existen ovejas que se funden con las rocas. Y un caballo se alimenta distraído, sin horarios. Sobre la cima rocosa hay flores amarillas, que salpican de color la tierra. Cuando cae el sol, las sombras dan un toque monumental al paisaje. Los rayos de sol bajan tenues, y en el cielo nacen nubes oscuras, antes escondidas por la luz. ¿Alguna vez estas sierras fueron enormes montañas que nadie pudo contemplar?








lunes, 3 de agosto de 2009

Ideas sueltas

El otro día, una persona que quiero mucho, me leyó partes de un libro, las cuales decían que los grandes personajes humanos viven por fuera de lo políticamente correcto. La sensibilidad abierta, y las incontrolables ganas de trasmitir y recrear una realidad brutal o hermosa, brutal y hermosa.
Me acuerdo de Charly García, de la locura de Beethoven, de Mandela, de Maradona, de Stalin o de Hitler. A pesar de la disparidad entre ellos, comparten la cualidad de desafiar la realidad, de chocar y enfrentarse, de caer en abismos terroríficos. Jesús atacó el orden establecido, con la revolución del amor. Pero,¿por qué nos acordamos de ellos? -para bien o mal, no importa-.
Todos estos íconos humanos han hecho cosas extraordinarias. Son las personas que actúan con profundidad. Por ellos se modifican millones de vidas en diferentes tiempos y espacios.
Siempre se buscan referencias en aquellos que se rebelan contra la realidad que los rodea. Obviamente, esto trae consigo la idea, impermeable, de que el humano no ha logrado un sistema amable de vida.
Yo pienso por lo que veo -puedo sonar pesimista-, que hicimos mierda, en el sentido literal de la palabra, al planeta. Me siento parte de una especie tonta. Pensamos pero pensamos mal. Somos más malos que buenos. Veo a un simio caminar y mover los brazos como el Chengue cuando hace un gol, y sé que ese mono es menos dañino que yo para la Tierra.
Ante tanta cantidad de personas, cada una con sus necesidades, deseos, miserias y luchas, es lógico que surja el más profundo egoísmo.
Todo el mundo quiere ser feliz, ¿pero cómo? Buscamos por lados equivocados, somos demasiados, para qué hacer armas, bombas, aviones de guerra. Somos insólitos.
Vivimos todos juntos en el mismo planeta, pero nuestros universos privados nos alejan y nos hacen ajenos a los demás. No hay tiempo para procesar las cosas. El tiempo de la contemplación terminó. Yo solo puedo ver velocidad, locura, olvidos colectivos que son mentiras colectivas.
En este contexto, una buena charla, distendida, verdadera, y por qué no cruel, vale oro. Y siempre agradezco la chance de poder pensar este tipo de cosas, de tener el tiempo de hacerlo, de no pasar hambre ni frío.
Aristóteles dijo que el hombre antes de ser feliz y pensar necesita alimentarse.

miércoles, 22 de julio de 2009

Taxismo, breve análisis

Hay taxistas que se levantan a las dos de la mañana, suben a la unidad -nombre que sustituye al de auto-, se sientan, y manejan hasta las dos de la tarde. Sin parar. Cuántas cosas pasan en esas doce horas, cuántas cosas hiciste vos en ese tiempo. No sé, pero de algo estoy seguro: siempre te subiste a un taxi y escuchaste puteadas, bocinazos, malas maniobras, ansiedad y rabia. No importa la longitud del viaje, alguno de estos elementos siempre está presente. Y dijiste muchas veces -o pensaste- "tachero de mierda, mirá lo que hace". Acordate, son doce horas ahí arriba. Todos los días.
Un taxista que trabaja doce horas por día gana algo así como $10.000. También tenés la chance de subirte ocho y ganar menos. Pero analizo ahora al que trabaja doce horas y en el turno nocturno, porque es el ejemplo más cruel de la profesión.
El curso horario del ser humano normal se ve alterado. Es vivir al revés, sos un vampiro de la calle, sólo que cuando se hace de día hay que seguir. Por lo general, te acostás entre las ocho o nueve de la noche. Te podés acostar antes, lo cual sería sano, pero cuanto antes te acuestes más se reduce el tiempo de vida libre. Más o menos una y media de la matina despertás. Media hora te separa de estar al volante. Cuando te subís, empieza la travesía. Durante muchas horas tu tarea es manejar una unidad que no es tuya. Hay que estar atento y no chocar. Hay que hacer la mayor cantidad de viajes. Cualquier taxista te puede confirmar que hacer de treinta a treinta y cinco viajes en un turno es un éxito. Como es lógico, al llevar más pasajeros, se gana más guita. Por eso las enemistades y las peleas en las grandes terminales como Tres Cruces.
Si propones diálogo, el taxista sabe de todo. Es todólogo. El aporte de la radio capaz es importante, o las charlas que se multiplican con los pasajeros, pero en realidad no sé cómo saben tantas cosas de la sociedad y el mundo.
El tema de la columna y los dolores, que también influyen a la hora de tocar bocina o agredir, es un tema común. La posición del taxista se volvió más incómoda con la mampara, porque achicó los espacios.
"Con un palo verde no laburo más: me compro dos taxis y dos apartamentos", escuché decir ayer por la calle.
Quería terminar, si leyeron hasta acá, es un trabajo complicado el de taxista nocturno. La vida se comprime y se gasta de forma acelerada. Cuando te bajás del aurinegro, no te dan ganas, por ejemplo, de ir a jugar un fútbol 5 o salir a correr. Esto también explica, y multiplica, las panzas. La crueldad de la profesión, también se traduce en escasas mujeres a cargo de un taxi. Además, ahora no ganan nada comparado con las gloriosas décadas del siglo XX.

sábado, 4 de julio de 2009

Where are we?

Universal

Como el fuego toca la madera,
La desaparece,
Y da calor.
Como el viento vuela las hojas,
Muertas,
Y les da vida.
El mar tiembla despacio,
Sin pensar,
Bajo el sol.
Surco el cielo celeste,
Y negro,
De estrellas perdidas.
Lejos, cerca, serían lo mismo,
Si todo vuelve a su lugar.
Primer segundo del tiempo
Sin el hombre.
Tierra nace, Tierra muere,
Y nosotros...
Misterio intocable,
De las cosas como son,
De lo que no serán,
En un futuro normal,
Lleno de energía
Que nunca se pierde.
Como la palabra que escribo,
Hace eco de mí
En tu mente
Estoy aquí, soy parte,
Siempre.



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viernes, 3 de julio de 2009

Baño en Playa Honda



Caminando por la rambla veo de lejos lo que parece una mujer bañándose en el mar. En el río marrón, para ser más justo. Todavía hay sol, pero es una de las tardes más frías del año. La situación es curiosa, entonces me acerco y me siento en el muro que separa la arena de la calle. Justo frente a la mujer. Y miro. Contemplo lo que podría calificar de "placentero baño invernal". Según deduje, la señora, que tendrá unos avanzados 50 años, ha construido un fuerte ritual. Ella sale de su casa vestida con una bata blanca y chancletas. Cuando alcanza la orilla, se saca ambos elementos, y enfrenta al río con una malla de cuerpo entero. Los pescadores la miran perplejos. En su mundo, ella entra lentamente al agua, camina sin prisa hasta un buen punto, y se zambulle repetidas veces. Además, se desparrama agua por el rostro como si quisiera lavarse. Más o menos cinco minutos después comienza la retirada. Sale, desata el pelo largo, y se coloca la bata. Luego se quita la malla y la escurre. Antes de irse, dibuja con una chancleta extraños símbolos en la arena. Sube la escalera con una sonrisa y la cruzo como de casualidad: ¿Está buena el agua?, le pregunto. Muy linda, como siempre, me contesta. Y se va a la casa.
Sentí ganas de ver sus dibujos, me acerqué, pero eran formas y letras extrañas que no pude comprender.


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domingo, 28 de junio de 2009

Así es la vida, cualquier cosa puede pasar

Se despertó y tenía todo controlado: los archivos, el maletín para llevar los archivos, y el arma. Para qué cargar con un arma si no sé dispararla, pensó A. Pero la dejó en su lugar, ajustada entre la cintura y el pantalón.
A veces, uno sabe que no necesita una cosa de verdad pero, al mismo tiempo, la sensación de no tenerla -a la cosa, revolver en este caso- nos prohíbe de movernos con soltura.
Miró por la ventana, corriendo suavemente la cortina, con la esperanza de descubrir algún indicio de misterio en la calle. Todo estaba normal. Abrió la puerta y bajó las escaleras. Las escaleras eran viejas y en forma de caracol, con pedazos de mármol negro y blanco en los escalones, cemento blanco en las paredes. Tocó la calle sin problemas.
Decir que A sentía temor o algo parecido sería mentirles, porque todo el cuerpo estaba ciego, cargado de adrenalina y dominado por fuerzas extrañas. Subió al auto sin preocupación alguna. Nadie iba a ser tan estúpido de matarlo con una bomba y destruir los archivos. Sin embargo, al momento de encender su Buick marrón y cuadrado, el corazón de A envió un violento bombeo de sangre, como si fuera a romper el pecho, atravesar la ropa y saltar a la calle despavorido. Pero no pasó nada, y el tic-tac rutinario regresó de inmediato. Manejó en paz por varios minutos, nadie parecía seguirlo. Al llegar a la calle Harrison, donde están colocados esos semáforos eternos, vio por primera vez al coche gris. Miró con calma el espejo retrovisor, innumerables veces, siguiendo el juego del gato y el ratón. Los perseguidores -estaba casi seguro de distinguir dos contornos en los asientos delanteros- se mantenían a una distancia prudente, pero no perdían el paso. Ahí están los hijos de puta, se dijo A con emoción. Deben ser profesionales, me siguen a la distancia justa, continuó A. Pero, en cierto punto del trayecto, el coche gris prendió el señalero, dobló a la izquierda, y se perdió de vista. A quién le habrán avisado, se preguntó A. A continuó manejando, atravesó el centro de la ciudad, escapando por los suburbios hasta llegar a la autopista. Era un camino largo hasta el punto de reunión con su contacto. A su derecha, un avión despegó en rasante vuelo hacia el cielo. El aeropuerto, gritó A. De inmediato, como quien espera comprobar algo evidente, A bajó la ventanilla y miró hacia arriba, no en dirección del avión recién despegado. No. A buscaba otra cosa. Cuando lo detectó, primero como una leve mancha informe y sin ruido, luego más cercano y gris, con sus aspas locas agitándose al viento, A se rió a carcajadas, cerró la ventana y apretó el acelerador. Perdiendo ya los estribos, manoteó el teléfono celular y discó: 6380465.
-Te dije que no llamaras a este número.
-¡Hijo de puta!-dijo A histérico al teléfono-, por qué mierda me siguen, primero el auto, ahora el helicóptero.
-Tranquilo, nadie te está siguiendo.
-Sacame este bicho de encima, dejame tranquilo, o prendo fuego todo.
-Ya se va...no te distraigas, y no demores.
Cortó. A escuchó por unos segundos el sonido monótono de cuando alguien corta el teléfono. Estaba pensando. Tiró el teléfono al asiento trasero. El aparato volador pasó de largo y se perdió en el horizonte. Sintió a la estupidez, como una manta caliente y amplia, abrazar su cuerpo. ¿Cómo fui tan ingenuo, tan estúpido, tan...? Lo iban a "borrar", "limpiar", "secar", lo iban a enterrar a un lado de la ruta y nadie lo encontraría jamás. Se puso nervioso, ya no miró más por los espejos, sólo hacia adelante. Sacó el arma del escondite, la manipuló, eliminando el seguro. Iba a tener que actuar rápido. Iba a tener que disparar.
Ya de lejos vio el auto negro estacionado. Fue bajando la velocidad progresivamente, dobló a la derecha, con la mente en blanco. Estacionó. No sabía si sus músculos eran suyos o de una marioneta flexible y absurda. Tomó el maletín y bajó del auto. Él hizo lo mismo. Se acercaron. De pronto, él frenó a cinco metros de distancia. Habló sin titubeos: "Dame el maletín y andate del país cuanto antes". Cruzaron miradas, y A reconoció el bulto en el costado de su pantalón. No lo dudó. Metió mano y sacó el arma con una velocidad anormal. Disparó una, dos, cuatro veces sobre el sujeto, y permaneció inerte en el lugar, paralizado. Tiró el revolver, que cayó lejos y levantó una pequeña nube de polvo. Miró a la ruta y distinguió dos autos estacionados. Se arrodilló, vencido. Dentro de uno de los coches, un hombre mantenía un diálogo nervioso y entrecortado: “Sí, en la ruta… ¡La 54!...Ya le dije, hay un hombre que está disparando al vacío, tiene un arma y dispara…Está bien, no, no me voy a quedar acá, muchas gracias por el consejo”.

miércoles, 17 de junio de 2009

Febrero

Mira la fotocopia como una sentencia de muerte. Afuera brilla el sol, son las once de la mañana y acaba de empezar un momento decisivo en la vida de G.
Muerde la lapicera y la babea. Comete un error que compromete todo: realiza un paneo general del examen. Una carretera repleta de números y problemas casi imposibles de resolver. Piensa en el profesor, el señor Martínez, con su bigote legendario y el portafolio marrón, de donde surgen, incansables, los más horribles ejercicios. Martínez condimenta sin asco los exámenes. Se sienta durante horas en la casa, armando el cóctel molotov que acaba de explotar en la cara de G. G analiza cuál de los ejercicios es el más "entrable". Se decide por el número dos, una ecuación eterna que practicó en la semana, bajo el ala protectora de Mirtha, la particular que le obligó a ir su madre. Pero ahora está solo. Y, como era de esperarse, las cosas no salen. Se maneja y llega a un final que no lo convence para nada. Cuando va a verificar las cifras, con el corazón latiendo fuerte, descubre que le da cualquier disparate. Apoya la lapicera en la mesa y borra todo de una. Hoja limpia. Media hora menos. Mira a Martínez, el profesor está atento para que nadie copie. Martínez recorre la clase con sus ojos de halcón, buscando traidores. G tiene un trencito con algunos piques, pero Martínez lo "ubicó" en primera fila.
G escucha con envidia los festejos de algunos compañeros ("Vamo arriba, carajo, me salió el tres", dice el tonto de Marcelo). G piensa: "El Chelo es un burro, más que yo seguro", entonces prueba con el ejercicio tres, y renueva esperanzas. Con mucha garra, logra algo que puede ser un buen resultado. Un 316 redondito, sin decimales, que le da confianza. 316, ¡qué lindo número!, piensa G. Pero un minuto más tarde, desde la parte trasera del salón, Pía le dice a Valentina, en un susurro: "¿El tres? Me dio 1225". Y en ese momento, en el instante que la boca de Pía termina de pronunciar el cinco, G sabe que perdió la batalla. Porque Pía es una genia y las chances de que G tenga razón ahora son parecidas a las que tiene Uruguay de salir campeón del mundo.
Por la ventana ve a unos niños jugando al fútbol en la calle; a su alrededor, la mayoría de los compañeros dan los últimos retoques a sus exámenes, concentrados en un mundo de éxitos y vacaciones libres. No hay más tiempo. Pedro y alguno más, le hacen señas de que también están en el horno. G se levanta de la mesa con ruido, pega un grito de frustración y tira el examen a la basura. Martínez lo mira sin expresión en el rostro. G abre la puerta y se va a la casa, con alivio de perdedor.
Cuando llega, la madre pregunta lo que toda madre pregunta: "¿Cómo te fue, Gecito?"
Y contesta: "Me fue bárbaro mamá, ¿no me das la comida, por favor?"

viernes, 29 de mayo de 2009

La calle, el país a la vista

Este pequeño “blog” lo hice para poder contar mis historias. Si me lee una persona, y algo de lo que escribo llega, ya estoy contento. Esta vez, sin embargo, voy a dar una visión de la realidad. La calle. Y no el “Qki”. Pasan cosas que hay que cambiar, más bien es un cambio de mentalidad, buscar una visión de conjunto. Aceptar un estilo de vida “uruguayo”, adaptarse a la mediocridad, no es el camino.

Nuestra sociedad avanza cada vez más hacia la guerra, la confrontación. ¿Sabes cuál es el problema? Somos todos diferentes, pero demasiado diferentes. No es un tema de lucha de clases, es de diferencias y necesidades. Las reglas son difusas por excelencia y si existen, se rompen, tal es la naturaleza de una regla. Dos cosas pueden suceder: que se cumpla o no. Otras reglas no escritas existen sólidas, en el aire, en la calle. Burlan a la gente, se imponen. Estas son las reglas que crean los necesitados, los que terminan imponiéndose “de vivos” sobre la población. ¿Por qué si tenés auto te presionan para limpiarte el vidrio o hacerte estacionar y cuidarte? Y si no les das guita, van y ¡tacate!, te rayan bien el costado del auto o alguna maldad peor. Eso pasa porque la gente no tiene ganas o poder de cambio.

Y si le das diez pesos por “cuidada”, o por “estacionada”, y vos ganás $8000 por mes. Te movés dos veces por día, le das a esta gente como $500 por mes. El problema es que no son empleados amables. Cuando no largas la moneda se ponen ordinarios, violentos. Es una mafia. Pero miramos al costado y siguen creciendo.

Cuando camino por la calle miro siempre hacia atrás o a la vereda de enfrente, sólo para ver si viene alguien a robarme. Son cosas que todos sabemos. Hay que estar despierto, te distraes y la quedas. Además no te la podes jugar por nadie, antes capaz que algún loquito te corría al chorro que le acabó de robar la cartera a la viejita. ¿Pero ahora qué? Hacer la del héroe te sale más caro que esa jubilación robada, más caro que el honor…Vas a pelear como un hombre y te eliminan del juego a tiros. Y lo peor, después ni siquiera van presos.
En las noticias es normal escuchar “Yo ando armado. Si me vienen a matar, yo los mato antes". Es real y lamentable.
Cuando llega la ley de la selva, y te sentís amenazado y en peligro, todas las frases hechas desaparecen. Es matar o morir.

No tengo ni idea qué es lo que pasó. Yo ya estaba acá, nací, viví y no llegué nunca a entender el origen de las cosas. Sé, como tantos otros orientales, que el país se vino abajo. Podrán investigar, dar datos, proponer salidas alternativas, utópicas. Pero no cambia nada en el terreno real. Cada cuál cuida lo que tiene como puede. Y los que no tienen se la agarran con los que tienen. El “resentido” es un personaje tradicional, es una institución, una idiosincrasia muy poco sana. Parece que si te va bien en la vida también sos culpable de que a otros les vaya mal.

La verdad que es un problema sin solución. Algunos dicen: “es la educación”, otros “es que no quieren trabajar”, “tienen demasiados hijos y los mandan a pedir” o “no tuvieron oportunidades”. Hay un poco de cada cosa. Pero ¿cómo solucionar un tema tan delicado si no hay unidad entre las personas?
La realidad muestra que si bien todos somos humanos, la falta de educación y de cultura y de trabajo, provoca que muchos se parezcan más a los simios, a bestias primitivas que luchan por sobrevivir. Y los responsables de acortar esa brecha parecen ser, desde todo punto de vista, unos inútiles.

Pero algo se puede hacer. Hay cosas que sí se pueden cambiar. Voy a poner tan solo un ejemplo.
Hay una masa inerte de empleados públicos, herencia obsoleta del batllismo. Todos sabemos que hay mucha gente ahí metida que no hace nada. Y cobran. Y la gente que trabaja de verdad les banca la vida. Incluso estos empleados están ofuscados y te atienden de mala gana, como si hacer tu trámite es un misterio y un drama, como si su trabajo fuera el peor del mundo. ¿Hasta cuando? ¿No existirá nunca la fuerza política para trasladar esos recursos desperdiciados y poner a funcionar el país?
Con las montañas de plata que se roban estos empleados se puede mejorar la educación, dar trabajo, apoyar la cultura, tener la ciudad limpia, entre miles de cosas que se necesitan. Hay que frenar la caída, porque somos una sociedad muy desagradable, que se cava su propia fosa.

Por ahora la salida es meternos cada uno en nuestras casas. Es como si existiera toque de queda. ¿Qué si hay miedo? Pero claro. Hay enormes partes de la ciudad que son como Ciudad de Dios, viste, la película brasilera. Todos la miran y se asombran: “mirá lo que pasa en Brasil”. Acá es lo mismo. De a poco la gente se refugia. La gente honesta, los que hacen lo que hay que hacer, son los verdaderos perjudicados.

Las reglas que son fuertes de verdad, las de la calle, nadie las controla. Todos ven soluciones, pero parece que es mejor regocijarse en la queja, explicar con lujo de detalles por qué no se puede mejorar un país de tres millones de habitantes, con todos los recursos necesarios para ser feliz.

viernes, 22 de mayo de 2009

Dia de los Inocentes

Hace tiempo que no conoce el amor.
Néstor, un compañero de trabajo con el cual mantiene una buena relación, le presenta una candidata. Más que nada le ofrece un papel con un número, y la promesa de que la mujer ya está en conocimiento de la situación. La situación es que existe un tipo llamado Mariano Fillipo, divorciado sin hijos, que capaz la llama para invitarla a cenar.

Una cita a ciegas es una aventura imprevisible. Llamar a esta mujer no es cosa fácil para Mariano. Porque Mariano ha construido una cáscara de soledad. Se ha regocijado dentro, con la fuerza abismal del subconsciente. Ya no puede saber cómo fueron las cosas, por qué estuvo tanto tiempo sin conocer a nadie. Existe, sí, un vago recuerdo, un presentimiento eterno de desgracia, relacionado íntimamente con el pasado tortuoso. Hay cosas que tenés que dejar atrás, y empezar a vivir de nuevo, le aconsejó la sicóloga en una sesión hace años. Una frase hermosa, sencilla, limpia. Un consejo quirúrgico, que flota por los aires sin que Mariano lo pueda recoger y aplicarlo. Vivir de nuevo…suena tan lindo, tan película de Disney, piensa Mariano.

Mariano es de esas personas que no se abren a los demás. Es como una ostra. La razón por la que habla sólo lo necesario, trabaja lo justo sin decepcionar a nadie en la oficina, y mira el movimiento del mundo por televisión. Ha ocultado su locura a un conjunto social que la rechazaría, porque según ve, nadie quiere ser atormentado con problemas ajenos. Casi nada lo asombra. Reconoce que algo anda mal, pero sigue andando (mal), ya que no tiene voluntad de cambiarse a sí mismo.

Pero alguien pensó en él y ahora tiene un papel con un número de teléfono. Ella se llama Claudia. Levanta el tubo y disca, con una determinación no suya. Suena dos, tres veces, y su corazón palpita rabioso.
-Hola, ¿Claudia?
-Si, ¿quién es?
-Soy Mariano, el compañero de Néstor en Jetlab…
-Ah, si, ¿cómo te va?
-Bien, por suerte. ¿Vos?
-Muy bien, acabo de llegar a casa del trabajo. Bastante cansada.
-Está bien, yo también tuve un día difícil en el laboratorio…pero bueno,... Claudia, sé que esto es medio raro, y no estoy acostumbrado, pero me gustaría invitarte a cenar algún día de la semana.
-…
-Claudia, ¿estás ahí?
-Sí, sí, me agarraste desprevenida, ja ja, me parece bien Mariano. Yo estoy libre el jueves y el viernes...
Mariano cuelga el teléfono azul Panasonic, un artefacto que lo acompaña hace casi una década. Lo mira como si fuera una persona, sonríe, y va a la cocina a comer algo. Más tarde se duerme tranquilo, la bondad de la llamada trae esperanza. Claudia tiene una voz armónica y firme.

Sube al Chevrolet. Está vestido prolijo: camisa blanca, pantalón de pana negro y zapatos marrones; sin barba. Maneja hasta el restaurante donde Claudia lo espera. Como no sabe cómo es, se acerca al mostrador y le pregunta al jefe de mozos por Claudia Marsia. El hombre le indica con un golpe de ojos el lugar. Al fondo a la derecha. La única mesa ocupada. Tiene dos velas encendidas. Ocupada por Claudia Marsia, una de las mujeres más feas que Mariano ha visto jamás. Rápidamente, Mariano se sienta frente a ella, y acepta su destino, como un kamikaze del amor. No piensa en nada, se presenta y empieza la velada.

Claudia es universalmente fea, acá o en la India. Pero convive libremente con su aspecto físico, lo sabe llevar. Lo de Mariano no es un acto de misericordia, disfruta cada diálogo, es como si la voz de la mujer fuera una bendición, el sonido bello del alma. Mariano se pregunta cómo una mujer tan fea tiene una voz tan perfecta. El rechazo inicial se transforma en una tibia aceptación. Cada uno es como es, piensa Mariano.

Néstor no entiende nada cuando Claudia y Mariano llegan juntos a la cena- despedida del año del laboratorio. “Es una joda a mi joda”, le comenta al tipo que se sienta al lado suyo. Lo que empezó como una brutal mofa de 28 de diciembre (clavar a su colega con una mina espantosa en una cita de desesperados), ahora es serio. “Es increíble lo fea que es la mujer de Mariano”, dice la secretaria de la oficina. “Ay, pobre Mariano, no se dio cuenta de que se quedó ciego”, comenta Néstor a la mesa entera, y todos se ríen del mal gusto de Mariano, de la circunstancia, de la cara de Claudia, de su perfecta fealdad. De la inocencia de Mariano.

Pero allí camina Mariano, con paso medido y Claudia de la mano. Insoportable combinación estética para el resto del mundo. “¡Y todavía felices!”, piensa algún desgraciado en la fiesta. Desgraciado porque no sabe que el amor es así. Ingobernable. Repentino. Total.



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miércoles, 13 de mayo de 2009

Tarde violenta

La cancha es una mezcla de pasto y barro negro, en partes iguales. El diez acaricia el esférico con la parte externa del botín derecho, exhibiendo una delicadeza fuera de lugar para los momentos que se viven. Y se adentra en campo enemigo con esperanza. Pierden uno a cero, y son los últimos tres minutos. Los rivales, ellos, los asquerosos de Cascote Fútbol Club, se salvan del descenso con este resultado. Y el cuadro de nuestro amigo, del hábil player que transporta la pelota como cenicienta, precisa del empate, como mínima opción para pelear un lugar de ascenso.

Así las cosas, frena sobre la circunferencia del mediocampo y elude al primer oponente, que se barre desesperado y pasa de largo, víctima de una pisadita deliciosa. El diez acomoda el útil, cuando le salen al cruce dos mediocampistas de esos con panza pero metedores, y con rostros de bull-dog lo aprietan abajo. Pero el amigo, previendo la situación, ya había largado la redonda hacia un costado, al pelado yeta del Riqui, que siempre mete unos pases de mierda. Aunque esta vez, asombrosamente, rebota la pelota a lo Verón, límpida, y se la devuelve al habilidoso en forma de gran pared. En el banco de suplentes, la jugada se toma como un auténtico milagro. Es decir, si el burro del Riqui hizo esa pared espectacular, redondita, todo puede acontecer.

Levanta la cabeza como un héroe y prosigue la marcha vertical hacia el arco contrario. De una sutileza extrema, el diez realiza cálculos inmediatos de los pozos, el barro y el agua. La lleva atada. Inspirado, elude al zaguero central, un flaco de unos 35 años, divorciado y con bigote, que no sé bien por qué, pero lleva el inmundo número 12 en la espalda. Ya con vista periférica del arco, se apresta a la estacada final, un violento zig-zag entrando al área, que lo deje mano a mano con el podrido golerito pelirrojo que se pasó gritando “¡Vamo nosótro!” con voz de pito y que, además, se atajó cualquier cosa que le tiraran durante todo el encuentro. De esta manera, inclina el cuerpo hacia la izquierda, pero como un rayo corrige el movimiento hacia la derecha (logrando un espléndido amague), y avanza por el costado del lateral derecho que había corrido desesperado para llegar al cierre. (En el fútbol, como en la vida, muchas veces sucede que el esfuerzo no alcanza. Tal fue el caso del lateral, que luego de picar media cancha para marcarlo, estiró una pata ya sin fuerza, y quedó estático, clavado en el piso como una momia sin cadera ante la magia del diez).

Por delante sólo quedan el lateral izquierdo y el colorado chillón. Ahora sí, esta obra de arte del fútbol, inconsciente pedazo de jugada nacido en medio de las más desgraciadas condiciones, precisa un final digno. Con prodigiosa visión de juego, el futuro salvador la toca por un lado y corre por el otro, a lo Thierry Henry. Los jugadores miran como un sueño la escena; los suplentes y el técnico están adentro de la cancha, de puños apretados. Dos metros antes de entrar al área, en milésimas de segundo, los ojos atónitos se fijan en un actor secundario. Algo cambia, un nudo se instala en la garganta de los compañeros. Desde enfrente, del lado de los suplentes del Cascote F.C., se escucha un claro: “¡Dale Rober, partilo! El dos de ellos, el gordo Robert, con la panza repleta de cerveza y asado, con el pelo “Pipo Gorosito” flotando por los aires como un cóndor, pide cancha. Nadie sabrá nunca de dónde sacó la velocidad para hacer lo que hizo. Es casi seguro que de la más profunda rabia y angustia existencial. El gordo detesta al que elude y hace sufrir, al que nada entiende de los menesteres que conciernen al luchador de la zaga defensiva.

El caso, la cuestión, es que chuzó al flaquito habilidoso, al “conductor”: lo calzó apenas debajo de la rodilla, donde empieza el hueso de la canilla, con la precisión de un cirujano. Fue como si una pared viniera de costado, imprevisible y agresiva, a desplumar cualquier intento de gol. Al diez se le juntaron las piernas como si no fueran suyas, y cayó, hacia delante y de costado, bajo la humanidad de Robert. El gordo se levantó con pesadez y se preparó para pelear.


martes, 12 de mayo de 2009

Caius


Caius llega, saluda, y paso seguido pregunta a un amigo -en secreto- si hay whisky en la fiesta. Acaba de empezar otra de sus noches eternas, y si uno quiere pasarla bien, no tiene más que permanecer a su lado. Yo, que acabo de esconder la última botella que quedaba dentro de un armario en la cocina, me río por dentro y espero el desarrollo de los acontecimientos. Caius desaparece y me distraigo con la música. Él es un ser flaco, con poco movimiento corporal, tan poco se mueve que parece flotar en los traslados. A muchas personas les podrá parecer poco interesante, creo que trasmite ese sentimiento, el de la simple presencia física. Al cabo de unos instantes, regresa de la cocina con el vaso de whisky más grande que he visto. Está repleto, y no tiene hielo.
A pesar de saber que algo así iba a suceder, es imposible no sorprenderse cuando las predicciones se cumplen a la perfección. Entonces me acerco y le digo: “Encontraste la botella”. Esto alcanza para que esboce una sonrisa y me conteste: “¿Fuiste vos el que la escondiste?”. Risas.
A continuación me explica que a una persona como él no le resulta nada difícil encontrar una botella. La encontrará si es que existe. Es una cuestión de olfato.
Caius tiene 27 años, algunos más que yo. Lo veo ocasionalmente, quizá una vez cada dos meses. Su rostro le aporta juventud: tiene cierto aspecto aniñado, pero uno sospecha que en el interior de su organismo reina el caos. Es que desde que lo conozco no ha parado de tomar. Yo siempre le digo a mis amigos, entre la broma y la verdad, que si alguien le saca el alcohol a Caius, él se muere antes. Estoy convencido de que el factor sicológico de su vicio lo arrastraría a una muerte prematura. Es increíble ver cómo una sustancia se apodera de una persona, en el caso de Caius la mezcla es perfecta: fue cuestión de tiempo para que él y el alcohol fueran un solo ser inseparable.
Estar con Caius requiere una dosis de paciencia y comprensión, y uno llega a divertirse mucho. Poseedor de un humor único, sus comentarios son ajustados como un dardo que da en el blanco. Suele hablar en frases cortas, en un idioma económico, y hay que estar atentos para captar la idea. Yo no puedo mantener un diálogo largo con él, no creo que alguien pueda. En las fiestas o en un bar, mientras mi vaso tenga bebida, imagino con Caius una conexión sin palabras, yo lo llamo “el lenguaje del alcohol”. Un lenguaje que Caius maneja a la perfección, porque su vaso está siempre lleno.

domingo, 3 de mayo de 2009

Mañana X

Creció la ola hasta alcanzar su máximo poder, antes de estrellarse furiosa contra el muro de piedras. Apenas salpicó a la mujer, sentada arriba, inmutable. Creo que estaba inmersa en complejos pensamientos acerca de algo que la preocupaba mucho. Pero no estoy seguro. Bastante cerca, como a tres metros, un hombre con dos baldes y un jogging Adidas falsificado, pesca en el mismo lugar hace horas. Sostiene firme la caña, pero no hay pique, entonces se distrae ocasionalmente con los autos que pasan por la rambla. Los autos no tienen pausa, cruzan como saetas, diferentes modelos, distintas épocas. De pronto, otra mujer frena de improviso el auto; el motociclista que venía atrás toca la bocinita y la riega de insultos y groserías gestuales. La mujer reprueba moviendo la cabeza (con el típico movimiento de no), mira por el espejo, mientras acelera y se pierde de vista. Creo que nadie más que yo vio la situación.

Por este lugar suele caminar mucha gente, en su mayoría veteranos que hacen deporte. Hoy brilla el sol con un viento suave del sur. No hay humedad, está fresco. También hay perros. Hay algunos dueños que los pasean aburridos, por compromiso. Los traen apurados, sólo para que no hagan cagadas en el apartamento. Otros dueños disfrutan el momento. Me llama la atención un antiguo boxer con expresión aburrida, que lleva puesto un chaleco escocés en el pecho. Miro la cara de la dueña y sí, se parecen, la conocida teoría del parecido perro-dueño se confirma para este caso particular. La dueña, de unos cincuenta años, lleva una bolsa de nylon en la mano que no sujeta la correa. Es como si estuviera dormida, pero camina y pasea al perro.

Me muevo a un pequeño parque costero, con pasto, y me siento en un banco. Al rato llegan dos señores que se sientan en frente. Conversan:
-Marcos, mi sobrino, está en el Caribe. Se casó hace dos años con Eugenia Cabrera.
-¿La hija del abogado?
-Sí, esa. Una buena mujer. La cuestión es que ahora se separaron, y Marcos fue a ordenar su vida al Caribe.
-Lindo lugar para ordenar la cabeza.
-Ni me digas, hace años que no puedo moverme de acá. Pero estoy cerca del retiro; como pasa el tiempo, la puta madre…
-Ah, es una cosa de locos, ni me digas, ché, ¿cómo viene el proyecto del edificio?

Hay gaviotas que vuelan cerca, algunas aterrizan y pelean con las palomas por los trozos de basura y comida que la gente deja. Pienso dos cosas, una: la gente es cerda y no cuida nada. Dos, ¿qué entienden del mundo las gaviotas y las palomas?
Es una lástima que la gaviota ya no pesque, sino que coma basura. Las palomas que veo no son las palomas de la paz, al contrario, son repugnantes, tienen una voracidad de hienas, y los ojos inanimados miran fijo a la gente, utilitarios, esperando que les tiren algo para picotear.

Como ya es casi de tarde, algunos niños que salieron de la escuela arman un picado de fútbol. Hacen la pisadita para elegir los cuadros y adivino quienes son los peores jugadores. Pero empiezan a jugar y son todos buenos. Me regocijo con su felicidad y alegría. Que gran momento el de un partido de fútbol, cuando tenés diez años y lo que más te gusta en el mundo, más que las mujeres, la plata, la fama, o las notas de la escuela, es el fútbol.